El lento ocaso del lago Chad

Por José Naranjo

Fotografías Getty Images

 

El enclave languidece, entre Boko Haram y el cambio climático

 

El ecosistema lacustre en el que convergen Nigeria, Chad, Níger y Camerún, otrora polo de atracción económica y espacio de intercambio, languidece por la poderosa presencia de Boko Haram en sus islas y riberas.

 

 

Todas las miradas convergen sobre el lago Chad. Este particular y cambiante ecosistema, en torno al que conviven decenas de miles de personas de diferentes etnias y países, histórico cruce de caminos comercial y auténtico pulmón económico de la región, se ha convertido en el último refugio del grupo terrorista más sanguinario del planeta, conocido como Boko Haram, que no ha dudado en explotar las rivalidades comunitarias de este espacio, que siempre ha funcionado con sus propias reglas.

Allí, los habitantes de sus riberas y sus islas, pescadores, agricultores, comerciantes y ganaderos –a los que se han sumado miles de desplazados– se mueven entre la complicidad más o menos velada y el rechazo, el hastío y el miedo, a la espera de que, un día, vuelva la anhelada paz.

Sábado, 10 de octubre de 2015. Día de mercado en Bagasola, localidad chadiana situada a orillas del lago. Decenas de canoas flotan sobre la superficie plana de un agua en calma. En tierra, un grupo de pescadores conversan apoyados sobre enormes sacos de pescado ahumado que acaban de descargar. A escasos 20 metros, un comerciante toma té en la puerta de su pequeña tienda, a rebosar de productos procedentes de Nigeria. De repente, se desata el infierno. Una niña convertida en terrorista suicida acciona un cinturón explosivo que llevaba bajo la ropa en pleno mercado y, a los pocos instantes, otras dos detonaciones esparcen su carga de muerte en Kousseri, un barrio un poco más alejado. Resultado, 41 fallecidos y 48 heridos.

 

 

Campo de desplazados de Kidjendi
Varias mujeres llegan a un campo de desplazados en Kidjendi, cerca de Diffa, el pasado 19 de junio, después de que Boko Haram atacara Bosso / Fotografías: Getty Images

 

Bagasola ya no es lo que era. Muchas tiendas han cerrado. “Sin paz no hay comercio”, asegura -Abdelkarim Moussa, representante local de los comerciantes. Miles de refugiados procedentes de la ribera nigeriana llegaron hasta aquí huyendo de Boko Haram y se han instalado en casas de amigos o en el campo de Dar es Salaam, que acoge a unas 10.000 personas. Allí, cada una de ellas arrastra una huida tras de sí, un drama bajo el plástico de sus precarias tiendas. Entre ellos, los niños perdidos de Baga Kawa y Doro, en el lado nigeriano, aquellos que un aciago día de enero de 2015 tuvieron que salir corriendo de sus casas con las balas silbando a sus espaldas y no saben siquiera dónde están sus padres, quizás muertos, quizás preguntando por ellos en otro país, en otra ribera de este lago hoy, ahora sí, convertido en barrera que divide.

Hasta 2014, la situación era bien distinta. La nebulosa yihadista a la que llamamos Boko Haram, integrada en realidad por una miríada de células que funcionan de manera más o menos autónoma pero bajo la misma franquicia, había alcanzado su máxima expansión territorial con la fundación de un califato con capital en Gwoza. Sus principales bases estaban no muy lejos de Maiduguri, su feudo original, en los montes Mandara, cerca de la frontera con Camerún, y en el bosque de Sambisa. El lago Chad no era más que un territorio periférico, un lugar seguro de retirada. Sin embargo, el anuncio de la ofensiva del Ejército nigeriano desde el sur y su materialización en 2015 con la progresiva y creciente implicación de las Fuerzas Armadas de Chad, Níger y Camerún, todos países ribereños, han convertido a este espacio en el nuevo centro de operaciones de Boko Haram, el punto focal de su resistencia.

