La pesadilla de los políticos

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Las redes sociales están transformando la relación entre la política y la ciudadanía en todo el mundo, y de forma particular en África. El hombre político inaccesible, refugiado en su pedestal, se ha convertido ahora en «el vecino de al lado», según la expresión de la webmaster francesa Fanny Monge. Un fenómeno que coincide con la proliferación de comunicadores, más o menos talentosos, que arrebatan a los medios de comunicación tradicionales el monopolio de ser la única fuente de información de masas. Ahora solo se necesita un teléfono para desafiar a los representantes elegidos democráticamente.


Las redes sociales se han convertido en medios de comunicación de proximidad que están obligando a los políticos, cada vez más, a establecer un diálogo transparente y receptivo con sus gobernados. Si esta proximidad puede liberar el diálogo, también plantea el problema de la «política-emoción». Al querer seguir a sus votantes en las redes, los políticos están obligados a responder en cualquier momento sobre los temas de actualidad, por temor a ser acusados de laxitud. Por ello se convierten, sin darse cuenta, en «esclavos» con la obligación de reaccionar a las emociones provocadas en las redes, a veces desafiando el interés general. Todo esto no transcurre sin conflictos –en ocasiones peligrosos–, y a veces sucede con el riesgo de desbaratar ciertas carreras políticas. El observador mediático castiga instantáneamente toda torpeza. Cualquier contenido publicado en la Red es susceptible de provocar una controversia difícil de controlar y con fuerte impacto emocional. En este ecosistema, el lugar de los políticos es más que complicado.

En África, este juego está derribando la imagen intocable que los políticos tienen de sí mismos. Esto es lo que justifica el odio visceral que sufren redes sociales o plataformas como Facebook, Twitter, YouTube o Instagram, por parte del mundo de la política. Con motivo de eventos importantes, algunos Gobiernos africanos no dudan en bloquear Internet para controlar mejor el debate. Y eso es solo el comienzo. La libertad de información y de opinión es fundamental,  aunque esté bajo arresto domiciliario, sobre todo en países con regímenes autocráticos, tan frecuentes en África. Sin embargo, el deseo irresistible de los pueblos de querer participar directa o indirectamente en la construcción y el desarrollo de sus países pasa por estos medios que, por cierto, controlan con eficacia.

Hasta cierto punto es verdad que «con la aparición de las redes sociales, entramos en la simplicidad. Ya no hay choques de ideas, solo choques de emociones», como cree el excomisario europeo de Cooperación, el belga Louis Michel. El fallecido filósofo italiano Umberto Eco, por su parte, se equivocó al creer que «las redes sociales han dado el derecho a la palabra a legiones de tontos que antes solo hablaban en el bar (…) y que hoy (…) tienen el mismo derecho a la palabra que un premio Nobel». Los usuarios de Internet no pueden quedar señalados como una banda de inútiles, incapaces de influir útilmente en el futuro del mundo. En los últimos tiempos, estos -inter-nautas ayudan a cristalizar el debate político y están en la base de ciertos cambios políticos, especialmente en África. Se niegan a ser excluidos de la gestión de lo público y plantean preguntas reales que, aunque a veces se olvidan después de las promesas electorales, deben estar en el centro de la acción política. 

Una realidad, a nuestro juicio, es cierta: el destino político de los países africanos no puede dejarse en manos de los de siempre que, después de ser elegidos, demuestran vivir lejos de las preocupaciones de la gente y apegados a sus intereses egoístas. Las hormigas de la Red no han dicho su última palabra. Esto solo acaba de comenzar.



Fotografía superior: 123RF


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