La política de las urnas para un agosto electoral

Por: Sebastián Ruiz-Cabrera - 31/07/2017

Ruanda, Kenia y Angola eligen presidente

 

 

En agosto se sucederán tres elecciones cruciales en el continente: Ruanda (día 4), Kenia (día 8) y Angola (día 23). Hay pocas posibilidades de que los comicios que se celebrarán en territorio angolano y ruandés cambien el signo político de estos países. Sin embargo, todos tendrán un impacto sobre la paz, la seguridad, el desarrollo y el crecimiento económico del continente.

 

Ruanda

Paul Kagame, presidente de Ruanda

La historia de Ruanda es diferente. Colinas, dicen que mil, perfuman con olor a té una de las naciones más estrechamente controladas en el mundo. Hay miedo por criticar al presidente, Paul Kagamé –en el poder desde el año 2000–, y a su partido, el Frente Patriótico Ruandés (FPR). De hecho, varios periodistas y figuras de la oposición han sido encarcelados por cargos que los diplomáticos europeos han denunciado en repetidas ocasiones. Pero quizás esta crítica no sea tanta. La estabilización de una región crucial como la de los Grandes Lagos, en concreto el fronterizo Kivu Norte, en República Democrática de Congo (RDC), rico en recursos naturales, interesa. Así que, Ruanda también gusta. A algunos.

Kagamé, el ex líder rebelde protagonista en la conquista de Kigali en 1994, la capital del país que supuraba todavía las heridas del genocidio, ha hecho un trabajo notable en varias líneas. Mucha tinta se ha derramado en analizar el llamado “modelo de Ruanda”: un Estado con un Gobierno estable –léase represivo–; una burocracia incorruptible; electricidad e Internet en prácticamente todo el país; niveles de limpieza excelentes e, incluso, con medidas como la prohibición de las bolsas de plástico bajo fuertes multas; un parlamento con mayoría de mujeres (68 por ciento), el primero del mundo en estas lindes; y una alfombra roja que sirve de bienvenida para los inversores. Las estadísticas señalan unos números que impresionan. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la pobreza en Ruanda cayó del 56,7 por ciento en 2005 a un 39,1 por ciento en 2014. No obstante, la falta de diversificación económica puede llegar a ser un impedimento en unos años. En 2015, la Ayuda Oficial al Desarrollo representaba un 13,7 por ciento del PIB, según el Banco Mundial (BM).

 

Oda al poder

Habiendo obtenido legitimidad para postularse a un tercer período de 7 años y dos mandatos más de 5 años a partir de 2024, la reelección de ­Kagamé parece asegurada. A juzgar por los resultados de las dos elecciones anteriores y la falta de una oposición competitiva, los próximos comicios estarán vacíos de suspense por completo. En el referéndum de diciembre de 2015, solo un 1,6 por ciento de los ruandeses votaron en contra de limitar el mandato presidencial.

El principal oponente de Kagamé es Frank Habineza, que representa al único partido de la oposición autorizado del país, el Partido Verde Democrático (DGPR, por sus siglas en inglés). Sin embargo, el relati­vamente conocido Habineza no parece tener los recursos económicos –o de otro tipo– para presentar un desafío significativo. Por lo tanto, esta candidatura podría considerarse una mera formalidad en un paisaje político casi de partido único. Además, a principios de junio la Comisión Electoral anunció que controlará las redes sociales para evitar posibles desestabilizaciones en el país. Una medida denunciada por la oposición, pero el secretario ejecutivo del citado organismo, ha defendido –sin demasiados sobresaltos– que “No es censura, solo queremos asegurarnos de que los mensajes publicados en las redes sociales no envenenen a nuestra población”.

 

Frank Habineza, líder del principal partido de oposición ruandés, el DGPR / Fotografía: Getty Images

 

Las posturas suelen ser dos: los ruandeses que argumentan que el tercer mandato del presidente le permitiría consolidar los logros que ha cosechado hasta ahora, así como ofrecer aún más mejoras. Frente a estos, están los que temen que esta victoria podría hacer fracasar la maduración de la democracia embrionaria del país mediante un régimen sofocante… y militarizado.

Aunque Estados Unidos ha sido un firme defensor de Kagamé, especialmente con respecto a la capacidad del presidente para mantener la paz y el crecimiento económico para el país, el Gobierno estadounidense no ha apoyado los esfuerzos del líder del FPR para extender su período de gobierno. De hecho, algunos observadores creen que el mantenimiento de Kagamé en el cargo podría ­desatar la violencia en el futuro, especialmente si se perpetúa, como parece, al menos hasta 2034. El 4 de agosto asistiremos al desenlace en un país de más de 11 millones de personas cuyo futuro se proyecta próspero y cargado de incertidumbres.

