Libros: ‘Medio sol amarillo’ de Chimamanda Ngozi Adichie

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Ch. Ngozi Adichie
Medio sol amarillo 
Literatura Random House.
Barcelona 2020 (7ª reimp.), 544 págs.


El mundo guardó silencio cuando morimos

Una de las perversiones de nuestro tiempo es que tritura libros como objetos de usar y tirar. Un comercio depredador que nos convierte en fogoneros y enterradores de la belleza y la conciencia. Este rincón pretende eludir la implacable ley de la novedad. Por eso celebro Medio sol amarillo, novela publicada en 2006 y traducida al español en 2007. La que tengo en mis manos es la séptima reimpresión. El libro perdurará. Su autora, la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (1977) se ha convertido en una de las grandes voces africanas, con un doble altavoz: su país natal y el de adopción (Estados Unidos), tanto por su incontrovertible talento como novelista como por su condición de pensadora (su Todos deberíamos ser feministas es un aldabonazo).

Ambientada en la olvidada Biafra –cuando el país de los igbos quiso separarse de Nigeria y la guerra y el hambre causaron millones de muertos–, seguimos la peripecia de dos personalidades contrapuestas, hermanas de clase alta, Olanna y Kainene, y un extraordinario hallazgo: Ugwu, el muchacho que va a servir a Odenigbo, compañero de Olanna y el intelectual que defenderá el derecho a la secesión. Ese medio sol amarillo de la bandera biafreña, que sufrió la hábil y despiadada política de la potencia colonial, el Reino Unido: «divide y vencerás».

Olanna intenta que Ugwu no sea movilizado. Pero el muchacho acaba siendo reclutado por el apanchavillado ejército de Biafra. Acaso era lo que él deseaba: combatir por la libertad de su país. En medio del delirio hallará un libro que le salvará: la autobiografía del esclavo Frederick Douglass, que lee compulsivamente. Clave del libro y de la literatura de Ngozi Adichie: «Aunque me costara la vida, estaba decidido a leer. Mantén a los negros lejos de los libros, mantenednos ignorantes, y siempre seremos sus esclavos». 

Construida con solvencia, la novela muestra el hambre con todos los recursos de la lengua. Y cuando refiere episodios eróticos, sin metáforas pudorosas, con sensualidad, sin insufrible lirismo. La autora no juzga a sus personajes. A pesar de ser igbo, no es maniquea y recrea los claroscuros de la experiencia humana y cómo se deshumaniza al otro para poder matar mejor. Yorubas y hausas son sistemáticamente calificados como «vándalos». 

Hacia el final del libro –que se devora sin perder el hilo– descubrimos que ni la autora ni Ugwu han leído Industrias y andanzas de Alfanhuí, porque entonces sabrían, como sabía Ferlosio, qué pasa con lagartos y gallos de veleta. Tras asar un lagarto y compartirlo con un niño, Ugwu se dio cuenta de que jamás sería «capaz de describir lo bastante bien el miedo mortal que empañaba los ojos de las madres en el campo de refugiados cuando los bombarderos aparecían en el cielo». Y, también, que «cuanto más escribía menos soñaba». Y, sin embargo, aquí tenemos el asombroso sueño: el libro que escribe Ugwu sería El mundo guardó silencio cuando morimos. El de Ngozi Adichie, un hito de su admirable carrera literaria, Medio sol amarillo, un tesoro que celebró Chinua Achebe y que debe formar parte de toda biblioteca africana que se precie.

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