 

Hombres en barca cruzando el lago Chad
Varias personas utilizan una barca en Guite para atravesar una parte del lago Chad / Fotografía: Getty Images

 

 

La escisión de Boko Haram

Bakary Sambé, politólogo, coordinador del Observatorio de Radicalismos y Conflictos Religiosos en África y experto en la secta nigeriana, afina un poco más y asegura que esta “se ha escindido en al menos dos grandes grupos, uno tradicional muy debilitado que aún sigue a Abubakar Shekau y que centra sus acciones en el noreste nigeriano y otro emergente que cuenta con el apoyo del Estado -Islámico y que es dirigido por Abu Musab al-Barnawi. Esta última facción ha sentado sus bases en el lago y desde ahí pretende internacionalizar aún más su actividad terrorista hacia África central”.

La elección no es casual. El lago, en cuyas aguas confluyen cuatro países –Nigeria, Níger, Camerún y Chad–, responde a la perfección a las nuevas necesidades del grupo, orientadas de nuevo, como en sus orígenes, más hacia una guerra de guerrillas en la que es especialista que a una extensión territorial (califato) que nunca tuvo la capacidad de defender. Para ello cuenta con una cantera excepcional: decenas de miles jóvenes formados en las escuelas coránicas rurales bajo su control ideológico en los que se ha inoculado el wahabismo y el odio a Occidente, una penetración lenta pero sólida que apunta en la dirección de un estrepitoso fracaso del Estado nigeriano a la hora de embridar la radicalización, que ni es nueva ni ha pasado -desapercibida.

Esta expansión del yihadismo ha sabido explotar los conflictos intercomunitarios y las rivalidades preexis-tentes en el lago. Este espacio fue siempre ‘territorio buduma’, una comunidad singular, de islamización relativamente reciente, articulada en sociedades insulares entorno a jefes clánicos que compartía territorio con ganaderos y pastores venidos de Borno, en su mayor parte kanuris.

Sin embargo, la riqueza agrícola, ganadera y pesquera de este entorno ha atraído también en las últimas décadas a personas venidas de Senegal, Malí o Congo, buscadores de fortuna y de un entorno menos hostil. Pero también a una gran inmigración hausa que, poco a poco, se ha hecho con las riendas del comercio y con las tierras en un proceso de acaparamiento que ha excluido a los pobladores originales.

Los problemas intercomunitarios no tardaron en surgir. Boko Haram ha instrumentalizado esta rivalidad y se ha apoyado en ella para usar a una parte de los budumas, los más susceptibles de radicalización, como llave de entrada al lago, un laberíntico dédalo de islas, tierras pantanosas y tupida vegetación en el que se mueven como Pedro por su casa. Pero ni siquiera los integrantes de esta etnia, que ahora sufren una ola de estigmatización, están a salvo de la violencia de la secta y algunos de sus poblados han sido arrasados por los yihadistas.

Frente a la propaganda oficial de reconquista territorial del Gobierno de Nigeria, Boko Haram se desintegra y se camufla, en estado latente, entre la población de las planicies de Borno, Yobe y Adamawa, mientras que la otra facción se agazapa en las riberas y las islas del lago. Esa es su fuerza. Sin embargo, el uso de la violencia indiscriminada, las matanzas en mercados y mezquitas –donde los musulmanes se han convertido en sus principales víctimas– les han ido restando apoyo popular, al mismo tiempo que la ofensiva militar nigeriana, a veces tan violenta contra la población civil –acusada de complicidad– como la desplegada por Boko Haram. Ahí surge el lago como refugio ideal y no solo por su complejidad étnica.

 

Pez pescado en el lago Chad / Fotografía: Getty Images
Pez pescado en el lago Chad / Fotografía: Getty Images

 

 

Un lago que desaparece

En 1964, la superficie de agua era de unos 25.000 kilómetros cuadrados. En la actualidad se ha reducido a unos 14.000, quedando dividido en dos cubetas principales, norte y sur. Esta merma, que no es lineal y depende de las fluctuaciones estacionales, obedece sobre todo al incremento de las temperaturas (media anual de 37 grados), la escasa profundidad de sus aguas (de unos cinco metros y medio como máximo), lo que facilita una mayor evaporación, y al aumento de la presión humana a consecuencia de la emigración hacia sus riberas e islas. En 1976 vivían unas 700.000 personas en él; en 2013 unos 2,2 millones, aunque según la Comisión de la Cuenca del lago Chad unos 30 millones dependen de sus recursos.

