Misioneras en el corazón de la tormenta

21/11/2018
Religiosas de San José de Gerona en Rubare (RDC)

Texto y fotografías: Josean Villalabeitia

Diez años casi exactos han pasado desde que la hermana María Presentación López abandonara la misión que las religiosas de San José de Gerona promueven en Rubare, al este de la inmensa República Democrática de Congo. No se marchó por propia voluntad: la expulsó la guerra, hiriéndola de extrema gravedad. Pero ha vuelto.

Octubre de 2008. Los alrededores de la misión de las Hermanas de San José de Gerona en Rubare (RDC) eran teatro de operaciones del conflicto que enfrentaba a los rebeldes del general Laurent ­Nkunda contra el Ejército congoleño. Rubare se hallaba en medio, de modo que lo que todo el mundo se temía terminó sucediendo: una bomba alcanzó de lleno la comunidad de las misioneras y la hermana Presentación –Presen–, que se hallaba en su interior, perdió ambas piernas. Era el día 28.

Presen se emociona cuando recuerda los momentos posteriores al ataque. El móvil le sirvió –mientras le aguantaron las fuerzas– para informar de lo sucedido. Las muestras de solidaridad se sucedieron de inmediato. Algunas impactantes, como la de un amigo nativo, Sansón, que, despreciando su seguridad, hizo lo imposible por rescatarla: «Me preguntaba por teléfono si estaba en condiciones de montar… ¡en una moto, detrás de él! Lo intentó en dos ocasiones, pero los controles militares le impidieron pasar. Le tomaban por loco… También lo intentó nuestro párroco, el P. George, misionero palotino polaco, pero tampoco a él se lo permitieron».

Lo que son las cosas, la hermana Presentación López guarda un recuerdo imborrable del perro de casa que, en cuanto amainó el bombardeo, vino adonde se encontraba malherida y se quedó con ella. «Me miraba con fijeza, de manera lastimosa. Le hice signos para que se acercara y se acostó pegadito a mí, como para darme vida. Al mismo tiempo, vigilaba con mucha atención el agujero, la única entrada practicable que quedaba. En un momento dado, al ver acercarse a dos militares, comenzó a ladrar. Yo les dije que entraran, que estando yo, el perro no les haría nada. Al verme me dijeron «pole», es decir, «lo sentimos», y me preguntaron a quién avisaban. Les respondí que buscaran a las demás hermanas, que estarían por el jardín. Cuando las encontraron y salieron, me llevaron hasta el centro de salud. Allí nos estaba esperando la hermana Urbana Sancho, con todo a punto para trasladarme».

La religiosa, que había perdido mucha sangre, se hallaba cerca del coma, por lo que apenas recuerda lo que sucedió después. Urbana la llevó al hospital de Rutshuru, a unos ocho kilómetros de la misión, en donde le realizaron una cirugía de urgencia. En el hospital se hallaba un médico español de paso que, atrapado por los combates, operaba a los heridos que llegaban. Cuando reconoció a Presen advirtió a Urbana de que la veía muy mal, que si no la trasladaban con rapidez no habría nada que hacer, porque allí no tenían los medios indispensables para salvarla.
Ante tales expectativas, la hermana Urbana se presentó en el cuartel general de Naciones Unidas ­(MONUC) en la región, que se hallaba en Goma, a unos 70 kilómetros de Rutshuru. Aunque MONUC no evacuaba heridos civiles, la insistencia de la religiosa junto a la intervención de la embajada de España en RDC y la implicación directa de algún alto cargo del Gobierno español consiguieron el milagro: Presen fue trasladada en avión a Sudáfrica donde, tras superar unos críticos primeros momentos, se recuperó con relativa rapidez.

 

Las hermanas Chantal y Presen con un grupo de niños. Fotografía: Josean Villalabeitia.

 

El regreso a casa

La ortopedia consigue en nuestros días auténticos milagros y Presen no fue la excepción. Aunque no tenía piernas, en poco tiempo, con la ayuda de dos prótesis, una muleta y poco más, consiguió llevar una vida razonablemente normal. Pero tras su «accidente» –ella habla así de aquello– la misión quedó reducida a una colección de gratos recuerdos, por más que la religiosa siempre colaborase con personas y asociaciones que apoyan proyectos en RDC. «En mi oración jamás olvidé a la gente de Rubare; siempre los tuve muy presentes. Pero volver a la misión, regresar allí, me parecía que no sería posible», confiesa Presen con sinceridad; aunque «he sentido al Señor siempre muy cerca, protegiéndome contra la amargura».

Esta religiosa de San José de Gerona se equivocaba, porque la insistencia de algún amigo, junto con la generosidad de sus superioras, consiguieron que una década después del «accidente», a mediados del pasado julio, regresara a Rubare. «Para mí es una gracia del cielo», repetía emocionada durante sus primeros días. Allí se reencontraría con Urbana, su ángel protector, que continuaba al pie del cañón. Pudo también conocer la nueva casa de la comunidad, pues la vetusta residencia de colonos belgas que había acogido al principio a las misioneras quedó muy dañada tras la explosión; hubo que construir una nueva. La mayoría de las religiosas de la comunidad eran ahora nativas, congoleñas y ruandesas, continuadoras de la obra que sus hermanas españolas iniciaran en 1992.

