Mark Twain también fue currinche

Hace 25 años que me adentré por primera vez por los pasillos grises y poco luminosos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. Después de algunos devaneos infantiles –o mejor dicho, de algunos sueños de infancia– con la Medicina, me decanté por la sencilla complejidad del periodista, del reportero. Con mucha humildad he intentado –e intento– hacer aquello que le pidieron a Mark Twain cuando comenzó a escribir en un periódico: “Sal a la calle, mira lo que ocurre, vuelve a la redacción y cuéntalo”.

En este tiempo, el Periodismo no me ha propuesto la rutina de las grandes citas. Tampoco me ha colocado ante el fulgor de los ricos y famosos. Pocas veces he compartido los minutos destinados a las conexiones en prime time. Y a pesar de eso, la profesión me hace feliz porque me he topado con los grandes momentos del hombre que son la risa, el llanto, la confidencia, el lamento o la esperanza. He tropezado con sabios que no son famosos, pero que son sabios. Y he comido en la mesa de los que comparten el poco pan que tienen. Y eso me ha hecho feliz.

Muchos de esos sabios sin carné son misioneros, a los que he conocido mar adentro. Los últimos, en Burundi y Ruanda. Por gente como ellos me hice periodista, por escuchar sus historias y, por supuesto, por escribirlas sobre una pantalla en blanco.

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