Malí y la desesperanza

Elecciones en Malí
Por: José Naranjo - 07/09/2018
IBK sigue como presidente tras unas elecciones con numerosos incidentes y escasa participación

Al final no hubo sorpresa en Malí. El presidente saliente Ibrahim Boubacar Keita (IBK) gobernará este país africano otros cinco años después de unas turbulentas elecciones presidenciales marcadas por irregularidades con aroma a fraude, el elevado número de incidentes violentos en el centro y norte del país –en uno de los cuales fue asesinado el presidente de un colegio electoral en Niafunké–, la baja participación y la incapacidad de la oposición para movilizar a un electorado que ha perdido la fe en su clase política. Todos esperan de IBK un impulso al proceso de paz, pero a tenor del balance de su primer mandato la esperanza torna en bien escaso en un país sumido en una profunda crisis.

Como contagiadas por las tormentas que en esta época sacuden a Bamako cada dos o tres días, las presidenciales malienses nacieron preñadas de nubarrones. Nueve días antes de la cita con las urnas, el máximo aspirante a desalojar a IBK del poder, el líder de la oposición Soumaïla Cissé (conocido como Soumi) denunciaba la existencia de un censo electoral inflado en más de un millón de votantes, algo que el Gobierno asumió como un «error informático» y mostró su disposición a corregir. Fue la primera de una escalada de revelaciones sobre el presunto pucherazo en ciernes.

La estrategia de la oposición estuvo clara: extender la sombra de la duda sobre los comicios alegando la preparación primero y luego la ejecución de un «inmenso fraude». Lo cierto es que el Ministerio de Administración Territorial y la Comisión Electoral se lo pusieron fácil: se hicieron tantas cosas mal –desde el desastroso reparto de los carnés biométricos para poder votar hasta los cambios a última hora en el voto por delegación, pasando por la insuficiente seguridad en las zonas rojas del país— que las elecciones bien pudieron anularse. Pero no ocurrió. Los comicios se celebraron y tuvieron, al menos, apariencia de legalidad, según dictaminaron las misiones de observación nacionales e internacionales y el Tribunal Constitucional.

El 29 de julio, fecha de la primera vuelta, los malienses acudieron a votar. Lo hicieron como pudieron e incluso algunos con ilusión. Pero la maquinaria de propaganda de IBK, que incluye el control a su antojo de los medios del Estado, apuntalada por el sostén de grandes fortunas del país y allende los mares, que lo ven como un presidente con el que se puede medrar en sectores como la construcción, la minería aurífera (Malí es el cuarto exportador de oro del continente) y el negocio de la seguridad, convirtieron el sueño del cambio en una frustrante melancolía.

De los resultados de la primera vuelta, en los que IBK dominó lo justo para pasar a un segundo round frente a Soumi en un calco de las elecciones de 2013, se pueden sacar apenas unas conclusiones relevantes. La primera de ellas es que Cissé, que no llegó al 18 por ciento de los votos, no está para presidir Malí. Sin punch, sin carisma e incapaz de ofrecer confianza a quienes realmente deciden, incluso con un IBK rodeado del pestilente aroma de la corrupción e inepto para resolver ninguno de los verdaderos problemas de los malienses, poniéndole el balón a Soumi en el punto de penalti, este prefirió esconderse detrás de quienes realmente han hecho oposición, su jefe de campaña, el hábil Tiebilé Dramé, y el activista-oportunista en caída libre de popularidad Ras Bath. Así lleva mordiendo el polvo tres elecciones seguidas. No es de extrañar.

 

El activista maliense Ras Bat, el pasado 18 de agosto, en la concentración que tuvo lugar en la Plaza de la Libertad de Bamako. Fotografía: Getty

 

El 1 de agosto por la mañana, la Casa de la Prensa de Bamako era un hervidero de notables locales, líderes religiosos, candidatos, jefes de campaña, periodistas y curiosos. La expectación era máxima. Dieciséis candidatos, entre ellos el propio Cissé, habían convocado a los medios para anunciar la creación de un Frente Democrático ante el «bochornoso nivel de fraude» puesto en marcha por el Gobierno. Ni siquiera allí el aspirante a presidente dio la cara. Quizás porque sabía que la cacareada unidad de acción no era más que un intento a la desesperada de revertir las cosas y que nacía ya lastrada, ni siquiera dio sus primeros pasos.

Y es que las dos únicas personas que podían cambiar las tornas y situar a Cissé en el Palacio de Koulouba –los candidatos que quedaron en tercer y cuarto puesto, el rico empresario Aliou Diallo y el ex primer ministro de la Transición, Cheikh Modibo Diarra, con una alta estima en la capital– ­decidieron darle la espada y dejar libertad de voto a sus electores. La historia de la segunda vuelta, el 12 de agosto, estaba escrita. La participación se desplomó al 34,5 por ciento (es muy posible que fuera menor y haya sido maquillada) e IBK arrasó con un 67 por ciento de los votos frente al 33 por ciento de su rival.

Como era de esperar, Tiebilé Dramé y Ras Bath volvieron a bramar, denunciando el llenado de urnas en el norte del país y sacando la calculadora para denunciar porcentajes imposibles y piruetas participativas. El propio Cissé, al fin, dio un paso al frente y convocó una gran manifestación para el sábado 18 en la que los malienses estaban invitados a salir a la calle para «defender la democracia» e impedir la supuesta usurpación del poder por parte de IBK. Era el gran día, la prueba de fuego para probar la capacidad galvanizadora de la oposición. Resultado: unas pocas miles de personas se concentraron en la Plaza de la Libertad, más resignados que enfadados, en medio de un impresionante despliegue de seguridad. El escenario a la gabonesa, el caos vaticinado por Cissé, la explosión de ira, todo se convirtió de la noche a la mañana en una pompa de jabón.

El 20 de agosto el Constitucional validó la victoria de IBK, por lo que el último episodio de esta historia se escribirá el 4 de septiembre con su toma de posesión como nuevo presidente de Malí. Los ecos de la protesta se irán apagando y tocará ponerse a trabajar con la prioridad de sentar a los diferentes pueblos de este país a la misma mesa y resolver un incendio trufado de rencillas étnicas y yihadismo que no solo se extiende más allá de sus fronteras sino que está resquebrajando las costuras comunitarias del propio Malí. Pese a la presencia de 30.000 soldados de la ONU, franceses y malienses, el fuego no deja de crecer. O quizás precisamente por ello. Qué enorme fracaso.