Lo excepcional del caso Habré

El periodista especialista en Africa, Jose Naranjo en Dakar. @Sylvain cherkaoui/Cosmos      Por José Naranjo

En el dominante panorama informativo que sobre África muestra Occidente, pocas veces se cuelan noticias tan positivas como el reciente juicio que comenzó en 2015 en Dakar contra el exdictador chadiano Hissène Habré y que se cerró el pasado 30 de mayo con una condena a perpetuidad por crímenes contra la Humanidad, torturas y violación. Que un tirano –que dejó tras de sí un rastro no solo de arcas públicas vacías sino de unas 40.000 víctimas mortales y un país sumido en el miedo y la división– sea llevado ante un juez un cuarto de siglo después de su caída, gracias a la tenacidad de sus víctimas, envía un nítido mensaje de esperanza que se amplifica por el hecho de que han sido los propios africanos quienes, en aplicación del principio de justicia universal, han logrado este éxito, sin que para ello interviniera ningún órgano jurisdiccional externo al continente.

El hito está ahí y su autoría pertenece, en primer lugar, a chadianos como Souleyman Guengueng, Clement Abeifouta o Jacqueline Moudeina que nunca tiraron la toalla y que el 30 de mayo estaban radiantes y felices en la enorme sala del palacio Lat Dior de Dakar, en la que un anciano Hissène Habré se negó a defenderse y solo rompió su eterno mutismo para gritar contra el neocolonialismo y el imperialismo, un argumento fallido.

Sin embargo, sin dejar de valorar lo ocurrido, conviene que los árboles de la euforia no nos impidan ver el bosque y pensar que ha llegado el fin de la impunidad o la hora de rendir cuentas para todos los dictadores africanos, por no hablar de aquellos líderes mundiales autores de crímenes de guerra y otras barbaridades como Guantánamo que siguen escapando a la acción de la Justicia. Algunos de ellos a salvo en montes no muy lejanos.

Para juzgar a un tirano tienen que confluir una serie de circunstancias y una de ellas es la voluntad política del Estado donde se celebre el proceso. Senegal mareó la perdiz y protegió a Habré durante más de dos décadas, y solo tras la llegada al poder de Macky Sall el proceso judicial ordenado por la Unión Africana se pudo poner en marcha. En este continente aún persiste toda una vieja guardia de autócratas como Teodoro Obiang, Robert Mugabe, Paul Biya, Yoweri Museveni o Eduardo Dos Santos a quienes será difícil ver sentados ante un tribunal, al igual que otros más jóvenes que siguen su tiránica estela como Yahya Jammeh, Isaias Afewerqi o incluso Idriss Déby, el sucesor de Habré, que está lejos de ser un angelito.

El fin del juicio de Dakar ha coincidido en el tiempo con el inicio del proceso contra Simone Gbagbo, ex primera dama marfileña, cuyo marido fue desalojado del poder tras una rebelión que contó con el apoyo de Francia y la comunidad internacional. Que hoy se esté procesando a esta mujer por crímenes contra la humanidad en Costa de Marfil, mientras los ejecutores del golpe de Estado y autores de tanta o más violencia, con Alassane Ouattara y Guillaume Soro a la cabeza, salen de rositas, no es sino una muestra de que el caso Habré es la excepción y que la justicia de los vencedores, la más injusta de todas, sigue siendo la tónica general.