Independentismo africano

25/01/2018
¿Otra herencia de la época colonial?

 

Por Carolina Valdehíta / Ciudad del Cabo (Sudáfrica)

 

La autora del texto explica el germen del secesionismo en África, con movimientos como los de Biafra en Nigeria, Zanzíbar en Tanzania, Somalilandia en Somalia o las regiones anglófonas de Camerún.

 

Casi todos los analistas coinciden en señalar que la mayoría de los movimientos independentistas que han surgido en África una vez finalizado el colonialismo son consecuencia del reparto establecido en la Conferencia de Berlín en 1885. Estados creados con escuadra y cartabón y obligados a permanecer unidos bajo una administración blanca ajena a las costumbres locales. El antropólogo y escritor Jordi Tomás, autor de Secesionismo en África explica a MUNDO NEGRO que, en general, se trata de movimientos «que se manifiestan durante años de forma pacífica, pero son reprimidos por el Estado, lo que acaba llevando a la formación de grupos armados. Pero siempre, los primeros años, se han pedido de forma pacífica mejoras políticas con manifestaciones, declaraciones, movilizaciones a través de partidos, sindicatos o asociaciones culturales». A día de hoy únicamente dos movimientos secesionistas han tenido éxito en África y ambos a base de sangre. El de Eritrea de Etiopía, tras 30 años de guerra, y Sudán del Sur, independizado de Sudán en 2011 y con cuatro décadas de conflicto a sus espaldas. Pero no son los únicos.

Las regiones anglófonas de Camerún arrastran un conflicto de identidad cuyo germen fue el legado colonial. Ocupados por Alemania, tras su derrota en la I Guerra Mundial la colonia se repartió entre Francia (un 80 por ciento) y Gran Bretaña (un 20 por ciento). Tras un período de administración europea, en 1961 el país se unificó bajo el nombre de República Federal de Camerún, cuya estructura federal proporcionó cierta autonomía a los anglófonos. Años después, en 1972, se cambió el nombre por el de República Unida de Camerún, creando un estado unitario en el que los angloparlantes perdieron la poca autonomía que tenían. Desde 1984, poco después de la llegada al Gobierno de Paul Biya, el nombre del Estado es República de Camerún. Los angloparlantes llevan décadas sintiéndose discriminados; el año pasado comenzaron las protestas después de romperse el statu quo atribuido a un estado multilingüe, cuando una ley no fue traducida al inglés. Además, el Gobierno decidió imponer el francés en las escuelas de los territorios anglófonos. Con motivo del 56 aniversario de la unificación de Camerún, el pasado 1 de octubre se llevaron a cabo varias marchas independentistas bajo el lema “Je ne suis pas francophone” (no soy francoparlante) que fueron violentamente reprimidas y provocaron casi dos decenas de muertos. Los manifestantes aprovecharon la ocasión para proclamar simbólicamente su independencia, rememorando la efectuada en 1999 cuando bautizaron su país como Ambazonia, aunque la independencia no fue reconocida por ningún Estado o entidad internacional. Este deseo secesionista no representa a todos los cameruneses angloparlantes, cuya mayoría desea una mayor integración en el Estado.

 

os mujeres están delante de sus casas en Buea, en la zona angloparlante de Camerún. Fotografía: Getty

 

Ambazonia no es el único ejemplo de una independencia declarada sin reconocimiento en el continente. En 1991, coincidiendo con el colapso total del estado somalí, Somalilandia declaraba independiente su territorio cuya capital sería Hargeisa. El origen de las diferencias entre Somalilandia y Somalia se remontan a la era colonial: mientras que la primera era un protectorado británico, la segunda pertenecía a Italia. Siete años después de unificarse en 1960, el primer ministro de Somalilandia, Mohamed Haji Ibrahim Egal, se convirtió en primer ministro de Somalia hasta que fue depuesto por un golpe militar en 1969, momento en el que resurgió el sentimiento independentista. Dos años después de proclamar su independencia, Egal se convirtió en presidente de ­Somalilandia. Mientras que Somalia se sumía en una guerra civil y era asediada por el terrorismo, el pillaje y la piratería, Somalilandia –con décadas de gobierno, constitución y moneda propios– gozaba de mayor estabilidad. Sin embargo, no pueden constituirse como un estado económicamente viable si no completan la anexión de Sanaag y Sool, territorios que disputa con Puntlandia, otra región declarada autónoma en 1998, cuya capital es Garowe.

En Etiopía varias regiones han propuesto varios modelos de estado como Afar, Gambela, Ogaden, Oromia y Sidama. Otros movimientos secesionistas se localizan en Cabinda, al norte de Angola; Casamance, en el sur de Senegal; el reino de Buganda, en Uganda; Darfur, en Sudán; Caprivi, en Namibia; Barotseland, en Zambia; o la región de Katanga, que proclamó su independencia de RDC en 1960. Pero sin duda, hay dos movimientos que reclaman mayor soberanía que causan más quebraderos de cabeza a los líderes de Nigeria y Tanzania.

