IRREVERSIBLES. Helena Maleno: “Estamos todos en la misma patera”

Por: Javier Sánchez Salcedo - 03/03/2016

Helena Maleno (45 años) pasó del periodismo a ser investigadora, especialista en migraciones y trata de seres humanos, y activista. Vive en Tánger y forma parte del colectivo Caminando Fronteras, que trabaja por el reconocimiento de las personas migrantes como personas con derechos y ciudadanos.

 

 

 

Por Javier Sánchez Salcedo

 

¿De dónde eres, Helena?

Soy de El Ejido, Almería, ese pueblo famoso por su intolerancia, su racismo y su xenofobia, pero también un lugar de donde ha salido mucha gente que ha trabajado la integración con los migrantes y de donde han salido proyectos educativos y sociales muy bonitos.

Te formaste como periodista pero pasaste a la investigación. ¿Por qué?

Estudié periodismo pensando que los medios de comunicación eran un cuarto poder y que la información podía ejercer una presión a nivel político, judicial y cambiar la sociedad. Pero después de estudiar y trabajar algunos años me di cuenta de que era muy poca la capacidad, muy grandes las empresas periodísticas, muchos los intereses políticos dentro de esas empresas y muy poco respeto al trabajo del periodista, al que está a pie de calle, al que verdaderamente intenta con su ética ponerse al servicio de la ciudadanía. Decidí reciclarme. Ahora investigo temas sociales que me piden desde administraciones u organizaciones y hago informes. Este trabajo me permite dedicarme también a un activismo, a una lucha más política.

¿Cómo surge Caminando Fronteras y cuál es vuestra actividad?

Al dejar el periodismo me fui a Tánger para investigar el tema de las maquilas de textil en el norte de Marruecos y empecé a hacer visitas al bosque próximo a Ceuta. Me sorprendió ver cómo estaban organizados los campamentos de migrantes. Eran como pequeñas ciudades que se organizaban por zonas de procedencia, incluso con normas escritas, como que no se podía robar la cabra del marroquí que estaba al lado. Aprovechando toda la estructura que las comunidades migrantes ya habían creado, empezamos a documentar lo que estaba pasando. Y se fue conformando una red que creció de forma espontánea y a la que llamamos Caminando Fronteras.

¿Y cuál es el objetivo de esta red?

Que ante poblaciones como la migrante y situaciones como la de frontera, donde hay una alta tasa de vulneración de los derechos fundamentales, incluso en países donde hay democracia, como es el caso de Ceuta y Melilla, trabajemos por el reconocimiento de estas personas como personas con derechos y por el reconocimiento de su ciudadanía aparte de la documentación. La vulneración que sufren estas personas es tremenda.

 

Helena Maleno el día de la entrevista / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Qué te encuentras en ese contacto con los migrantes?

Son personas que han sufrido una violencia institucional horrorosa, desde su país de origen, porque la pobreza y la injusticia social ya son una violencia grave. La han sufrido en el tránsito migratorio, sobre todo cuando han sido considerados criminales por leyes migratorias tremendas. Y esa violencia se la van a encontrar en la frontera y también después aquí, en el Estado español y en otros estados europeos. Me encuentro a personas que han sufrido una violencia terrible, y a la vez gente que es profundamente resiliente y que sonríe mucho. Con sus testimonios te das cuenta de la fe que tienen en el ser humano, de las ganas de desarrollar sus comunidades y sus familias. Es una lucha preciosa contra la injusticia social.

¿Qué mensaje intentas transmitirles cuando hablas con ellos?

Que estamos todos en la misma barca, en la misma patera. Estamos juntos porque queremos construir un mundo diferente. Yo no quiero que Ceuta y Melilla sean ciudades donde no hay democracia. No quiero que mis hijos vivan en sociedades de este tipo. No quiero que haya una devolución en caliente en la valla, no porque tú seas de Guinea Bissau y seas negro, sino porque no quiero que haya devoluciones en caliente en ninguna valla del mundo. Hoy eres tú y mañana seremos nosotros. Estamos en la misma patera. Si esto se hunde, nos hundimos todos y todas.

¿Qué sientes y qué piensas cuando te enteras de un nuevo naufragio en el Mediterráneo?

