¿La fuerza de la solidaridad?

Por: Sebastián Ruiz-Cabrera - 08/01/2019
164 países adoptan un acuerdo de cooperación internacional para gestionar las migraciones

Las artes de la diplomacia tienen el poder de resistir el envite de determinados discursos que buscan la confrontación directa. La máxima exige aguardar en la retaguardia y después disparar con argumentos para tratar de convencer. La última función pública de calado donde se pudo presenciar la hipocresía de unos o los discursos populistas de otros tenía lugar el 11 de diciembre en Marrakech (Marruecos).

En una ciudad acicalada para el evento, se marcaba un punto de inflexión internacional en el que 164 países adoptaban dos acuerdos históricos para compartir la responsabilidad de los refugiados y cooperar en los procesos migratorios. Un proceso sin precedentes que comenzaba con la Declaración de Nueva York para Refugiados y Migrantes, en septiembre de 2016. Pero, más de dos años después, el Pacto Mundial sobre Refugiados y el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular nacen en un entorno político acalorado y más hostil.

Al menos una docena de países se retiraron de las negociaciones y otros no asistieron a la conferencia, a pesar de que todos los estados miembros de la ONU, excepto Estados Unidos, acordaron un borrador a finales de julio pasado. Los detractores del pacto, muchos de ellos naciones europeas dominadas por partidos xenófobos o populistas (Hungría e Italia se encuentran entre sus opositores más fuertes), dicen que el acuerdo amenaza su soberanía y los obliga a legalizar la inmigración ilegal. El partido de extrema derecha alemán afirmaba que el pacto es «ilegal» y que es «un plan de reasentamiento oculto para migrantes económicos iniciado por instituciones sin legitimidad democrática, como son las Naciones Unidas y las oenegés». Otros críticos dijeron que conduciría a un «derecho humano a la migración».

Pero sus partidarios dicen que esas críticas reflejan un malentendido fundamental de la naturaleza no vinculante y voluntaria del pacto, y acusan a los opositores de manipular a la opinión pública en un momento en el que la migración es un tema candente. Un debate que parece reforzar una idea: no es una crisis de refugiados. Es una crisis de solidaridad.

– ¿Papá, qué son los derechos humanos?
– ¡Una cosa de ricos!

Según se puede leer, el pacto de 34 páginas, que se basa en los instrumentos internacionales de derechos humanos así como en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, es un «compromiso colectivo para cooperar en todos los aspectos de la migración internacional». Y se ha concebido tras el proceso que vivió Europa entre 2015 y principios de 2016 cuando trató de hacer frente a la afluencia de más de un millón de refugiados y migrantes en sus fronteras. La intención es abrir un paraguas legal que pueda cubrir a unos 258 millones de migrantes en todo el mundo, según la ONU.

En muchos sentidos, es un hito: muchos observadores dicen que es más innovador que el pacto de refugiados, ya que es la primera vez que los países han cooperado en la temática de la migración a este nivel. Al margen del pacto de refugiados, que se basa en la Convención de Refugiados de 1951, no existe un marco internacional comparable sobre migración.

De hecho, quizás la mayor fortaleza de este pacto es que se describe a los migrantes como «seres humanos en lugar de aprovechadores», según explicó Stephane Jacquemet, director de política de la Comisión Católica Internacional de Migración, quien ayudó a coordinar las aportaciones y la promoción de los grupos de la sociedad civil a lo largo de las negociaciones intergubernamentales.

 

Una bola de nieve mediática

Los números venden mucho: 164 países y centenares de medios para cubrir un evento de dos días que ha provocado un verdadero alúd de noticias y análisis. Demasiado ruido. Sus 23 objetivos son integrales y de gran alcance, y, entre otros se abordan los derechos laborales, la trata de personas, la xenofobia, el reconocimiento de las calificaciones profesionales, las remesas, la repatriación o el cambio climático como impulsores del desplazamiento. El pacto destila un lenguaje que no es ni demasiado maximalista ni demasiado minimalista. Simplemente un delicado equilibrio entre la protección de los derechos de los migrantes y la voz de los gobiernos para mantener el control sobre su territorio soberano.

En este sentido, las naciones africanas se mostraron satisfechas con la inclusión del Objetivo 23 sobre el fortalecimiento de la cooperación inte rnacional, que «subraya los desafíos específicos que enfrentan, en particular, los países africanos, los países menos desarrollados, los países en desarrollo sin litoral, los pequeños estados insulares en desarrollo y los países de ingresos medios».

Sin embargo, el pacto en realidad no tendrá una repercusión más allá del compromiso. Es básicamente un marco para la futura cooperación en materia de migración, independientemente de la forma legal que pueda adoptar: bilateral, multilateral, regional o de otro tipo. De hecho, el acuerdo se compromete a «garantizar que las palabras en este documento se traduzcan en acciones concretas en beneficio de millones de personas». Su naturaleza no vinculante significa que los estados pueden decidir qué partes implementar y cuáles no. Quizás sean solo palabras en un papel y con buena voluntad, pero en Marrakech se han puesto las piedras para realizar las cosas de otra forma más humana.

 


 

Objetivos para la migración segura, ordenada y regular

1. Recopilar y utilizar datos exactos y desglosados para formular políticas con base empírica.
2. Minimizar los factores adversos y estructurales que obligan a las personas a abandonar su país de origen.
3. Proporcionar información exacta y oportuna en todas las etapas de la migración.
4. Velar por que todos los migrantes tengan pruebas
de su identidad jurídica y documentación adecuada.
5. Aumentar la disponibilidad y flexibilidad de las vías de migración regular.
6. Facilitar la contratación equitativa y ética,
y salvaguardar las condiciones que garantizan el trabajo decente.
7. Abordar y reducir las vulnerabilidades en la migración.
8. Salvar vidas y emprender iniciativas internacionales coordinadas sobre los migrantes desaparecidos.
9. Reforzar la respuesta transnacional al tráfico ilícito de migrantes.
10. Prevenir, combatir y erradicar la trata de personas en el contexto de la migración internacional.
11. Gestionar las fronteras de manera integrada, segura y coordinada.
12. Aumentar la certidumbre y previsibilidad de los procedimientos migratorios para la adecuada verificación de antecedentes, evaluación y derivación.
13. Utilizar la detención de migrantes solo como último recurso y buscar otras alternativas.
14. Mejorar la protección, asistencia y cooperación consulares a lo largo de todo el ciclo migratorio.
15. Proporcionar a los migrantes acceso a servicios básicos.
16. Empoderar a los migrantes y las sociedades para lograr la plena inclusión y la cohesión social.
17. Eliminar todas las formas de discriminación y promover un discurso público con base empírica para modificar las percepciones de la migración.
18. Invertir en el desarrollo de aptitudes y facilitar el reconocimiento mutuo de aptitudes, cualificaciones y competencias.
19. Crear las condiciones necesarias para que los migrantes y las diásporas puedan contribuir plenamente al desarrollo sostenible en todos los países.
20. Promover transferencias de remesas más rápidas, seguras y económicas y fomentar la inclusión financiera de los migrantes.
21. Colaborar para facilitar el regreso y la readmisión en condiciones de seguridad y dignidad, así como la reintegración sostenible.
22. Establecer mecanismos para la portabilidad de la seguridad social y las prestaciones adquiridas.
23. Fortalecer la cooperación internacional y las alianzas mundiales para la migración segura, ordenada y regular.