Libros: ‘Las almas del pueblo negro’, de W. E. B. Du Bois

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W. E. B. Du Bois
Las almas del pueblo negro 
Capitán Swing. Madrid 2020,
256 págs.


La incandescencia del mundo negro

«En este libro subyacen muchas cuestiones que, estudiadas con paciencia, pueden mostrar el extraño significado de ser negro aquí (…) el problema del siglo XX es el problema de la barrera de color». Así arranca Las almas del pueblo negro, que el sociólogo, historiador, panafricanista y editor estadounidense W. E. B. Du Bois (Great Barrington, Massachusetts, 1868-Accra, Ghana, 1963), primer negro que se licenció en Harvard, publicó en 1903. Hilvana dos fascinaciones: el mundo negro en África y Estados Unidos, y esclarece enigmas y culpas. Interpela además a Mundo Negro, que es más que una revista: una cosmovisión y un acta de justicia contra el olvido de una parte inmensa de los habitantes de la Tierra que, durante siglos, han sido despojados de su alma. Esa herida no ha prescrito, sino que aún destila sangre y preguntas en África y Estados Unidos. Pero también en Europa, donde pocos admiten que la inmigración plantea el gran dilema ético de nuestra era: la respuesta que demos nos permitirá vivir con dignidad o morir de ignominia. 

Son innumerables los hallazgos que atesora sobre la negritud, pero me limitaré a ofrecer un mapa de las rutas que explora. Escrito por alguien que sufrió el racismo –vio morir de difteria a su hijo porque ningún médico blanco quiso atenderlo–, no destila resentimiento, sino clarividencia. Desde la pregunta «¿qué se siente cuando se es un problema?», que este «hijo de la noche» se negó a responder, indaga en su «doble conciencia»: estadounidense y negro, porque «pocos hombres han adorado la libertad con una fe tan incondicional como el negro americano durante dos siglos». 

El periplo no es difícil de seguir: arrancados de África, vendidos como esclavos, explotados, humillados… De ahí surge, tras la emancipación, un pueblo estigmatizado que empieza de la nada porque todo le ha sido arrebatado. Escrito con una prosa de larga cadencia, densa pero transparente –prodigiosamente traducido por Héctor Arnau–, sus páginas más elocuentes se refieren a las instituciones creadas para proteger a los «libertos» tras la guerra civil, el abandono que sufrieron, y el endeudamiento como otra esclavitud. Fracaso trágico que llega hasta hoy: la creencia de que «un negro educado era un negro peligroso» –90 yuntas de bueyes arrastraron una escuela a una ciénaga: había sido profanada por un niño negro–, conmueve lo que cuenta sobre la educación, la peripecia de un hombre que busca empleo («¿Tienen aquí maestro?»), escuelas como la de Josie, única luz en medio de la desolación, y la amenaza del «linchamiento» al que cuestione la condición «subordinada» del negro. Y una visión que para la España de hoy resulta revolucionaria: «la verdadera universidad tendrá siempre un propósito: no aprender a ganarse el sustento, sino conocer el fin y el objetivo de la vida, que es el sustento principal». Vibra al hablar de la religión y su raigambre africana, o la música. Este libro es una mina de antracita. Responde con un no rotundo a la pregunta de si Estados Unidos habría llegado a ser lo que es sin el concurso del pueblo negro. 

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