Libia: Europa confía sus fronteras a un país caótico

Por Gonzalo Gómez

 

La noticia es que la Unión Europea (UE), reunida en La Valeta (Malta), ha acordado medidas para reducir los flujos migratorios que tratan de cruzar el Mediterráneo desde Libia. La noticia también es que Italia llevó la iniciativa y, horas antes de que se produjera la Cumbre de los 28, anunció un acuerdo con las autoridades libias para frenar el paso a los inmigrantes irregulares a imagen del Tratado de Amistad que unía a ambos países en tiempos de Berlusconi y Gadafi. Pero para hablar de cooperación o tratos con Libia, habría que preguntarse qué significa tal cosa, porque de momento sigue sin existir un Gobierno en Libia cuyo control del territorio y de las instituciones justifique que hablemos de una autoridad análoga a la de Costa de Marfil, Senegal o España.

Para empezar está el Gobierno de Acuerdo Nacional, impulsado por Naciones Unidas (ONU) y con sede en Trípoli, cuyo primer ministro es Fayez Serraj. Es con este con quien los líderes europeos quieren coordinarse para cortar el paso a los migrantes, pero a día de hoy se muestra incapaz de controlar gran parte del litoral entre muchos otros enclaves del país. Frente a este teórico Gobierno de unidad se opone una parte del Parlamento libio en Tobruk –anteriormente considerado el legítimo para la comunidad internacional–, apoyado por Jalifa Haftar. El carismático general controla gran parte del este del país, y con una labrada reputación como azote de yihadistas, volvió a dar muestras de su poder con la toma de importantes instalaciones petroleras hace unos meses.

Lo cierto es que entre estos dos –llamémosles Gobiernos parciales– se produjeron recientemente acercamientos en El Cairo bajo la mediación del Ejército egipcio. Sin embargo, pese a coincidir –por separado, según Sarrej– en asuntos como el mantenimiento de la unidad e integridad territorial y en la lucha contra “todas las formas de extremismo y terrorismo”, no acordaron la celebración de unas elecciones parlamentarias y presidenciales en 2018, como el Ejército egipcio anunció. Posteriormente al comunicado del anfitrión, Sarrej negó que se hubiera producido ni siquiera un encuentro físico con ­Haftar, que había amenazado con entrar con sus tropas en Trípoli para combatir a las milicias.

Fuente: Elaboración propia

Por si fuera poco, hace cinco meses un tercer gobierno en discordia, conocido como Gobierno de Salvación y liderado por Jalifa Gwell –ex primer ministro del Congreso General Nacional, y según ellos herederos del Parlamento–, dio un incompleto golpe de Estado en la capital, en el que tomaron varios ministerios. Desde entonces, importantes milicias leales al gran muftí del país y otras procedentes de Misrata se han unido a Gwell fortaleciendo sus aspiraciones. Hoy por hoy, no son inhabituales los choques entre partidarios de unos y otros Ejecutivos, así como entre las milicias que defienden otros intereses –entre ellas el Estado Islámico– a lo largo de distintos puntos del territorio.

Hace unos días, el llamado Gobierno de Acuerdo Nacional denunciaba la formación en Trípoli de una coalición de grupos armados bautizada como Guardia Nacional. Existe la sospecha de que esta agrupación se pueda convertir en un cuerpo de seguridad paralelo que apoyaría a Jalifa Gwell, lo que debilitaría aún más la autoridad de Serraj. Dicho cuerpo, formado con grupos procedentes en su mayoría de Misrata, tiene la misión declarada de “combatir el Estado Islámico, garantizar la seguridad de las instituciones estatales, de los residentes extranjeros y de las misiones diplomáticas”, según cita Jeune Afrique.

Y ahora sí, rebobinando, se comprende que el primer ministro italiano, ­Paolo Gentiloni, rebajara las expectativas sobre el memorando alcanzado con su vecino libio –­Mediterráneo mediante–, que calificó de un “primer paso”. Gentiloni comparó este acuerdo a la baja con el alcanzado entre la UE y Turquía, por no tener el Gobierno de Serraj “el mismo control del territorio” que el de Erdogan.

Las medidas con las que la UE pretende impedir que los migrantes zarpen al Mediterráneo van desde el fortalecimiento de los guardacostas libios hasta la creación de campos de acogida de inmigrantes en Libia, en coordinación con ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones, así como el fomento de los retornos voluntarios a sus países. La declaración de la UE deja ver que estas acciones tienen como objetivo frenar los miles de muertos al año en el mar –más de 4.500 en 2016– al “reducir significativamente los flujos migratorios en la ruta del Mediterráneo central y romper el modelo de negocio de los traficantes”.

Sin embargo, las medidas propuestas no parecen ser sino una profundización en la estrategia europea de externalizar sus fronteras con el fin –igual que en el acuerdo con Turquía, en la cooperación con la Policía marroquí o en las políticas fronterizas desarrollada en Serbia o Grecia– de sellar toda ruta que permita el acceso a inmigrantes y refugiados a suelo europeo. Para Médicos Sin Fronteras, bloquear a las personas en Libia para evitar su muerte por ahogamiento podría condenarlas a otra más lenta. Según esta y otras organizaciones como Oxfam o la propia ONU, los centros de detención de inmigrantes en Trípoli se caracterizan por un trato degradante con ejemplos como la falta de agua, ausencia de espacios para dormir, asaltos sexuales, tortura o falta de atención médica adecuada.

Algunos alcaldes de municipios libios situados en las rutas recorridas por los migrantes de sur a norte no se han mostrado especialmente contentos con el acuerdo con Italia. “Si los europeos quieren permitirles quedarse, que los tengan en sus propias tierras, que son más grandes, pero no en Libia, porque nosotros ya tenemos que solucionar nuestros problemas”, dijo Hamed Al-Khyali, alcalde de Sabha, a la agencia Reuters. Esta desafección por el papel que le asignan a Libia los mandatarios europeos podría ser un escollo en los planes de estos últimos, ya que la cooperación local se antoja imprescindible, sobre todo por el escaso control que puede ejercer hoy en día el Gobierno al que respalda Naciones Unidas. Aunque no es fácil saber, de entre todos los problemas potenciales que afronta Europa en su intento de acabar con la inmigración ilegal, tal vez sea este último uno de los que sí se podrían resolver con ­dinero.

 

Fotografía superior: Médicos Sin Fronteras