La maldición del apellido

Por: Lucía Mbomío - 23/11/2018

Cuando escribo Mbomío, Word lo subraya en rojo porque cree que es una palabra que no existe o está mal escrita. Empieza por dos consonantes así que, prácticamente, nadie se atreve a pronunciarlo en voz alta, y los osados suelen hacerlo mal. Incluso mi madre, una señora segoviana, a la que la «m» inicial siempre se le olvida.

Recuerdo que cuando pasaban lista en clase levantaba la mano tras los Martínez y los Mato, antes de que el docente de turno se pusiera a balbucear con el fin de evitarle el trago de hacerlo mal y las bromitas de los alumnos que venían detrás. «En vomito», «En bodrio».

Mis apellidos, los dos, también Rubio, funcionan como bandera, del mismo modo que mi piel o mi pelo, que me recuerdan que, pese a que nací en una tierra, Madrid, tengo la suerte de provenir de varias. Eso hacia dentro. Hacia fuera, es la marca que permite a ciertas personas identificarme como alguien que jamás será de aquí y, a partir de ahí, construirme con la imagen que medios de comunicación, escuela y otras instituciones de socialización han dibujado sobre quienes tienen origen o nacieron en África: hambre, bla, bla, bla, subdesarrollo, bla, bla, bla, guerra, bla, bla, bla, mutilación genital femenina, bla, bla, bla, pobrecitos, bla, bla, bla. Las banderas pueden ser prisiones mentales cuando nos convierten en seres esquemáticos, simples e idénticos. O cuando nos convierten, así, a secas.

Pero cuando he vivido en Guinea Ecuatorial, que también es mi hogar, ser Mbomío ha provocado que, aunque me vean blanca (concepto no solo racial, sino también cultural y económico), sea «su» blanca, o sea, de casa. Ahí me sirve para que me reconozcan de forma directamente proporcional a la manera en la que me niegan aquí. Y eso es genial, pero también curioso, teniendo en cuenta que fui por primera vez para allá con 25 años.

No obstante, que te sientan como propia en un lugar que ha sido colonizado no siempre es garantía de que todo vaya a ir bien. A veces, de hecho, va mal.

Hay una anécdota buenísima que Nelson Mandela cuenta en El largo camino hacia la libertad cuando, en un momento en el que viajaba en avión a un país limítrofe con ­Sudáfrica, descubrió que los pilotos eran negros. Saberlo le causó cierta desazón y, al tiempo, un nudo en la garganta por caer en la cuenta de que, por mucho que estuviera luchando por la libertad de un pueblo, desde el orgullo de pertenencia, su mente estaba colonizada y le jugaba la mala pasada de hacerle pensar que había cogido un vuelo no seguro. Y era Mandela.

Los pueblos colonizados tienen la autoestima tocada, porque les han negado su historia, su pasado y, por ende, su ser, que ahora es como un patchwork transcultural que continúa mirando y admirando al Norte aunque, en su momento, quisieran desligarse de él.

Así las cosas, superar el pensamiento de que lo que eres es malo o que, directamente, no fuiste hasta que llegaron los de fuera, resulta complicado. Por eso, a día de hoy, existe gente, en Guinea Ecuatorial –no todo el mundo, desde luego– que considera que su valía reside, únicamente, en lo que tiene y no en lo que es. Esa clase de personas desconfía de los que tienen apellidos como los suyos cuando, en muchas ocasiones, les tocó esforzarse el doble, precisamente, por eso. Su complejo provoca que, a igual currículum, prefieran contratar a Pérez antes que a Ondó, Sitté o Roku.

El endorracismo hace que miren al nieto del colono como alguien superior, a quien no le hacen falta requisitos más allá del color de su piel y, por supuesto, su apellido que suena a occidental, no como el nuestro, que está maldito. Eso consideran ellos. Sin embargo, por suerte, ya somos muchos los que sabemos que no es cierto. No olvidemos que nosotros también somos, es más, que siempre fuimos.