Los locos alegres de Dios

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TRIBUNA MN


José Lorenzo, periodista


Es difícil explicar en tiempos pandémicos, donde la mascarilla del miedo aísla del otro, que hay una legión de mujeres y hombres y viceversa –siempre quise usar para algo decente el título de este programa deleznable– capaces de morir de alegría. La misma que inundó a los discípulos, «el milagro que cambió las cosas», como lo califica el Papa en su mensaje a las Obras Misionales Pontificias (OMP). Esa «locura de amor» –si vale en los años del revisionismo este título de una película clásica– que ven quienes se cruzan en el camino de los Pere Casaldáliga, los Franco Cellana o los Giusseppe Argese, por ejemplo. Es lo que impulsa desde hace siglos a miles de hombres y mujeres y viceversa a dejarlo todo para marchar «con gran alegría», como dice el Evangelio, donde se les necesita. Por eso es difícil explicar que la culpa de todo la tiene la alegría de un encuentro. Un chispazo personal, pero transferible por la fuerza del testimonio. Por eso, es mejor hablar de hechos. De los -hechos.

Lo primero que me llamó la atención de Franco Cellana (en la fotografía superior) fue la alegría de sus ojos. Ellos vinieron a mi mente cuando supe que había muerto en 2015. Le conocí en la misión de los Misioneros de la Consolata en Nairobi (Kenia). De color agua marina, en sus ojos rebullían la determinación y el coraje con la misericordia y el amor. En los días que convivimos vi desfilar ante los míos distintas muestras de este catálogo, sin el cual estos hombres y mujeres y viceversa estarían desnudos ante ellos mismos y su misión.

Aquella alegría era contagiosa. Solo había que ver el bullicio con el que los niños le recibían durante sus visitas a los slums de la capital keniana. Siempre la alegría. Visitar con él aquellos barrios chabolistas suponía un doble asombro: el de las míseras condiciones de vida en la que vivía la mitad de la población de Nairobi y el de la persistente alegría que irradiaba en todo momento, ya fuese mientras sostenía la mano de una madre moribunda comida por el sida; cuando repartía al anochecer comida a los niños de la calle; o cuando felicitaba a las costureras que sostenían con su trabajo en una cooperativa a una parte del poblado.

En aquellas cuitas cotidianas estaba siempre la alegría, que no era insensibilidad ni insensatez, sino «la plenitud de la presencia del Señor», como la describe Bergoglio, una plenitud que da alas al que teme volar, que te puede llevar a hacer locuras para los parámetros del pensamiento pastoralmente correcto y ser visto como contradictorio u hostil. En aquellos páramos espirituales y humanos de los slums, Franco y otras decenas de hombres y mujeres y viceversa como él, luchaban por plantar y regar la dignidad de ser hijos de Dios, aunque a veces tuviesen que salirse de las roderas oficiales de la Iglesia. Lo hacía con moderación, pero con la apertura suficiente para abrir caminos nuevos cuando la realidad lo requería. Y se lo vi hacer allí a una religiosa europea cuyo nombre omitiré, aunque su testimonio sea imborrable. A ella le parecía normal promover el uso de preservativos entre una población joven, donde el sida causaba estragos y el hombre se desentendía de los hijos que iba dejando de chabola en chabola. Y que una monja repartiese condones no podía pasar desapercibido. Pero lo tenía claro: «Si en el Vaticano tienen problemas, que vengan aquí, dejen aquellos palacios y me digan qué harían. Mientras, seguiré repartiéndolos». 

No consta tal visita, pero sí que desde entonces han cambiado actitudes. Solo hay que releer el mensaje de Francisco: «Cuando en la Misión de la Iglesia no se acoge ni reconoce la obra real y eficaz del Espíritu Santo, quiere decir que, hasta las palabras de la Misión –incluso las más exactas y las más reflexionadas– se han convertido en una especie de ‘discursos de sabiduría humana’, usados para autoglorificarse o para quitar y ocultar los propios desiertos interiores». 


Argese, el silencioso

Pero aunque a veces no se les brinde luz, también germinan los testigos que, abusando de Francisco, «certifican lo que otro ha hecho». Aunque el testigo no emita ni una palabra. Como Mukiri, el silencioso. Así llamaban en Meru, en la selva de Kenia, a Giusseppe Argese, un hermano de la Consolata que dejó un gran legado hidráulico, pero sobre todo apostólico, allí, donde dos años después de su muerte aún se le llora. Argese podría haber sido un genio renacentista. Tenía la rareza de esos tipos que desentrañan el misterio de lo que nos rodea y lo transforman abriendo caminos para el arte, la ciencia o sí, también la fe. En su camino, el misionero italiano se topó con Jesús, quien le arrastró a él y a su timidez patológica, que si bien no le dejó predicar, no le impidió dar trigo. Y así, hablando a través de su varita de zahorí, entonó para las gentes de aquella deprimida comarca su particular cántico a las criaturas, poniendo en marcha una obra de ingeniería hidráulica que salvó de la sequía a miles de familias.

No queda espacio para describir el sistema que ideó para canalizar el agua de la niebla y que es objeto de tesis doctorales que a él, que no pisó la universidad, le dejaban indiferente. Pero en su labor apostólica late lo que Francisco describe como «matices y movimientos particulares que hacen del anuncio del Evangelio y de la confesión de la fe cristiana algo distinto a cualquier proselitismo político o cultural, psicológico o religioso». Y es que no había un «razonamiento o cálculo» en Argese, solo una «gratitud y gratuidad» fruto de una atracción, de una locura de amor que a él, pero antes y después a otros miles, le resultó insoslayable y marcó y cambió su vida y la de los demás. 

Ni en los slums ni en la selva tropical de Kenia son creyentes todos aquellos que han cruzado sus destinos con estos hombres y mujeres y viceversa. Y estos lo saben, y aunque no buscan ese proselitismo que critica Jorge Mario Bergoglio, aquellos sí perciben que lo que ven de los misioneros y misioneras, y viceversa, obedece a una razón más alta, aunque no crean en ella. Es esa «especie de olfato» que les «ayuda a no equivocarse cuando creen lo que es de Dios, aunque no conozcan los razonamientos ni las formulaciones teológicas». Les vale con los testimonios de los miles de Francos y Giuseppes, pero también Marys y Amelias con los que se toparon gracias a una alegría difícil de explicar.   



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