El afloramiento de tierra cultivable ha sido, en realidad, una bendición. Los campos de maíz de Tchoukoutalia, hasta hace unos años cubiertos por las aguas, son uno de los graneros de Chad. Y, sin embargo, hoy están casi abandonados a causa de la violencia. Situación parecida tienen en -Níger, donde las autoridades han prohibido la pesca o el cultivo de pimientos ante el temor de que esta actividad sirva de financiación a los insurgentes.

Pero, ¿por qué es tan buen refugio? Los famosos (y temibles) Land Rover del Ejército chadiano nada o poco pueden hacer en este espacio cambiante de densa vegetación y multitud de recovecos que alterna la tierra seca con los estanques de aguas navegables y las zonas pantanosas. Las tácticas de guerra convencionales no sirven en un espacio de múltiples escondites, ni siquiera las incursiones aéreas.

El geógrafo francés Christian Seignobos, director de investigación emérito del Instituto de Investigación para el Desarrollo y gran conocedor del lago, aseguraba recientemente en una entrevista a la revista Jeune Afrique que aquí tendrán lugar “los últimos episodios de esta guerra”. Idéntica certeza tienen los altos responsables militares de la Fuerza Multinacional Mixta, una poderosa coalición militar de más de 10.000 efectivos integrada por soldados de los cuatro países ribereños más Benín, que desde el pasado mes de julio ha conseguido notables avances en la lucha contra los radicales.

La tensión es más que evidente. En Bosso, en el lado nigerino, está prohibido circular en moto, el vehículo por antonomasia de los insurgentes en sus ataques. En Chad incluso se prohíbe viajar a caballo, pues también se han registrado ataques ecuestres por parte de Boko Haram. La actividad económica está estrangulada, los movimientos restringidos, las islas evacuadas a la fuerza. “En toda esta zona es -difícil saber quién es quién”, asegura Hassan Ardo, secretario general del gobernador de Diffa, la región nigerina que se asoma al lago, “hay infiltraciones y complicidad en los pueblos”. Desde que los yihadistas atacaron la isla de Ngouboua a bordo de canoas, hasta la navegación se ha visto entorpecida.

 

 

Fotografía: Getty Images
Fotografía: Getty Images

 

El comercio no se detiene

Y, sin embargo, el comercio no para. La carretera que une el lago con Yamena, la capital de Chad, es una auténtica pesadilla de tierra y arena. Grandes camiones la transitan a diario con mercancía que, procedente de Nigeria, cruza el lago. Pese a todo. “Ahora se tarda mucho más, pero el comercio no se puede detener totalmente. Vivimos de él”, asegura Alhadji -Boulama, conductor. Para Chad, esta también es su guerra. No solo la mayor parte de la superficie lacustre le pertenece, sino que el lago se encuentra muy próximo a su capital frente a Camerún, Níger o Nigeria que lo perciben como un conflicto alejado de su centro político. No en vano, el centro de mando de la Fuerza Multinacional Mixta se encuentra en Yamena, ciudad que durante julio de 2015 fue objeto de tres atentados por parte de Boko Haram.

Tres niños solitarios juegan frente a la casa de Abdelkarim Moussa, el viejo comerciante de Bagasola. “No entendemos qué quiere esta gente. Matan a todo el mundo, arrasan mezquitas e iglesias, perjudican la economía”, se lamenta mientras no pierde de vista la pelota que patean los chavales. “Si las cosas no cambian nos tendremos que ir todos de aquí, algunos ya lo han hecho. ¿Qué futuro les espera a ellos?”, pregunta sin esperar una respuesta, quizás sabedor de que aún pueden venir tiempos peores. Este es el lago Chad hoy en día, un inmenso interrogante cuya respuesta se esconde entre las islas flotantes y las inmensas extensiones de papiro de sus riberas.