 

Un grupo de niños controlados por miembros del IPOB durante un servicio religioso en el distrito de Osusu. Fotografía: Getty

Los separatistas de Biafra

La independencia de Nigeria de Reino Unido, en octubre de 1960, fue el punto de partida para una guerra civil derivada de la división colonial. Entonces se aunó a 250 comunidades muy heterogéneas. En ese escenario se gestó el sentimiento separatista de Biafra, que llevó a Odumegwu Ojukwu a declarar su primera república. A la guerra civil tras la independencia de Reino Unido se unió la guerra por la independencia de Biafra hasta 1970, que concluyó con una derrota total del movimiento independentista. Los datos sobre el coste humano de una de las peores guerras en el continente son muy imprecisos, pero oscilan entre uno y seis millones de muertos. El conflicto puso de manifiesto la dificultad para gobernar un territorio tan diverso, algo que se confirmaría con seis golpes de Estado en el transcurso de 30 años. Los niños de Biafra pasarían a la historia como las víctimas del primer conflicto africano retransmitido en los medios de comunicación occidentales.

Desfile de conmemoración de la autoproclamación de independencia de Somalilandia. Fotografía: Getty

Medio siglo después, las diferencias continúan en un petroestado de más de 180 millones de habitantes y gobernado con un sistema federalista en el que todo pasa por el Gobierno central. Nigeria cuenta con tres áreas más o menos diferenciadas en base a su población. El norte, rural, musulmán y hogar de los hausa-fulani, un territorio asediado por los ataques de Boko Haram y la crisis alimentaria. El centro y el sur, cristiano y más desarrollado gracias a los ricos yacimientos de petróleo, hogar de los yorubas en el suroeste y los igbos en el sureste. Una de las principales motivaciones de los independentista de Biafra, localizada al suroeste, es que se trata de una de las regiones más ricas en petróleo. Durante décadas, Nigeria ha sido el principal exportador de crudo del África subsahariana, pero sus ventas han bajado notablemente los últimos años a causa de diversos ataques a las compañías petroleras en la región por el brazo armado de los separatistas, los Niger Delta Avengers. A eso se ha añadido la bajada del precio del crudo a nivel mundial. Con motivo de la celebración de los 50 años de la primera proclamación de independencia, el pasado 30 de mayo, el desafío resurgía haciendo más ruido que nunca.

Jordi Tomás señala una condición que se repite entre los líderes de los movimientos: «Están organizados por grupos que han recibido educación secundaria o superior, y entre sus dirigentes se encuentra gente que por estudios, trabajo o familia han tenido experiencia migratoria en otros países de África o a veces en Europa y Estados Unidos». El líder del movimiento secesionista Indigenous People of Biafra (IPOB), Nnamdi Kanu, cursó sus estudios de economía y política en Londres, y en 2009 fundó de manera clandestina Radio Biafra, desde donde reiteraba que «todos los que creemos en Biafra tenemos una cosa en común y es un odio patológico hacia Nigeria. No puedo expresar en palabras lo mucho que odio Nigeria». En 2014 fundó el IPOB y poco después fue encarcelado por cargos de traición sin ser llevado a juicio. Después de dos años en una prisión de Abuya, la capital del país, hace unos meses obtuvo la libertad bajo fianza por motivos de salud.

Los probiafranos opinan que el Gobierno federal lleva décadas discriminando y marginando al pueblo igbo. «No se me permite competir por la presidencia porque soy igbo, no se me permite aspirar a ser inspector general de Policía porque soy igbo, no se me permite ser jefe de personal del Ejército porque soy igbo. ¿Qué clase de país estúpido es ese?», declaraba Kanu durante una entrevista exclusiva con Al Jazeera.

Puente sobre el Níger dinamitado por los biafranos durante la guerra. Fotografía: Getty

 

Muchos sostienen que el presidente ­Buhari odia el sureste por ser la zona que le otorgó menos votos en las elecciones de 2015. Los analistas aseguran que lo que está propiciando que el movimiento proBiafra esté ganando popularidad en el sureste es esta percepción de marginación. «No estamos luchando solo por la autodeterminación, sino porque Nigeria no está funcionando y nunca puede funcionar», decía Kanu a la cadena catarí.

Al menos 150 personas murieron por la acción policial entre agosto de 2015 y agosto de 2016 según un informe de Amnistía Internacional y decenas de activistas fueron detenidos semanas antes de la efeméride del pasado 30 de mayo. La postura del Gobierno sobre la posibilidad de llevar a cabo un referéndum de autodeterminación está clara: la unidad de Nigeria no es negociable y los separatistas de Biafra son considerados una organización terrorista. La única vía por la que los secesionistas pueden luchar legalmente por su causa es consiguiendo el apoyo de más de dos tercios de los legisladores estatales y federales para, ateniéndose a la sección número nueve de la Constitución, modificar la misma.