Lloro. No puedo evitarlo. Porque conozco a las personas o a sus familias. Lloro con mis compañeras. Después, nos da rabia cómo los  medios de comunicación tratan el tema. Luego nos indignamos cuando vemos que en muchas ocasiones esas personas se podrían haber salvado y han muerto por culpa de nuestras propias políticas. También nos alegramos, y esto hay que decirlo, por gente como la de Salvamento Marítimo de Almería, que son un ejemplo en todo el Mediterráneo de lo que significa la defensa de la vida en el mar. Y después, con todos esos sentimientos que bullen dentro de la cabeza y el corazón, hay que ponerse a trabajar: documentar lo que ha pasado, hablar con los supervivientes, identificar a los muertos, enterrarlos, hablar con las familias y ver si se abre algún proceso judicial.

Habéis trabajado en casos como el del Tarajal. ¿Qué habéis hecho exactamente?

Nosotros identificamos a los muertos que hubo en el Tarajal. Junto con las familias, hemos pedido la identificación de los cuerpos en el lado de Ceuta. Las familias quieren saber si sus seres queridos están enterrados allí. Ellas nos han ido informando y nosotros hemos explicado lo que ha ocurrido. Nos pidieron estar en el proceso judicial y las hemos ayudado a que tengan el contacto y puedan estar. Y, sobre todo, hemos hecho un trabajo de acompañamiento en el dolor. Lo llamamos transformar el dolor en justicia. Tenemos que cuidar a estas personas, a estas familias, para después poder denunciar las políticas.

A tu juicio, cuáles deberían ser las medidas prioritarias que tendrían que tomar las administraciones para evitar estas tragedias.

Pues mira, algo tan sencillo como cumplir la ley, las convenciones internacionales y las leyes de extranjería. Lo que no vale es durante un año bombardearnos con mensajes de inseguridad ciudadana para poder meter las devoluciones en caliente en una “ley mordaza”. No puede ser que tengamos niños de quince o catorce años que han sufrido una devolución en caliente. Pero, ¿dónde estamos? No puede ser que en una democracia las políticas de cooperación policial entre dos países sean más importantes que el marco del respeto a los derechos humanos.

Cómo valoras la sensibilidad que tenemos la sociedad española hacia el fenómeno migratorio.

Les miramos de forma diferente, porque tenemos miedo.

¿Miedo a qué?

Miedo a lo que nos dicen los políticos que tenemos que tener miedo: son fuertes, son violentos, nos atacan, es una avalancha. Ahora con el tema del yihadismo hemos ido más allá. Entre esta gente, que ya es violenta, además hay yihadistas, terroristas peligrosos. Es el discurso del miedo, un discurso que cala mucho entre la gente joven. Es muy triste, pero hay que trabajar mucho desde la educación. Es muy importante que con las nuevas generaciones se rompa este esquema que nos están vendiendo.

¿Y cómo se puede trabajar?

Es importante que trabajemos de forma transversal los valores dentro de la educación. Y los valores están muy claros. ¿Qué son los derechos humanos? ¿Qué es la solidaridad? La educación no es solo aprender matemáticas o lengua. La educación en valores se hace desde las casas, desde el colegio, desde los ayuntamientos o los centros sociales. No es una utopía, aunque sea un trabajo a largo plazo. El proceso del miedo también ha sido a largo plazo y está dando sus frutos. Nosotros tenemos que sembrar otras cosas que darán sus frutos dentro de diez o quince años. Así es como se construye y ahí tenemos que estar trabajando todos y todas.

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Helena Maleno el día de la entrevista / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

¿Cómo es la vida en Tánger?

Una vida agradable en una ciudad agradable. Tánger me ha dado mucho, porque me ha permitido salir de todos los estereotipos que hay sobre los musulmanes. Mis hijos se han criado hablando dariya (árabe marroquí), se han criado allí, tienen amigos musulmanes, amigos de otras confesiones religiosas… Tienen miras muy amplias. Creo que en este momento y en este mundo tan polarizado, Tánger no solo me ha dado muchas cosas a mí, sino que le ha dado muchas cosas a mis hijos. Esa apertura, ese estar con nigerianos, con sus creencias del yuyu, con marroquíes, con sus demonios y su religión, aprendiendo otros aspectos de la religión, nos ha enseñado mucho y nos hace aprender que el mundo tiene que entenderse de otra manera. Ahora, con esta polarización tan grande que están creando, con esta guerra de religiones y de culturas, necesitamos ciudadanos que tengan otra visión, que nuestros hijos tengan otra visión más global del mundo y más interesante. Porque la otra además es muy aburrida (ríe).