 

Kenia

Kenia llega con desafíos importantes, pero también con muchas luces, a sus quintas elecciones democráticas desde que se instaurara el multipartidismo. Anunciados para el 8 de agosto, estos comicios prometen ser una dura contienda entre dos fuerzas: Jubilee, del actual presidente Uhuru Kenyatta, y la National Super Alliance (NASA), del opositor Raila Odinga. Después de la violencia que marcó las elecciones de 2007, el proceso electoral de este año ofrece a los kenianos la oportunidad de consolidar el clima relativamente pacífico que prevaleció en las de 2013.

Kenyatta ha tenido un historial presidencial variado. La economía de su país ha crecido más del 5 por ciento en los últimos cuatro años, y según el último informe económico del BM, el PIB aumentará hasta el 6 por ciento a finales de 2017. Durante su legislatura, las inversiones en infraestructura se han sucedido a lo largo y ancho del país en materia de energía, carreteras o puertos junto a una reciente y con gran eco internacional: la inauguración, el pasado 30 de mayo, del nuevo ferrocarril que conecta Nairobi con Mombasa en menos de cinco horas.

 

Dos kenianos sostienen una bandera del país / Fotografía: Sebastián Ruiz-Cabrera

 

Este tren, que es el mayor proyecto en infraestructuras en el país desde la independencia de los británicos en diciembre de 1963, tiene una doble lectura. La primera es que esta construcción es parte de una dinámica más amplia que muestra la profundidad de la inversión china y su influencia en África, en un momento en el que Estados Unidos parecen estar perdiendo su influencia en el continente después de que la mirada de Trump se focalice en Oriente Próximo. Este tren es solo la primera parte de un mapa ferroviario que pretende unir Kenia y Uganda, pero también, R. D. de Congo, Ruanda, Burundi, Sudán del Sur y Etiopía. Una idea, por otro lado, añorada por los colonos hace más de un siglo para poder extraer los recursos con facilidad hacia las zonas costeras del continente.

La segunda lectura es que los indicios apuntan a que la inauguración de este tren, cuyo trayecto de 470 kilómetros tiene un coste para los viajeros de 700 chelines por un billete en clase económica (unos 7 euros), un viaje más barato que en autobús –que cuesta unos 12 euros–, ha sido una jugada electoral en vista a los comicios.
Kenia ha recibido elogios del BM y de otras instituciones internacionales por ser un centro tecnológico y tener una de las economías de más rápido crecimiento en África. Por ejemplo, el aumento de las cifras de usuarios de Internet creció un 11 por ciento en 2016, con 39,4 millones de personas conectadas, en comparación con 2015, cuando se llegó a los 35,9 millones.

Sin embargo, estos logros se han visto equilibrados por los increíbles niveles de corrupción en el Gobierno, en el que altos funcionarios han sido pillados con las manos en la masa llevándose, literalmente, dinero en efectivo. Un informe de la consultora PricewaterhouseCoopers en 2016 subrayó que Kenia es el tercer país más corrupto del mundo, unas acusaciones que han sido frecuentes en los últimos años. En 2015, la Auditoría General keniana estimó que poco más de un uno por ciento del gasto total del Gobierno era auditado correctamente. El propio exministro de Hacienda, Felipe Kinisu, manifestó que alrededor de un tercio del presupuesto del Estado –el equivalente a unos 6 mil millones de dólares– se perdía a causa de la corrupción cada año.

Otro de los tropiezos en materia social que puede truncar el deseo de Kenyatta de revalidar el mandato son las tasas de desempleo y el siempre creciente costo de la vida. Uno de cada seis jóvenes kenianos está en el paro, mientras que en Uganda y Tanzania, la cifra es de aproximadamente uno de cada 20. Además, a un mes para las elecciones, el norte del país se encuentra en medio de una crisis alimentaria por una falta de planificación y una respuesta fallida que parece haber sido diseñada para canalizar los fondos hacia los bolsillos compinchados de algunos funcionarios bien conectados. En marzo, la ONU lanzaba un llamamiento para recaudar 166 millones de dólares para ayudar a los pastores y agricultores en lo que se ha considerado como un “desastre nacional”.

 

El tren que une Nairobi con Mombasa / Fotografía: Getty Images

 

A la tercera ¿va la vencida?

