Ass Ndir: “Me acogieron como a un hijo más”

Por: Javier Sánchez Salcedo - 28/02/2017

Entrevista, fotografías y vídeo por Javier Sánchez Salcedo

 

La vida de este senegalés de 37 años ha cambiado mucho en poco tiempo. En su país trabajaba como conductor para una ONG y hoy está casado con una española, tiene un bebé y cuida a un hombre con demencia senil en Madrid. Hablamos con él en su casa del barrio de Lavapiés.

 

 

 

 

 

¿A qué te dedicabas en Senegal?

Tenía 16 años cuando murió mi padre y tuve que dejar los estudios para ayudar en casa a mi madre y a mis hermanos. Nuestra situación económica era muy difícil.  Dejé el colegio y pensé que aprender mecánica general podría servirme para encontrar trabajo rápidamente. Me saqué el carnet simple de conducir y el carnet de conductor de ambulancia, de lo que estuve trabajando durante tres años.  Después me contrataron como conductor para una organización canadiense. Trabajé con ellos hasta finales de 2009, cuando viajé a España.

Ass Ndir

Ass Ndir en su casa del madrileño barrio de Lavapiés el día de la entrevista / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Tú estabas bien allí ¿Por qué decides viajar a Europa?

No estaba en mis planes. Pero mis amigos empezaron a decirme que trabajaba mucho y ganaba poco, y que en Europa se valora más el trabajo y se paga mejor. Decidí que tenía que emigrar y llegué aquí desde Dakar con mi visado de turista.

¿Cuál es tu situación ahora?

Al cumplir tres años de estancia aquí, como tenía un contrato de trabajo pude pedir el permiso de residencia. Mi documentación está en regla ahora.

¿Y durante esos tres años?

Cuando llegué pensaba que podría trabajar con mi carnet de conducir y que mi documento de identidad senegalés era válido. Pero no. Tuvieron que enseñarme a vender en la calle.

¿Cómo fue esa experiencia?

Muy dura. La voy a recordar toda mi vida. Nunca había vendido nada en mi país y lo primero que me dijeron al llegar a España es que tenía que vender productos falsificados. En mi país, cuando llegaba la hora de descanso entraba en un restaurante para comer. Aquí me tocaba coger mi mochila de mercancía falsificada e intentar venderla entrando en bares mientras la gente estaba comiendo. Me costaba tanto que a veces entraba y, sin siquiera sacar los productos, salía inmediatamente. Pero era lo único con lo que podía sacar algo de dinero.

¿Te arrepentiste de haber venido?

Sí. Durante los primeros meses pensé en volver y comenzar de cero. Pero fue pasando el tiempo y fui conociendo a gente que me ayudaba. En la parroquia de San Lorenzo, que tiene un centro de integración, aprendí español. Y desde allí, como me gusta estar con personas mayores y con niños, hice un curso de cuidador. Después salió una entrevista de trabajo y tuve la suerte de que me cogieron.

Así que estás bien, tu vida es fácil en este momento.

Las cosas me están saliendo bien. Tengo a mi mujer, que es española, tenemos una hija y tengo tantos amigos españoles que me siento como si estuviera con mi familia en Senegal. Hay gente que se preocupa tanto de mí que ya no tengo nada de lo que arrepentirme. La vida ha mejorado mucho y ojalá siga mejorando.

Ass Ndir en su casa del madrileño barrio de Lavapiés el día de la entrevista / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

El curso de cuidador lo hiciste por medio de Senda de Cuidados. ¿En qué consiste esta organización?

Está dirigida por voluntarios que forman a inmigrantes como cuidadores o empleados del hogar. Además tienen una bolsa de empleo. En mi caso, una familia necesitaba a un cuidador para una persona mayor. Senda de Cuidados envió a cinco personas: dos de Senegal, uno de Bangladesh, uno marroquí y uno de la India. Nos entrevistaron y la familia me eligió. La organización avala que hacemos bien el trabajo, que hemos sido formados y a la vez se aseguran de que la familia no nos trata como a esclavos, que trabajamos con un contrato y en buenas condiciones.

¿En qué consiste tu trabajo exactamente con esta familia?

Es un señor de 67 años que tenía dificultad para moverse por una enfermedad y un accidente. Cuando le conocí llevaba dos años sin salir de su casa, pero llegué yo y empezamos a bajar a la calle. Al principio tardábamos casi una hora para dar la vuelta a su bloque. Pero poco a poco fue mejorando, hasta que llegó un momento en que ya andaba bien y nos pasábamos el día recorriendo Madrid.  Desde el primer momento la familia me dijo que nuestra relación no iba a ser de jefe y empleado, sino que me acogían como a un hijo más. Nos queremos mucho y si dejo de trabajar con él y la familia me lo permite, siempre que pueda pasaré a visitarle. Imagínate. Llevamos casi cinco años juntos, todos los días de lunes a viernes.

