La mujer en la Iglesia etíope

El papel de la mujer en la Iglesia es la que muchos consideran la gran reforma pendiente del Papa Francisco. Con una comisión vaticana encargada de estudiar el diaconado femenino, la autora, misionera comboniana, analiza el caso de Etiopía.

 

Por Laura Díaz.

 

[Fotografía superior: Dos mujeres participan en la celebración del Timket, o Epifanía ortodoxa, el 19 de enero de 2014 en Adís Abeba, la capital de Etiopía / 123RF]

 

De nuevo les dijo:
–¿A qué compararé el reino de Dios? Es como la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta”. Así se lee en el Evangelio de San Lucas.

Los elementos de la vida cotidiana toman una relevancia especial en las parábolas del Reino. A través de estas, Jesús nos invita a trascender la realidad que nos rodea, a ir más allá de las meras apariencias y a superar juicios de valor superficiales. En este caso, la levadura, la harina y la masa evocan la antigua y siempre nueva alquimia del arte culinario. Un universo hecho de infinitas combinaciones de sabores, perfumes y colores, donde lo que no se ve, lo que permanece escondido, es tanto o incluso más importante que lo que se ve. Un mundo que, además, está rodeado de misterio, de secretas recetas susurradas de generación en generación y de transformaciones que ocurren en el silencio y el calor del hogar.

De forma análoga, hablar de la presencia y el papel de la mujer en la Iglesia en general y en la Iglesia etíope en particular requiere una mirada escrutadora y una mente contemplativa que permita descubrir “aquello que permanece invisible a los ojos”, como diría Saint-Exupéry. La primera impresión que se tiene al participar en una celebración litúrgica en Etiopía, sea en una iglesia católica o en una ortodoxa, es similar a aquella que se puede tener en España o en Europa.

A pesar de que el número de mujeres que participa en la Eucaristía suele ser mayor al número de hombres, las funciones litúrgicas son fundamentalmente masculinas. Sin embargo, el hecho de que las mujeres no sean más visibles en la liturgia, no quiere decir que no desempeñen ningún tipo de papel. Al fin y al cabo, la liturgia es tan solo una parte de la vida de la Iglesia. La imagen que mejor describe la presencia de la mujer en la Iglesia etíope es aquella de la levadura en la masa. Se trata, pues, de un modo de estar presente detrás de las cámaras, en ocasiones en silencio, pero absolutamente imprescindible para la vida de las parroquias y de Iglesia en general. “La presencia de las mujeres es lo que mantiene la Iglesia abierta. Es una presencia vital y tangible, no solo numéricamente, sino también a nivel de responsabilidades”, me comentaba un sacerdote de la parroquia de San Gabriel, en Adís Abeba.

 

Fotografía: Mundo Negro

 

El enorme contraste que existe en Etiopía entre los ámbitos urbano y rural tiene, lógicamente, un reflejo en las parroquias. En general, las mujeres en las zonas rurales tienen un nivel de estudios inferior al de los hombres. A la falta de formación se une un sistema patriarcal que limita la participación de las mujeres en la toma de decisiones. Como ­consecuencia, estas suelen carecer de confianza en sí mismas y manifiestan baja autoestima. Esto se traduce en una escasa participación femenina en ciertos aspectos de la vida de la parroquia como el consejo parroquial, el ministerio de la catequesis o el ministerio de la Palabra.

 

Áreas rurales y urbanas

En los últimos años, Etiopía ha experimentado un desarrollo acelerado, una mejora de las infraestructuras y de las comunicaciones y un mayor acceso de la población de las zonas rurales, tanto femenina como masculina, a la educación. Este proceso de cambio está afectando positivamente a las parroquias rurales. Por ejemplo, la de Haro Wato, situada en el sur del país, entre el pueblo guyi, a cargo de los Misioneros Combonianos y las Misioneras Combonianas, cuenta ya con algunas mujeres catequistas. Es importante señalar que en el ámbito rural, los catequistas son los verdaderos líderes de las comunidades; debido a las distancias, las dificultades del terreno y la falta de clero local, son ellos los que muchos domingos se encargan de presidir y animar la liturgia de la Palabra.