En estos comicios el presidente Kenyatta y su partido, Jubilee, pueden sentir el aliento del otro candidato, Raila Odinga. En 2013 Kenyatta superó a este último en un apretado recuento que se decidió en el Tribunal Supremo. Dependiendo de cómo se mire, Kenyatta cruzó el umbral del 50 por ciento que marca la Constitución para evitar una segunda vuelta por apenas 8.632 votos (si se incluyen los votos nulos). Pero a pesar de la decisión del Tribunal, una parte importante de los kenianos todavía creen que Kenyatta amañó su camino a la casa presidencial y que ­Odinga debería haber ganado.

Este año las elecciones se prevén igual de reñidas, aunque con un nuevo componente que puede ser decisivo: Odinga tiene una coalición más grande. El que fuera tercer candidato en las elecciones de 2013, ­Musalia Mudavadi, ha unido fuerzas con Odinga para conformar la ­NASA. Mudavadi consiguió algo menos del cuatro por ciento la última vez y proporcionará un impulso muy necesario a las posibilidades de la oposición de hacerse con el triunfo en dos zonas importantes: el oeste de Kenia y las poblaciones circundantes al Valle del Rift. Una encuesta de opinión de comienzos de junio reducía la ventaja que tenía Kenyatta sobre el candidato de la NASA a solo cinco puntos. Así que hay partido.

El análisis muestra la convergencia de un sistema político bipolar con marcadas tendencias étnicas, que no ideológicas: la NASA representa una firme coalición entre lúos, luhyas, pueblos costeros y algunos kambas; y el Jubilee, que se aferra al poder kikuyu en connivencia con los kalenjin (los dos grupos que han dominado Kenia desde 1963).

La campaña electoral estará marcada por los desafíos en materia de seguridad, incluidos los ataques recurrentes de Al Shabab; la inestabilidad social –incluida la huelga de médicos y profesores–; el alto costo de la vida, con un reciente aumento de los precios de los alimentos; los escándalos de corrupción en la cúpula del Gobierno; los refugiados de Dadaab; y el descubrimiento de petróleo en el Turkana listo para ser exportado hasta el nuevo puerto de Lamu, un asunto que, aunque se presente como positivo, puede plantear fricciones.

 

Angola

finales de abril de este año, el puño izquierdo alzado del presidente angolano, José Eduardo dos Santos, se abría para apoyarse en el atril. Se había acabado. Ahora sí. Los casi 38 años de su reinado al frente de Angola llegaban al final de forma oficial, tras anunciar que no se presentaría a las próximas elecciones. La forma de aferrarse al trono hacía presagiar que el legendario líder, de 74 años, del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) moriría en el cargo. Algunos de sus familiares más cercanos y estrechos aliados han acumulado grandes fortunas y el control de una nación que es una de las mayores productoras de petróleo de África, por lo que la renuncia a la presidencia podría poner todo eso en riesgo.

Para muchos angolanos, un país sin dos Santos como presidente es difícil de imaginar. Asumió el cargo en 1979, convirtiéndose en el segundo presidente después de la independencia de Portugal, en 1975. Tras 27 años de guerra civil llegó el bum del petróleo. El año 2002 fue el punto de inflexión a partir del cual el país se convertiría en uno de los de más rápido crecimiento económico de África. En los últimos años, las habladurías extendidas entre la clase política de Angola sobre la salud del presidente (durante el mes de mayo volvía a visitar España para hacerse pruebas médicas) hicieron activar los radares para cimentar, y bien, el statu quo creado en el país. Tenía que consolidar el presente y el futuro de la base de su poder.

 

Seguidores del MPLA con imágenes de José Eduardo dos Santos y del candidato a las elecciones de agosto, Joao Lourenço / Fotografía: Getty Images

 

