Justo Aliounedine Pouye Nguema: «Introducir diversidad es un acto revolucionario»

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«Tengo 42 años. Soy afroespañol de origen fang –de Guinea Ecuatorial, donde nací– y serer –de Senegal–. Me he movido por medio mundo. Soy artista multidisciplinar, o más bien artivista. Música, literatura y artes plásticas. El libro El arte de la interpretación interactiva es mi manifiesto artístico».




¿Qué es el arte?

En primer lugar es una profesión. Y para mí, a nivel filosófico, es la capacidad de librepensamiento crítico en relación con la sociedad, mediante expresiones culturales diversas: danza, pintura, fotografía, cine, escritura… El arte está al margen de la sociedad, pero muy conectado con ella. 

¿Cuáles fueron tus primeros encuentros con el arte?

Echando la vista atrás, uno de mis primeros encuentros con el arte fue de manera inconsciente en la Ciudad de los Muchachos, en Benposta, Orense, donde pasé una parte de mi infancia. A través del circo me sumergí en el arte sin ser plenamente consciente de ello. El circo es una confluencia de ramas artísticas: hay músicos, artistas plásticos, mucha expresión corporal, acrobacias… Pero no solamente me sumergí en el arte, también en lo social, en el activismo. 




Justo Aliounedine Pouye Nguema el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo


¿Cómo llegaste allí?

Llegué a Benposta con ocho años junto a mis hermanos por recomendación de un tío nuestro. Conocí el proyecto del P. Silva, que en paz descanse, y a mucha gente muy importante e influyente en mi vida, como Marcelo Ndong, Pedro Ekong o Patrick Mitogo. Llevar un circo de chavales por toda Europa y Latinoamérica no es fácil. El proyecto me impactó mucho y me hizo madurar enormemente. Yo era un niño al que le gustaba pensar, entender todo lo que se movía a su alrededor. En este espacio de autogestión aprendí lo que era una asamblea, cómo funciona un ayuntamiento, teníamos moneda propia, una bandera y una frontera. Era un proyecto increíble. 

¿Qué otros momentos te han marcado en la vida?

También estuve interno en la Sagrada Familia, un colegio multirracial de Sigüenza en el que vivíamos los hijos de las personas migradas. Había mucha gente negra, la mayoría originarios de Guinea Ecuatorial. Después fui a Benposta, donde estábamos asiáticos, africanos, indígenas de América, blancos europeos, gitanos, clases sociales distintas… Y después a Arganda del Rey, donde conocí el racismo en todas sus facetas. Me traumatizó descubrir que uno puede ser odiado sin ninguna razón previa, ver cómo tus compañeros de clase, tus amiguitos con los que sales, un día empiezan a llamarte «negro de mierda» y a decirte «vamos a matarte». Mi hermano, un amigo y yo sufrimos un intento de asesinato que me marcó profundamente. 

¿Intento de asesinato?

Un día llegaron muchísimos niños a reventar el portal de nuestra casa. Después de habernos atacado en la calle, nos refugiamos allí, pero vinieron con todo tipo de armas, con puños americanos y hasta con una katana. Y ningún vecino llamó a la Guardia Civil. Cuando llegaron mis padres y vieron la puerta destrozada fueron a denunciar, pero no hicieron nada. Si hubieran llegado a entrar habríamos tenido la misma suerte que Lucrecia Pérez, que el hijo del bibliotecario al que asesinaron en Arganda del Rey o que mucha otra gente. Y estas cosas quedan impunes. Me marcó mucho ser consciente de la indefensión en la que nos encontrábamos dos familias negras en aquel pueblo. Luego me topé con el fuerte auge del racismo que hubo en Madrid, cuando cada 20N se juntaban los fascistas a rendir homenaje al dictador y luego hacían cacerías por la ciudad. Grupos de nazis que nos atacaban, nos daban palizas y todo quedaba impune. Para no llenarme de odio y combatir esto de algún modo me refugié en la cultura. Escribía muchísimo, para intentar comprender y sacar todo lo que estaba viviendo. Y comenzó mi etapa musical con el rap metal.

¿Qué podía hacer la música para cambiar las cosas?

Para empezar, era una expresión libre. En segundo lugar, había una plataforma, un escenario, desde donde poder transmitir un mensaje. En mi profesión existen dos tipos de personas: los artistas que van ligados a un mercado y los obreros culturales. Yo soy de este segundo grupo. No estamos ligados a un mercado, estamos ligados a la sociedad y a nuestro compromiso con ella. El artista se debe al mercado y tiene que componer para el mercado, tiene que trabajar para él. Y el mercado es un conglomerado de empresas con unos intereses concretos que condicionan el arte. Los obreros culturales no tenemos esa atadura. Vivimos en una realidad más pegada a la sociedad. 