¿Qué hace falta para saber cuidar a otra persona?

Lo primero es ser consciente de que puede llegar el momento en que tú te encuentres en esa situación, que necesites a alguien que te cuide. Si piensas en cómo quieres que sean las personas que te van a cuidar, tú serás así. No es un trabajo fácil. A veces es muy duro y si lo haces tiene que ser porque te gusta trabajar con gente mayor.

¿Es un trabajo valorado?

Un día en un bar un hombre me pagó la comida. Al ir a agradecérselo me dijo: “Soy yo el que te tengo que dar las gracias por lo que estás haciendo. Soy vecino de este señor y sé cómo estaba antes y cómo está ahora”. Hay gente que lo valora.

¿Qué tiene de duro?

Otro día un conductor de autobús paró en la Castellana y nos tuvimos que bajar porque el hombre al que cuido se puso muy agresivo, incluso conmigo. Hay días que le pasa debido a su enfermedad. Pero es lo que me toca. Por otra parte en otros momentos me ha defendido en la calle. Si alguien decía algo negativo sobre los inmigrantes o sobre mí, era como si le insultaran a él.

¿Te relacionas con otros inmigrantes que están viviendo lo que tú ya has pasado?

Sí, colaboro con ellos en el centro de la parroquia de San Lorenzo. Inmigrante e integración son dos palabras que siempre tienen que ir juntas y yo intento colaborar cuando puedo. Participo también en las reuniones de la plataforma Yo Sí Sanidad Universal y colaboro con SOS Racismo. Si nos juntamos en la lucha conseguimos mejorar la situación de la gente que lo necesita.

Ass Ndir en su casa del madrileño barrio de Lavapiés el día de la entrevista / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Y a los que están en Senegal pensando en venir, ¿qué les dices?

Hace un año me llamó un amigo que es costurero, que tiene allí su taller y se gana la vida bien. Estaba pensando emigrar. Yo no le dije que no viniera, pero sí lo que le esperaría: tres años sin poder regularizar su situación y sin poder trabajar. Creo que se arrepentiría si dejara a su familia y su trabajo. Pero si decidía venir yo le ayudaría. Al final decidió quedarse. Hay gente que no cuenta toda la realidad. Pasas aquí unos años ahorrando algo de dinero y antes de volver te compras ropa para dar a entender que tu vida es de lujo. Los amigos del barrio te ven y también quieren emigrar, pero no saben lo que has tenido que sufrir durante tres, cinco o diez años. Yo nunca he escondido lo que hacía aquí. Le decía a mi familia que lo único que podía hacer era vender. A mis hermanos les dije que yo no pagaría dinero para viajar ni me jugaría la vida en la valla para entrar. Si entras, lo que encuentras es muy duro.

¿Tú crees que la sociedad española es acogedora con los inmigrantes?

Yo creo que la mayoría es acogedora. Pero algunos no lo son porque les falta información. No se da la información adecuada sobre los inmigrantes y nosotros lo sufrimos mucho. Hay gente que siente que les quieres robar. Esto lo sufrimos. Pero es desconocimiento. Son personas que nunca se han acercado a nosotros.

¿Y las instituciones?

España tiene leyes muy duras para los inmigrantes: deportaciones, dificultades para obtener los papeles, redadas racistas… Un día bajaba de un autobús para ir a mi casa y un coche patrulla se paró para detenerme. Yo tenía cosas importantes que hacer, pero tuve que pasar 72 horas en la comisaría. Sin haber cometido ningún delito. Me paran por ser negro. Lo primero que piensa la gente que lo ve es que soy un delincuente. No tener la documentación es una falta administrativa, no un delito. Es como dejarte el carnet de conducir en casa. Pero esto hay gente que no lo sabe. Hay mucha desinformación.

Pensando en tu hija recién nacida, ¿cómo crees que será el mundo en el que le va a tocar vivir?

Me da miedo. Cuando fui a registrarla me pregunté si mi apellido africano le va a perjudicar. Si cuando sea mayor y vaya a una empresa a buscar trabajo, dejarán de cogerla por tener este apellido. El día que nació la cogí en mis brazos y le dije: “Hija, has venido a un mundo con muchos problemas”. Ojalá que cuando sea mayor tengamos un mundo mucho más tranquilo donde las personas valoren más al resto de personas. El ser humano es el único que se siente superior al resto. En un documental vi a unos pingüinos que se juntaban en forma de círculo para protegerse de un animal que les atacaba para comérselos. Si atacaba a uno de los pingüinos, el resto se volcaba y lo impedía. Era una imagen tan potente. Es lo que tendría que hacer el ser humano, en vez de pelearnos y pensar que yo por ser senegalés tengo más valor que el que es de Gambia, o por ser marroquí valgo más que el de Senegal. Ojalá esto cambie antes de que los niños acaben teniendo la misma forma de pensar que nosotros.