«Lo que mis ojos han visto»

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Tribuna MN por P. Juan José Tenías desde Lomé, Togo

«¿Cómo nace el Niño Jesús en Lomé, que es donde ahora te encuentras?». La intención de la pregunta, vía correo electrónico, era evidente: invitarme a escribir unas letras para las páginas de Mundo Negro. Ante lo que me dije, pero sin responder: «Pues ¿cómo va a ser?, como ahí, en España», aunque bien había entendido que lo que se me preguntaba no era «cómo nace», sino «cómo celebramos» por aquí la Navidad. Sin mucho pensarlo, y esta vez dando respuesta, envié el «sí» cuyas consecuencias puedes juzgar, lector amigo.


En la ciudad de Lomé, las fiestas navideñas se dejan ver al menos con un mes de antelación, con la ornamentación de los lugares más frecuentados, al igual que en comercios y centros sociales de todo tipo, como por ahí. Claro, teniendo en cuenta la situación económica y social del país y la disparidad de las zonas de la ciudad. También es fácil ver figuras de Santa Claus o Papá Noel colgando de la fachada de algunas viviendas, escalando ventanas o balcones…, en una especie de simbiosis de Navidad y final de año. En conclusión, toda esta parafernalia de ornamentación exterior y reclamo comercial navideño no difiere mucho, mutatis mutandis, de cualquier ciudad española. Pero con una nota que por ahí parece ser cuestionada en ciertos ambientes: la manifestación exterior de la Navidad propiamente dicha, como puede ser el montaje de un belén o nacimiento de Jesús en algún punto estratégico de la ciudad.

Lo que sí está bien marcado y vivido son las celebraciones litúrgicas de las comunidades cristianas en todas las parroquias y centros religiosos de Lomé. El pueblo togolés es muy religioso y no tiene complejo alguno en expresar públicamente su fe, en nuestro caso cristiana y católica, aspecto sin duda heredado de sus antepasados, fervientes seguidores de las religiones tradicionales, sobre todo del vudú.

En mi primera etapa togolesa – de la que hace ya la friolera de más de 40 años– recuerdo que no había celebración importante de la vida de un convento del vudú que no tuviera su manifestación exterior, con cantos y danzas, en relación al hecho celebrado en privado con los iniciados. Y tan claro y ferviente se expresaba que –según me comentaba en cierta ocasión monseñor Dosseh-Anyron, primer arzobispo negro de Lomé–, el mero hecho de participar como espectador en tales manifestaciones era objeto de pecado grave, según le había enseñado su padre catequista.

Los ritos de las celebraciones se parecen a aquellos por todos, vosotros y nosotros, conocidos: los del rito romano. Pero el fervor y el tono de las mismas difiere un mundo, diría el profano. Canto y danza, tambor y trompeta…, acompañando el discurrir de la celebración, marcando sus distintos momentos, sin prisas ni medida del tiempo, celebrando la alegría ante ese Niño cuyo nacimiento se festeja.

Eso sí, el canto del villancico no es conocido; algo evidente, ya que los primeros misioneros llegados a estas tierras, y que marcaron muchas de las actuales tradiciones religiosas, procedían de países que no lo conocían. Y no hay parroquia, por modesta que sea, centro religioso, familia e incluso centro social, que no haya montado su misterio, haciendo visible el nacimiento del Niño de Belén.

Lo que me resultó novedoso aquí en Lomé fue la celebración del Christmas Carol (cántico de Navidad), una suerte de vigilia navideña, diría yo, celebrada con los niños un par de fechas antes del día 25. Una verdadera fiesta infantil, con todos los ingredientes propios del momento: recuerdo del porqué del encuentro, breve participación orante, momento artístico infantil y un sinfín de cantos y danzas, más bien improvisados, concursos, regalos y… el plato de arroz con su complemento y bebida correspondiente. Una verdadera vigilia que se convierte en pregón navideño para todo el vecindario.

Estos son algunos detalles de la celebración de la Navidad en la ciudad de Lomé, donde la Iglesia católica cuenta oficialmente con 129 años de presencia. Algo sin duda muy diferente en los signos, que no en el fervor, de lo que se vive y celebra en comunidades típicamente misioneras, es decir nacientes o de primera evangelización. Es el caso, por ejemplo, de lo que viví en Toko-Toko, en el norte de Benín.

El primer detalle a resaltar de esa otra Navidad, y que marca fuertemente su celebración, es que la parroquia-misión se creó un 24 de diciembre. Así que la celebración del nacimiento de Jesús y el de la parroquia se funden y enriquecen mutuamente, con momentos de gran significado comunitario al participar juntas todas las comunidades que componen la parroquia. Un programa de celebraciones difícil de realizar en una ciudad, que resumiría con el dicho popular «No hay misa sin mesa», y que completaría contextualizando: «Ni fiesta sin danza ni tam-tam». Que traducido en prosa quiere decir: llegada por todos los medios disponibles –la ­mayoría a pie– de las cinco comunidades de los pueblos vecinos al centro de la misión; celebración litúrgica de la misa de Navidad en la iglesia central –que de demasiado grande, en un par de años se nos quedó pequeña–; comida comunitaria para todos, acomodados por grupos en el terreno de la misión –con su plato de arroz, la salsa correspondiente, su pedazo de pescado o carne y su buen trago de chukutú, la bebida tradicional–; los encuentros informales, acompañados a veces del tam-tam y la danza…; y al caer de la tarde, la vuelta a casa.

Evidentemente, la celebración del día grande ha supuesto su tiempo de preparación, que en sus dos últimas jornadas ha significado limpieza general y ornamentación de la iglesia y su entorno; preparación de la liturgia –procesión de entrada y de las ofrendas, cantos de la coral, danzas, lecturas…–; organización y preparación de la comida y bebida –con una noche final de un pequeño grupo en torno a las ollas humeantes y al hervor del sabroso chukutú, hijo del mijo–; y un etcétera de imprevistos.

En Toko-Toko no hubo posibilidad de belén el primer año, pero sí la adoración o saludo personal a una imagen del Niño al final de la misa, todo un acontecimiento por su novedad.
Hasta aquí, lo que mis ojos han visto. La riqueza espiritual y humana de lo que ellos no han podido ver, aunque sí imaginar, sin duda supera con creces lo aquí descrito.

En la imagen superior: El autor del texto durante una celebración navideña en la parroquia-misión de Toko-Toko. Fotografía: Archivo personal del autor.

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