Más sorprendente es el caso de Goshe, una adolescente gumuz que recientemente ha empezado a leer las lecturas los domingos en la capilla de Mandura. El número de mujeres católicas de esta comunidad es escaso y la mayoría de ellas son analfabetas, pues la región sufre uno de los índices de alfabetización femenina más bajos del país. Las chicas tienden a ser tímidas y reservadas y raramente hablan en público. Goshe, en cambio, se puede considerar como una excepción. Escapó de casa porque habían concertado su matrimonio, como manda la tradición. Sin embargo, como buena iconoclasta, sigue rompiendo moldes y ahora se ha convertido en la primera chica gumuz que se atreve a leer en la iglesia. Recientemente, un grupo de niñas ha comenzado a aprender cómo servir en el altar. Este servicio o acolitado es un ministerio extremadamente importante en Etiopía, exclusivamente reservado a los varones.

 

Fotografía: Mundo Negro

 

Uno de los factores que ha podido contribuir de forma positiva a la proliferación de la presencia de la mujer en la incipiente capilla de Mandura puede ser el hecho de que es una capilla fundamentalmente femenina. Las Misioneras Combonianas, pioneras de la presencia de la Iglesia católica en la zona, son las que prácticamente hacen las veces de párroco, ya que los Misioneros Combonianos fundaron la parroquia en el pueblo de Gilgel Beles, a unos diez kilómetros de distancia.

Las grandes ciudades, especialmente Adís Abeba, presentan un panorama completamente distinto y mucho más alentador, en lo que respecta al papel de la mujer en la Iglesia. Los factores que favorecen la existencia aquí de una presencia femenina más activa son un nivel de estudios más elevado, una mejor preparación profesional y una mayor exposición a las corrientes de pensamiento contemporáneo que fomentan la emancipación de la mujer.

Los consejos pastorales de las nueve parroquias que tiene Adís Abeba están compuestos en su mayoría por mujeres. E incluso más: en algunas parroquias este organismo está presidido por una mujer, como es el caso de la parroquia de San Gabriel. Tanta es la autoridad y el poder decisorio de las mujeres que algunos sacerdotes temen ser destinados a determinadas parroquias. Las feligresas de San Gabriel son bien conocidas en la capital etíope por su dinamismo y capacidad emprendedora. Son ellas prác­ticamente las encargadas del funcionamiento diario de la parroquia. Al constituir la mayoría del consejo, las mujeres programan las actividades pastorales y resuelven conflictos. Las mujeres ancianas no solo hablan libre y abiertamente sobre la vida de la parroquia, sino que su opinión es muy respetada y tomada en consideración.

Además, las fiestas anuales parroquiales no se podrían celebrar si no fuera gracias a la presencia y el trabajo de las mujeres, que supervisan todos los aspectos prácticos y logísticos. Por otra parte, en todas las parroquias existen mahaber (asociaciones), algunas mixtas y otras no, que mantienen encuentros periódicos y suelen estar comprometidas con algún tipo de labor social en favor de los más desfavorecidos. Por último, es importante constatar que en Adís Abeba, mujeres de distintas edades participan activamente en el ministerio de la Palabra y de la catequesis.

 

Fotografía: Mundo Negro

 

A nivel espiritual, sea en las áreas rurales o en las urbanas, las mujeres han sido y son las principales agentes de evangelización y transmisión de la fe en el seno de la familia. En Etiopía la vida de la mujer se ha desarrollado tradicionalmente alrededor de la casa, del cuidado de los hijos y de tareas cotidianas como buscar leña o agua y preparar la comida.