 

¿De qué estereotipos te has librado?

Se me cayeron mitos sobre las mujeres, por ejemplo. ¿Una adolescente que acepta que un novio la controle, o que la controle la comida a través de la anorexia está más liberada que una adolescente que acepta que su padre la controle a través del velo? Pues yo creo que no. Son distintas formas de control de género. Y nosotros tenemos las nuestras. En Colombia ocurre que a las 6 de la mañana abren las peluquerías porque te tienes que hacer las uñas antes de ir al trabajo, o que a los 15 años te regalan las tetas. Yo no sé qué es peor, que te regalen las tetas o que te regalen un velo. No sé qué preferiría para mi hija. Se me cayeron también los estereotipos sobre las religiones. Hay cosas perversas dentro de la religión católica. Pero hay muchas personas que profesan la religión católica y no son nada perversas, y que cogen muchas cosas que hay dentro de la religión católica concernientes a la solidaridad, al compartir. Pues en la religión musulmana es igual. Hay una cosa preciosa que es todo el tema del peregrino, de proteger y cuidar al peregrino. Por ejemplo, ahora que son tiempos muy duros de muchas redadas, hay ciudadanos marroquíes que se están quejando de que las redadas rompen el equilibrio de su barrio, rompen la integración. La población subsahariana, después de una regularización que hubo en Marruecos, ya está trabajando, se está uniendo con la población marroquí, integrándose. Es un esfuerzo que está haciendo la población marroquí, no los políticos. Y los propios marroquíes se están quejando. “Esto no puede ser. Es que este chaval está trabajando aquí, luego se toma un café conmigo. Por qué no. Yo lo conozco, sé quién es”. Y hablan de ese concepto musulmán de la acogida al peregrino.

 

Gran parte de tu trabajo de investigación lo dedicas al problema de la trata. ¿Qué deberíamos saber sobre esto?

Tenemos que verla como una vulneración de los derechos de esas personas. Son todas esas mujeres que vemos en las calles que están siendo esclavas sexuales y que son consumidas también por el cliente del Estado español. Trata son también los niños que están mendigando y que tienen detrás un controlador. O las muchachas que nos estamos trayendo para el servicio doméstico y que están trabajando como esclavas dentro de casas de gente con poder adquisitivo. Hay trata cuando tú coges a una persona de un sitio, te la llevas a otro, le pagas el viaje pero después ella te tiene que pagar una deuda que supone estar en situación de esclavitud. La trata de seres humanos, vender y comprar seres humanos, ha superado en algunas zonas al tráfico de drogas, porque un ser humano se compra y se vende más veces, se consume más veces. Y además las penas de estas personas que tratan con seres humanos son más bajas que las que se aplican a los traficantes de drogas. Esto hay que entenderlo en un contexto de oferta y demanda. Tenemos un contexto de la oferta que son  países empobrecidos, personas con derechos humanos totalmente vulnerados. Y tenemos un contexto de la demanda. En el Estado español el consumo sexual es del 39%, con chavales muy jóvenes que se han unido a ese consumo sexual como parte del ocio. A esos chavales que pueden consumir estupefacientes, que consumen alcohol y terminan consumiendo seres humanos, hay que explicarles que muchas de esas chicas que están consumiendo son esclavas y están siendo torturadas. Y que ellos son cómplices de ese delito. Por eso la trata no se termina únicamente con la persecución del tratante. Se termina sabiendo que no podemos consumir seres humanos para explotación laboral, mendicidad o explotación sexual, que es una responsabilidad nuestra. Pero ojo, que lo vemos muy lejos, pero hay jóvenes españolas que han terminado el bachillerato y no pueden estudiar porque no tienen beca para la universidad, que se han ido con ofertas de trabajo a otros países, y había una red de explotación detrás. La trata es un negocio que busca su oportunidad en la pérdida de derechos. Aquí en España no hay tráfico de órganos, porque tenemos una sanidad que nos aguanta, pero en el momento en que perdamos el derecho a la sanidad, los tratantes tendrán una oportunidad para el tráfico de órganos. Es una responsabilidad nuestra, de toda la sociedad.