Dos Santos, conocido tanto por su hermetismo como por su longevidad política, no ha dado una razón pública para la renuncia. Pero se retira de un círculo en el que se ­encuentra el presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, de 93 años, en el poder desde hace 37 años, y el presidente Teodoro Obiang, de Guinea Ecuatorial, de 74 años, y que lleva gobernando desde hace casi 38 años la antigua colonia española, superando en términos políticos por solo unas pocas semanas al angolano. El fin de la era dos Santos plantea una cuestión meridiana acerca de la transición política en el país, pero con un añadido: ha renunciado a la presidencia, pero no a continuar liderando el partido.
El candidato oficial a presidir el país es João Lourenço (63 años), el actual ministro de Defensa, popu­larmente conocido como JLo. Más allá de que las vallas publicitarias muestran la unión y amistad entre el hasta ahora presidente y Lourenço, las fallas pueden no tardar en venir. Primero: el hijo mayor de dos Santos, José Filomeno de Sousa dos Santos, de 39 años, fue nombrado en 2013 jefe del Fondo Soberano de Angola. Segundo: el año pasado, un decreto presidencial posicionó a la hija del presidente, Isabel dos Santos, de 44 años y la mujer más rica de África, como directora ejecutiva de Sonangol, la petrolera estatal. Es decir, que los dos pilares de la nación, economía y recursos petrolíferos, quedarán en manos de una saga que se perpetúa fuera del Parlamento, pero con manga ancha de decisión. Y Lourenço tendrá que lidiar con la familia dos Santos.

La idea inicial del actual presidente era que su sucesor fuera su hijo José Filomeno, pero la oposición interna del propio MPLA le obligó a dar marcha atrás. De manera que Lourenço heredará con toda probabilidad un país que se encuentra en un contexto complicado: la lucha con los bajos precios del petróleo, el aumento de la inflación y el crecimiento de la pobreza. En este sentido, es probable que los que esperan un cambio radical queden decepcionados. Además, el poder del país seguirá en manos de los militares, ya que Lourenço es general.

El activismo como respuesta

Las ventajas con las que parte el MPLA para las elecciones son incuestionables. Su acceso a los recursos del país, incluyendo la difusión de los medios estatales, las fuerzas de seguridad y las finanzas, proporcionarán una ventaja injusta a sus candidatos, garantizando así –a priori– su victoria. Y aunque dos Santos no se ha enfrentado a ninguna amenaza que pudiera desestabilizar su Gobierno desde el final de la guerra, este no ha mostrado ninguna tolerancia para las manifestaciones públicas.
En junio de 2015, el rapero Beirão y otras 16 personas fueron detenidas por participar en un club de lectura sobre la obra del estadounidense Gene Sharp, conocido por sus escritos sobre la lucha no violenta y que ha servido de inspiración para el levantamiento de la población en Ucrania, Serbia o ­Kirguistán. Los miembros del grupo, acusados de rebelión y conspiración criminal, fueron condenados a penas de prisión de entre dos y ocho años y medio, aunque fueron liberados antes de tiempo.

El actual marco político de Angola pone en duda la voluntad del sistema gobernante de establecer unas condiciones de igualdad, sin las cuales no puede haber elecciones libres y justas. Otro ejemplo reciente tuvo lugar en abril de este año. Siete activistas de la oposición fueron condenados a 45 días de cárcel y una multa de 65.000 kwanzas (348 euros) por delitos de rebelión y asociación criminal por una protesta en la que pedían transparencia de cara a las elecciones de agosto. Entre los condenados se encuentra el rapero Adao Bunga, crítico con dos Santos.

 

El crudo es una de las principales fuentes de riqueza de Angola. En la imagen, instalaciones petrolíferas en la costa del país / Fotografía: Getty Images

 

Nada nuevo bajo el oro negro

Las próximas elecciones suponen enormes desafíos, no solo para los angolanos, sino para las compañías petrolíferas multinacionales y para la vecina del norte, RDC, de donde llegan a diario refugiados que continúan huyendo de la violencia en la región de Kasai. El enclave de Cabinda, que produce la mayor parte del petróleo del país, sigue siendo propenso a la inestabilidad, aunque el MPLA ha podido hasta el momento proporcionar seguridad a las compañías extractivas.

La reunión en el Pentágono del 17 de mayo entre el candidato presidencial, João Lourenço, en calidad de ministro de Defensa, con su homólogo estadounidense, Jim Mattis, y otras partes interesadas en la situación de RDC, indica que se espera que Angola desempeñe un papel importante para los Gobiernos regionales.

Tanto Estados Unidos como otros actores internacionales preferirán apoyar la continuidad del MPLA al frente de Angola, aunque este dominio en la escena política no sería el reflejo de la aprobación de la mayoría de los angolanos. Los sentimientos de descontento seguirán creciendo entre los jóvenes, muchos de los cuales se inclinan, aunque no convencidos, a la alternativa del tradicional partido de la oposición, la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), cuya antigua rama armada luchó contra dos Santos durante la guerra civil. Puede que UNITA no tenga los recursos para regresar a las armas, pero podría marcar un camino de desobediencia civil creando así, un clima de agitación social.