Hoy en día, a pesar de que muchas mujeres trabajan fuera de casa, el ámbito del hogar es todavía un espacio fundamentalmente femenino; es el espacio de las relaciones, del cuidado, donde se aprende el significado del sacrificio, donde se cocinan los sueños y donde se alimenta y cultiva la propia fe. Las mujeres cumplen la tarea esencial de ­preservar las ­creencias de sus antepasados y de perpetuar las costumbres y tradiciones religiosas ancestrales, comunicándolas a sus hijos y nietos. Su contribución a la iniciación y el acompañamiento de los hijos y, a veces, de los nietos en la fe es fundamental. Los primeros recuerdos del camino espiritual de muchos fieles están asociados a una figura femenina. En la Iglesia ortodoxa, donde los sacramentos de iniciación cristiana se reciben en los primeros meses de vida, son mayoritariamente las mujeres las que acompañan a los hijos o nietos a comulgar.

 

Mujeres consagradas

No se puede hablar del papel de la mujer en la Iglesia sin hacer referencia a la vida consagrada femenina en ambas tradiciones, católica y ortodoxa. Actualmente, existe un gran número de religiosas etíopes en la primera que trabajan al servicio del Evangelio a través de la pastoral de la salud, de la educación y de la catequesis. Al igual que se han fundado algunas, aunque pocas, congregaciones femeninas locales, causa sorpresa que no existe ninguna congregación local masculina. A pesar de las incertidumbres sobre su continuidad, las congregaciones femeninas locales están viviendo un proceso de emancipación y adquiriendo una mayor autonomía de las congregaciones u obispos que las fundaron. El tiempo desvelará si su fundación fue realmente fruto del Espíritu Santo.

Por lo que respecta a la Iglesia ortodoxa etíope, la vida religiosa femenina es una tradición ancestral fascinante que se remonta al siglo IV. Las mujeres suelen abrazar la vida religiosa hacia las últimas etapas de su vida, durante la viudedad. En muchas ocasiones llevan un estilo de vida monástico en el seno de la propia familia. A pesar de que las monjas tenían algunas responsabilidades religiosas, como enseñar y dar consejo espiritual, tradicionalmente no desempeñaban actividades externas. Sin embargo, las exigencias de la vida contemporánea las han llevado a realizar tareas más allá de los roles tradicionales. Son responsables de la administración de algunas iglesias y de actividades que generan ingresos. Por ejemplo, a 24 kilómetros de Adís Abeba, en la pequeña ciudad de ­Sebeta, se encuentra el monasterio de Getesemani. Fue fundado en 1961 para establecer un orfanato. Por una petición del emperador Haile Selassie, una comunidad de misioneras combonianas estuvo presente durante tres años, hasta el estallido de la guerra, durante el período de constitución del monasterio. En la actualidad, además de los servicios religiosos, Getesemani sostiene las necesidades de los niños de la zona, administra una escuela elemental y un centro de formación y proporciona atención a un grupo de niños. Además, las monjas se dedican a la agricultura, a la producción de lácteos, a la apicultura, a la panadería, al bordado, a la artesanía y al cuidado de la salud de la población.

 

Una religiosa etíope delante de la entrada de una iglesia / Fotografía: Getty Images

 

La vida monástica etíope está caracterizada por una gran flexibilidad, ya que a las monjas no se les exige una estricta clausura y existe espacio para la iniciativa y el carisma personal. La vida monástica ha permitido a las mujeres crear desde su propia perspectiva y originalidad un discurso religioso alternativo y transcender los roles tradicionales, disolviendo los límites entre lo público y lo privado.

Además, las monjas de la Iglesia ortodoxa etíope nos regalan una imagen que resuena en la parábola de Jesús con la que se abre este texto y que es un reflejo de la espiritualidad oriental. Son ellas las encargadas de hacer el pan fermentado con levadura que se consagra en la celebración eucarística. Dentro del recinto de todas las iglesias ortodoxas etíopes hay una pequeña construcción llamada bethlehem, lite­ralmente la ‘casa del pan’, cuyo acceso está estrictamente reservado a las monjas. En el más absoluto secreto, las religiosas recitan, susurran, oraciones que solo ellas conocen, mientras amasan con gran cuidado tres hogazas, de las cuales sola una será consagrada.

La transformación del Reino de Dios es un misterio que, para ser definitivo, se produce en lo secreto, en lo íntimo. Así es la presencia de la mujer en la Iglesia, cotidiana, discreta y, sobre todo, imprescindible: como levadura en la masa.