Intercambio

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Ha detectado el brillo del deseo en los ojos de la visitante. A pesar de que ella le insiste en que no comprará nada, él se sienta con las piernas cruzadas sobre la arena, tras la cuerda que separa la terraza de los vendedores que recorren la playa. Con mucha parsimonia, sin desdibujar la sonrisa de sus labios, extiende un paño rojo. De su mochila extrae pequeñas bolsas de tela de mil colores. Con sumo cuidado las desata y coloca con mimo sus contenidos sobre el tapete: anillos, pulseras, pendientes, colgantes. Cada uno de los objetos es una pequeña obra de arte tuareg esculpida en plata.

Ella, sentada a la espera de la comida que ha ordenado en el bar, reitera que no va a adquirir ninguna de las piezas. El vendedor sonríe y señala varios de sus tesoros. El almuerzo llega. Ella come, él aguarda. Otros comerciantes se acercan a ofrecer sus mercancías: telas, calabazas pintadas, camisetas de la selección nacional de fútbol o de equipos europeos, flotadores, bañadores, botellas rellenas de cacahuetes tostados, esculturas de madera, collares de cuentas. Todos desisten rápidamente ante el movimiento negativo de su cabeza. Solo el primero permanece sentado frente a la mesa, sin perder la sonrisa y sin dejar de seguir la mirada de ella para descubrirla clavada en una pulsera que él levanta y sostiene en alto un momento. La visitante duda, él la eleva de nuevo. Por fin, ella se alza de su silla y se acuclilla junto a él. Pasea la vista detenidamente sobre el género, contempla de cerca una u otra joya, pero su corazón hace tiempo que se ha decidido, y el vendedor lo sabe. Le pone delante la pulsera. Ella vacila, regresa a la mesa, consulta con su acompañante y, finalmente, se decide a negociar el precio.

Se hace la ofendida ante la primera cifra que escucha, se ve que tiene experiencia en esas lides. Ninguno de los dos tiene prisa, charlan como si a una no le interesase comprar y al otro no le interesase vender. ­Finalmente, tras 20 minutos, llegan a un acuerdo que satisface a las dos partes. Ella paga, él le entrega la pulsera. No se había equivocado, su instinto y su paciencia nunca le fallan.

Lentamente, comienza a devolver cada objeto a su bolsa respectiva. La cierra bien, la introduce en la mochila. Con todo recogido se alza y prosigue su camino. Una hora le ha llevado la transacción. Pero él posee todo el tiempo del mundo.

Hace 25 años que cambió el desierto que rodea a Mopti, en el norte de Malí, por esta playa que el Atlántico baña. El lugar donde los fines de semana se refugian los habitantes de la cercana ciudad. Aunque a veces echa de menos la soledad y la inmensidad de su patria, no se arrepiente de haber dejado atrás sus rebaños de cabras y camellos para patear estas nuevas arenas en busca de clientes. Aquí se respira paz.

Fotografía: Chema Caballero

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