La pasarela del desierto

Por Sebastián Ruiz-Cabrera

 

El X Festival Internacional de la Moda en África (FIMA) de Níger se ha celebrado acorazado, en un clima de máxima seguridad. Una cita que sitúa en el debate a la cultura como motor de desarrollo.

 

Agadez es una ciudad en cuclillas, un laberinto de edificios bajos de barro que rodean a una única estructura alta, un minarete de 27 metros de altura que se cierne por encima de su entorno. Casas, en su mayoría de una sola planta, rodeadas por una pared sin ventanas –enfrentarse a las tormentas de arena es una empresa seria–. Y dos ideas: puerta del desierto o puerta del exilio. Esta urbe es un punto de tránsito para muchos migrantes de África occidental que aspiran a unirse a Europa, una imagen poco favorecedora, que casi terminó por olvidar el encanto de la ciudad más grande en el norte de Níger. Las tensiones en materia de seguridad han terminado por aplacar los intentos de una industria, la del turismo, que en otros tiempos fue prometedora. El acecho de Boko Haram, que en sus siete años de actividad se le atribuye el asesinato de 20.000 personas y el desplazamiento de casi dos millones entre las fronteras de Nigeria, Níger y Chad, ha moldeado un silencio mediático en un país con el índice de desarrollo humano más bajo del mundo. El desierto se lo come todo.

Pero es aquí donde el diseñador nigerino Sidahmed Alphadi ­Seidnaly, conocido como Alphadi, el “Príncipe del desierto”, organizó en 1998 el primer Festival Internacional de la Moda Africana (FIMA) en el desierto de Tiguidit, en el cual se conservan pinturas rupestres patrimonio de la UNESCO. Casi 20 años después, Alphadi celebró la décima edición del FIMA los pasados 16 y 17 de diciembre en el lugar donde todo comenzó y logrando que unos 200 estilistas, modelos y figuras internacionales relacionadas con el sector celebraran este encuentro en el festival más antiguo dedicado a la moda en el continente. Y probablemente únicas han sido las escrupulosas medidas de seguridad en las cuales se ha desarrollado el festival, que ya el año pasado tuvo que suspenderse a última hora por amenaza de atentado yihadista.

El lema de este año ha sido “La educación y la industria por un África de mestizaje y de paz”. Porque hay una evidencia para Alphadi: el continente está lleno de talentos. Es una obviedad. Pero el desafío radica en dotar a los artistas de medios para profesionalizar sus trabajos y que puedan vivir de su arte, a través –y porqué no– de un concurso de top models y diseñadores jóvenes.

200 estilistas, modelos y figuras internacionales relacionadas con el sector se reunieron en pleno desierto en el festival más antiguo dedicado a la moda en el continente / Fotografía: Getty Images

Aguja y dedal a contrapelo

Para Alphadi, un tuareg transgresor con las raíces de su cultura, las dificultades no siempre han venido desde las pasarelas. Los rechazos de su familia o de los fundamentalistas provocaron que en 2000, su taller insignia y una boutique fueran destrozados por algunos radicales que se oponían a la idea del diseño de vestidos que visibilizaran partes del cuerpo de la mujer como las piernas.

La fuerza del dogma tradicional se hizo más fuerte en 2011, solo un día antes de la celebración del FIMA. Sus talleres en Niamey fueron incendiados. Sin embargo, sin mostrar ningún signo de desaliento, el evento se llevó a cabo para demostrar que él era uno más aunque con otra forma de entender el mundo. Su cosmovisión de aguja y dedal ha fortalecido un discurso nada fácil en esta región, en la que pregona la igualdad y la paz. De hecho, a comienzos de 2016 su actitud le valió el reconocimiento como Artista de la UNESCO para la Paz. También dirige su propia fundación para potenciar a las mujeres y los niños en la región del Sahara y trabaja para transformar el FIMA en un evento itinerante para que las próximas ediciones puedan celebrarse en otros países de África –seguramente sea un imperativo por causa del terrorismo–, como Marruecos o Costa de Marfil.

 

Educación de alta costura

El FIMA se ha convertido en un espacio crucial para el talento local de Níger y para conseguir que las lentes enfoquen con otro diafragma este país, de unos 20 millones de personas. Las escuelas de moda no abundan precisamente y, después de todo, los organizadores del festival buscan cambiar esta realidad. Uno de los pasos que han dado es la creación –por el momento sobre el papel– de una escuela que formará tanto en diseño como en la gestión del sector de la moda y con una acreditación internacional.

Pero falta un detalle. El Gobierno de Níger se comprometió a facilitar al proyecto 250 millones de francos CFA (unos 380.000 euros) de un total de 1,5 mil millones de francos CFA presupuestados. La partida continua bloqueada y una de las explicaciones es que la geopolítica en esta parte del Sahara es sumamente complicada. Y más después de que el propio jefe del Estado, Mahmadou Issoufou, haya anunciado recientemente desviar algunos de estos fondos culturales para la realización de un programa de reinserción social destinado a aquellos que deserten voluntariamente de las filas yihadistas de Boko Haram.

En su intento por poner de relieve la variedad y la diversidad de la moda africana, el FIMA ha concedido el premio al mejor diseñador joven al marroquí de 22 años, Hamza ­Guemous. Un galardón con una doble intención: potenciar a las jóvenes promesas y visibilizar el trabajo de la Academia Casa Moda de Casablanca, donde Guemous se ha formado. Una escuela que se ha sabido posicionar en el sector desde su inauguración en 2011.

 

La vida, como modelo

Desde el festival han informado a Mundo Negro de que la edad media de las modelos ronda los 22 años. Las hay que desfilan en otras pasarelas más pequeñas de la región. Algunas viajan cientos de kilómetros con los ahorros prestados de sus familiares en busca de un salto a la fama o a la misma arena del desierto. Otras prueban suerte posando para fotógrafos internacionales que, empotrados en autobuses escoltados con guardaespaldas, informan desde Agadez. La paradoja del contexto es que Níger se ha enfrentado a una creciente islamización en los últimos años en la que se contraponen las minifaldas de wax –que están prohibidas– a las cabezas cubiertas con el velo. Una especie de doble vida entre el día y la noche para las modelos. Una vía de escape que mira hacia Milán o París, y en la que Alphadi trata de hilar fino un nuevo ecosistema bañado por el Sahara.