Las primaveras árabes, cinco años de una pregunta sin respuesta

Por Gonzalo Gómez

En enero de 2011 buena parte de la población tunecina descargó su rabia contra Ben Alí y clamó en favor de la democracia. Tras la caída del dictador y contagiados por una ola de indignación y deseos de cambio, varios países árabes emprendieron sus caminos de revolución en las que se denominaron “primaveras árabes”. Cinco años después, una suma de eventos –internos y externos– han provocado que los cambios experimentados por estos países sean cuando menos discretos (en el caso de Túnez), complejos y controvertidos (en Egipto), o abiertamente desastrosos (Libia o Siria).

Túnez logró realizar una transición a la democracia no exenta de problemas tales como el asesinato de opositores, las amenazas terroristas, el desempleo o la exclusión social. En medio de esta situación ha destacado el papel del Cuarteto para el Diálogo Nacional –formado por el Sindicato General de Trabajo de Túnez, la Confederación de Industria, Comercio y Artesanías, la Liga de Derechos Humanos de Túnez y la Orden de Abogados de Túnez– que fue reconocido con el Nobel de la Paz de 2015. El Cuarteto fue capaz de reconducir un proceso que amenazaba con descarrilar en 2013 con el partido Ennahda en el Gobierno y tras el asesinato del político Mohamed Brahmi. Sin embargo, en las últimas semanas una serie de protestas, que derivaron en ocasiones en enfrentamientos entre policías y manifestantes, pusieron en peligro el aprobado justo de la transición hacia la democracia tunecina. Gran parte de la ciudadanía se queja de que los problemas que tenía el país a nivel de calle son los mismos que con Ben Alí: desempleo, falta de servicios y corrupción.

El caso de Egipto es todavía más complejo. El pasado mes, el Parlamento logró celebrar su primera sesión después de tres años. En 2013, las protestas populares y la intervención del Ejército acabaron con el primer Gobierno elegido democráticamente, el de Mohamed Morsi y el partido de los Hermanos Musulmanes. Los jueces disolvieron entonces las dos cámaras de representantes, que no habían vuelto a configurarse. El nuevo Parlamento incluye elementos del régimen de Hosni Mubarak y mantiene apartada a la Hermandad Musulmana, que decepcionó a gran parte de la población cuando tuvo su oportunidad. El presidente Al Sisi, responsable de derrocar a Morsi y sostenido después por unas elecciones con bajísima participación, detenta un poder casi absoluto. El turismo, una de las principales fuentes económicas del país, no ha regresado y abundan las denuncias por vulneraciones de los derechos humanos por parte del Gobierno y las Fuerzas de Seguridad. Organizaciones como Amnistía Internacional no dudan en calificar a Egipto como un “estado policial”, mientras que gran parte de la sociedad mira para otro lado acuciada por un pragmatismo en el que lo urgente es salir adelante.

A su vez, Libia está intentando, junto a Naciones Unidas, consolidar su Gobierno de unidad nacional. El hecho de que sectores destacados en los ejecutivos de Tobruk y Trípoli no lo tomen en cuenta hacen que sea legítima la pregunta de si el país se encamina hacia el ansiado Gobierno unitario o más bien hacia un tercero en discordia. Mientras tanto, no para de cobrar protagonismo la creciente presencia del autodenominado Estado Islámico o Daesh. En enero, el grupo fue especialmente activo contra intereses petroleros, destruyendo parte del principal oleoducto del puerto más importante del país y otras instalaciones. Decenas de personas murieron en un atentado contra una academia de policía. Varios expertos aseguran que Daesh cuenta ya con 3.000 militantes armados en Libia, aunque es una cifra difícil de precisar.

Dadas las actuales circunstancias, cuesta tener una visión de conjunto positiva de las –en su momento– esperanzadoras “primaveras árabes”. No obstante, y sin descuidar el camino, habría quizás que ampliar la perspectiva para entender que si los regímenes frente a los que se interpusieron estas “revoluciones” duraron décadas, un lustro es relativamente poco para valorar en qué quedaron o hacia dónde fueron aquellas legítimas ansias de democracia y dignidad.

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