Pero sobrevivir será más difícil.

Absolutamente. Porque además, sin ser consciente de ello, vas en contra del mercado. Eres un poco kamikaze. A mí fue el rap lo que me despertó la conciencia. El grupo Public Enemy me hizo entender toda la realidad del racismo. Me enseñó quién era Malcolm X, me explicó qué era la negrofobia, el supremacismo blanco y todo lo que estaba pasando.



Manifiesto artístico de Justo Aliounedine Pouye Nguema. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo


¿Y cómo pasas del rap al arte pictórico?

Me fui a Senegal, y cuando volví a España en el 98 y adquirí la nacionalidad española me di cuenta de que nada había cambiado. Seguía siendo «el negro», «el negrata», «el moreno», «el negrito»… Seguía recibiendo las mismas respuestas cada vez que criticaba el racismo y la discriminación: «Si no te gusta, vete a tu país». Típicas expresiones negrófobas. Decidí viajar a Holanda y fue cuando por primera vez me sentí un ciudadano. Dejé de ser un color de piel para ser un ciudadano. Y fue allí donde el dibujo me atrapó. Empecé a dibujar y no podía parar. Dibujaba en el trabajo, en casa, en cualquier tiempo libre que tenía. El dibujo era capaz de sacar de dentro de mí más que lo que podían hacer los textos.  

¿Tu expresión plástica también es una forma de artivismo?

Desde otro punto. Permite que el espectador interprete desde sí mismo lo que tiene delante, pero no hay mensajes explícitos. Es más una forma de autorreflexión para el espectador. El MC (rapero), el poeta urbano, habla a la gente con precisión. Es incisivo. Les intenta despertar. Hacerles conscientes de la sociedad que estamos construyendo. Pero el pintor no tiene esa relación. El pintor busca crear otros espacios que no existen en la realidad, mundos interiores. Y la gente percibe, recibe las sensaciones sin palabras, tiene capacidad propia para interpretar.

Pero, ¿crees que tu obra pictórica provoca un cambio social?

El cambio que produce es que se trata de una obra no hecha por gente blanca. La introducción de la diversidad en un espacio no diverso es más revolucionario que el reclamo de la eliminación de la discriminación. La introducción de la diversidad es una imposición real, no hay lugar para el debate. La diversidad ya está. Es ahí donde reside quizá la mayor acción revolucionaria, en la introducción de esa diversidad. Yo trabajo como artista plástico consciente de que represento la diversidad ausente en la sociedad en la que he crecido. No deseo ser referente de nadie, pero soy consciente de que soy referencia para muchas personas. «Es un artista negro. Es un pintor negro. Es pintura negra». La obra de Juan de Pareja, que fue el antiguo esclavo de Velázquez, es pintura afroespañola y su simple presencia en el Museo del Prado, a nivel racial, hace diverso al Prado. Y no me equivoco si digo que es el único pintor no blanco que está en la pinacoteca, siendo cien por cien afroespañol nacido en Málaga. Muchas veces no se trata de reclamar que alguien deje de ser racista, sino simplemente se trata de vivir. Y la gente lo va a ir entendiendo a su tiempo, a su ritmo. Puede que el padre o la madre sean muy negrófobos, pero si mañana a su hija en el colegio le dan la tarea de buscar artistas, va a la biblioteca, se encuentra con mi manifiesto artístico y se da cuenta de que es de una persona afroespañola que ha crecido aquí, y ve todas las obras que he ido haciendo a lo largo de 20 años, puede volver a su casa y confrontar la negrofobia de sus padres, hacerles ver que esa diversidad que niegan existe y que, por más que la nieguen, no va a desaparecer. Yo, que me he tirado toda mi vida como MC luchando frontalmente contra el racismo, he visto cómo la pintura genera mucho más impacto. El poder de la pintura es el poder de la acción del silencio. 

¿Querrías invitar a nuestros lectores a visitar tu galería de arte?

Por supuesto. Quiero invitaros a venir al barrio de Lavapiés, sin miedo. A venir a visitar nuestra galería de arte, la Royal Black Gallery, a ver nuestras obras, a pasar un rato, a conocer nuestra cultura y charlar. Es la forma auténtica de apoyar el arte independiente afro y con conciencia. Y apostar por la diversidad como forma de combatir el racismo, desde la paz, la armonía y, sobre todo, el amor.   




CON ÉL

«Cuando empecé a dibujar sentía que estaba naciendo otro personaje dentro de mí, diferente a Yast Solo, el MC, el poeta urbano, mi personaje en la música. Como artista plástico firmo con el nombre de VRUS, y estos dos personajes se van turnando (en la imagen Escultura en Toglou, Madrid 2019)».




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