Malí: la violencia que no cesa

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El 24 de enero de 2012, y sin encontrar gran resistencia, los rebeldes tuaregs del MNLA y los yihadistas de Ansar Dine se hacían con el control del cuartel de Aguelhock, un pequeño pueblo en el norte de Malí.

No es que los soldados huyeran, es que no tenían munición. Al día siguiente, el Ejército maliense recuperaba la posición gracias a la llegada de refuerzos desde Kidal y a su superioridad aérea. Sin embargo, el panorama que encontraron fue escalofriante: decenas de militares habían sido ejecutados, unos de un tiro en la cabeza, otros degollados a sangre fría. Unos dicen que aparecieron 50 cadáveres, otros hablan de 70, e incluso un centenar.

Lo cierto es que este episodio, conocido como la masacre de Aguelhock, está marcado a fuego en el subconsciente colectivo de Malí. Aquel fue el día en el que muchos se dieron de bruces con la dimensión más violenta de un conflicto que llevaba tiempo incubándose y que en ese preciso momento comenzaba a emerger. Apenas dos meses después, un grupo de militares, cansado de ver partir a los suyos al norte sin los medios adecuados para luchar en una guerra que ni entendían ni les interesaba, iniciaba una insurrección en Bamako que degeneró en golpe de Estado, lo que aprovecharon los rebeldes tuaregs y los radicales para, cogiditos de la mano, ocupar todo el norte del país y cortar la cinta oficial, ahora sí, de la gravísima crisis que vive hoy el Sahel.

Desde aquellos días de 2012 hasta estos de 2019, el despliegue militar ha sido enorme. El Ejército francés, primero a través de la operación Serval y ahora Barkhane, ha llegado a tener hasta 5.000 soldados sobre el terreno; la misión de paz de Naciones Unidas, la más peligrosa de toda su historia –van por 204 bajas–, cuenta con 15.000 efectivos de una veintena de países; los Ejércitos de Malí, Burkina Faso, Níger, Chad y Mauritania han decidido mancomunar esfuerzos y poner en marcha el G5 del Sahel; y la Unión Europea tiene destinado un contingente en Koulikoro para la formación de los militares malienses.

Ninguno de estos esfuerzos ha traído la paz. De hecho, en el plazo de un mes, las Fuerzas Armadas de Malí (FAMA) han sufrido dos de los peores ataques terroristas desde la masacre de Aguelhock, a comienzos de la guerra. El primero protagonizado por Ansarul Islam en Boulkessy y Mondoro (38 muertos, 27 ­desaparecidos) y el segundo en Indelimane (49 fallecidos), cuya autoría ha sido reivindicada por el Estado Islámico del Gran Sahara de Al Saharaui. ¿Significa eso que nada ha cambiado, que toda esta fuerza militar y la formación europea no han generado ningún impacto? Desde luego que no. En estos años ha habido grandes cambios: hoy estamos peor.

La violencia que se extiende por Malí y los países vecinos se ha convertido en un incendio incontrolable del que muchos sacan beneficio, y hace tiempo ya que no es una cuestión de radicales extremistas, si algún día lo fue. No entender las raíces profundas de tanta violencia y pretender apagar el fuego con más fuego solo revela una enorme ceguera.

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