 

Nnamdi Kanu, líder del IPOB. Fotografía: Getty.

El legado suahili en el Índico

Stone Town, la parte antigua de la capital del archipiélago de Zanzíbar, atestigua el glorioso pasado en el que la isla fue un importante enclave para el comercio entre África, Oriente Medio y Asia. La confluencia árabe, hindú, africana y colonial está por todas partes: en sus construcciones, en sus tradiciones y en sus rostros. Durante el siglo XVIII Zanzíbar se constituyó como un Estado feudal, en el que los árabes estaban en la cúspide de la sociedad mientras que los africanos sufrían penalidades. Era uno de los mayores imperios de África, extendiéndose por las costas de lo que hoy se conoce como Somalia, Kenia y Tanzania. Pero los días de gloria de los suahilis se fueron desintegrando con el paso de los siglos. «Los británicos favorecieron a los árabes y cuando se marcharon quisieron dejar una democracia establecida, pero había muchas diferencias y formar partidos era casi imposible. Al final todo tomó un cariz racial y fue el comienzo de una situación explosiva», cuenta a Mundo Negro la abogada Fatma Karume, nieta del primer presidente del archipiélago, Abeid Arame Karume, en su despacho de Dar-es-Salaam.

El día que se firmó la independencia del Reino Unido, en 1963, Zanzíbar luchó por una autonomía que hoy le castiga y seduce a partes iguales. Un reparto de los escaños por circunscripciones «realizado de forma injusta», reconoce Karume, dio el poder al partido árabe, Zanzibar National Party (ZNP), cuando el Afro Shirazi Party (ASP) tuvo más votos reales. «Los africanos se sintieron engañados al ver los resultados, además fueron despedidos de los puestos administrativos y de la Policía», señala Karume. Mientras el archipiélago gestionaba su independencia bajo la idea de la arabización, el resto de territorios buscaba la fórmula para redactar una nueva Constitución. En enero de 1964 se inició la revolución que buscaba alcanzar una identidad propia y en abril se integraron los imperios de Zanzíbar y Tanganika dentro de la República Unida de Tanzania. La revolución duró 100 días hasta que los africanos tomaron el poder e impusieron con ilusión el concepto del panafricanismo, dejando más de 15.000 cadáveres tras de sí. El archipiélago alcanzó el estatus de región semiautónoma, con una presidencia propia y una supuesta posibilidad de autogestión en algunos aspectos. El mestizaje tocaba todos los colores y procedencias: árabes, indios, indígenas y esclavos negros lucharon por mantener intacta su herencia y tradición. «Trataron de matar el concepto zanzibareño y consiguieron matar el concepto de independencia, pero no el de nación. Sigue habiendo mucha diversidad y ese concepto es muy fuerte hoy en día», resume Karume.

 

Una mujer con una bandera del CUF. Fotografía: Getty

En la actualidad, «la gente en Zanzíbar quiere tener más autonomía pero no quieren que la unión con Tanzania se rompa. El problema es que se ha integrado mucho más a Tanganika y se sienten gobernados por ellos», expone Karume.

Desde la formación del primer Gobierno se puede contar con los dedos de una mano el número de ministros zanzibareños, habiendo una clara mayoría de políticos de la región de Tanganika. Esto provoca que la gente se sienta muy marginada al ser una parte importante del país y no verse representada.

Tanzania tiene actualmente dos presidentes, el del conjunto de la Unión y otro en Zanzíbar. «El deseo es que haya tres Gobiernos en lugar de dos, pero el Gobierno central se opone abiertamente a cambiar la Constitución a pesar de que hubo una comisión que sugirió este cambio por el bien del país”, dice Karume. Durante las elecciones nacionales de noviembre de 2015 el Frente Cívico Unido (CUF), que defiende mayor autonomía para el archipiélago, resultó vencedor. Pero la Unión Chama Cha Mapinduzi (CCM), en el poder desde la independencia, se apresuró a decir que era necesario repetir los comicios por irregularidades, consiguiendo al final la victoria debido a que el CUF no se presentó ya que se oponía a la medida.

En cualquier caso, aunque Zanzíbar recibe mucho dinero del turismo, también se enfrenta a algunos problemas de autosuficiencia y producción, ya que sus terrenos no son lo suficientemente grandes como para llevar a cabo grandes plantaciones o granjas. Un caso similar al de Zanzíbar es el de la costa de Kenia, que antaño formó parte del sultanato de Zanzíbar, con lo que guarda muchas similitudes con el archipiélago tanzano. La ciudad más importante, Mombasa, lleva tiempo criticando la marginación de los territorios árabes en el contexto del país, de mayoría cristiana. Mombasa Republican Council es una organización separatista que reclama la unión de la costa suahili y que también quiere acabar con la discriminación política y económica.