El regreso de la hermana Presen causó revuelo en la región. El primer día que acudió al centro de salud de Rubare, su antiguo puesto de misión, el entusiasmo desbordó las previsiones más optimistas. Trabajadores y pacientes recibieron a la religiosa con danzas y gritos de júbilo, y no dudaron en cubrir con sus vestidos el suelo por el que esta había de pasar –era el tratamiento que solía ofrecerse a Mobutu Sese Seko cuando el país todavía se denominaba Zaire–. Si Presen acudía a la parroquia, o a algunas capillas de los alrededores, tenía que subir al presbiterio para saludar a los fieles. Y la caravana de gente que deseaba saludarla, al final de las celebraciones litúrgicas o en la misma comunidad, parecía no tener fin.

En una de aquellas celebraciones eucarísticas, el párroco de Rutshuru recordó que durante la guerra, poco antes del «accidente», todo el mundo –incluido él mismo, entonces un sacerdote recién ordenado– había escapado para refugiarse. Pero las hermanas, que eran extranjeras, despreciaron el peligro y se quedaron. «Cómo nos íbamos a ir si en aquel momento, por desgracia, al centro de salud acudían más enfermos que nunca… A pesar de los riesgos, no lo dudamos en ningún momento», comenta Presen al hilo de las palabras del párroco.

 

Un puesto de venta de tarjetas de telefonía. Una de las novedades que han llamado la atención de la religiosa española a su vuelta a Rubare ha sido el uso masivo del móvil en la zona. Fotografía: Josean Villalabeitia.

 

Apariencia de cambio

Un decenio es mucho tiempo, pero seguro que a su regreso a Rubare la hermana Presen se encontró con un panorama conocido. Porque la belleza natural que envuelve la región, con sus densos e impenetrables bosques, habitados por gorilas de montaña y otros animales exóticos, apenas ha variado. Allí permanece también el volcán Nyiragongo, con sus 3.500 metros de altitud; majestuoso, sí, pero muy peligroso, pues su última erupción, en 2002, arrasó Goma. Allí siguen los cafetales, los cañaverales azucareros, los huertos…

La religiosa española tuvo que circular por la misma carretera, llena de baches y controles militares, que antaño recorriera, al borde de la muerte, en sentido contrario. «Antes se veían más bicicletas y no había tantos móviles; ahora hay muchas motos, y las casas parecen más consistentes –nos dice–; junto a la carretera se ha construido sobre antiguas tierras de cultivo, mientras que, en el interior, poblados enteros están desapareciendo». Son efectos de la inseguridad generalizada, perceptibles para la religiosa.

Para tratar –sin éxito– de contrarrestarla, de seis de la tarde a seis de la mañana está prohibido utilizar la carretera general, aunque fuera de ella los bandidos campan por sus fueros. Proliferan las milicias, armadas hasta los dientes, de todo tipo y condición (ver MN 640, págs. 34-39); en diciembre de 2017 se contabilizaron hasta 132 por aquellos parajes. Y abundan asimismo los ladrones sin otra etiqueta, que aprovechan la coyuntura para actuar, a menudo disfrazados de militares. En la carretera, un puñado de soldados gubernamentales controla barreras formadas casi siempre por una caña entre dos piedras. Alojados en minúsculas chozas individuales levantadas no lejos de las barreras, vestidos de cualquier manera, a menudo en condiciones lamentables, a causa del alcohol o las drogas, pero siempre con su inseparable Kaláshnikov entre las manos. Un puesto ideal para extorsionar a cuantos tienen que cruzar la barrera. Porque puede que la última guerra oficial haya terminado, pero la violencia es aún muy ostensible en toda la región.

 

Construcción de una sencilla vivienda en el campo de desplazados de Kiwanja. Fotografía: Josean Villalabeitia.

 

Inestabilidad en la región

En estas condiciones, el asesinato alevoso resulta moneda corriente, y la gente habla de la muerte sin apenas inmutarse. La última moda siniestra es el secuestro exprés, que a menudo concluye con la ejecución del rehén. Son desmanes que ­pueden afectar a cualquiera, pero que, con frecuencia, se ceban en sacerdotes y religiosos –o en sus familiares–, ya que aseguran, como ninguna otra víctima, el pago del rescate. En los últimos meses los medios han divulgado decenas de casos, aunque la mayor parte transcurre sin publicidad. La hermana Presen tuvo oportunidad de hablar con alguna de las víctimas.

Tal vez por ello, uno de sus primeros gestos fue trasladarse al campo de desplazados de Kiwanja, a unos 10 kilómetros de la misión, para solidarizarse con los refugiados y repartir un poco de ayuda humanitaria. Hablamos de un campo que depende de la parroquia católica de ­Rutshuru, por lo que las Hermanas echan una mano siempre que pueden. Según cuenta uno de sus responsables, en Kiwanja hay 2.150 familias de Lubero y Kibirizi, escenario de violentos enfrentamientos entre facciones rivales y venganzas de corte tribal, con la consecuencia inevitable de un interminable reguero de muerte y crueldad.

La mayor parte de los desplazados están acogidos en las casas de la gente, excepto 127 familias que permanecen bajo tiendas de campaña improvisadas, fabricadas con toldos, plásticos y otros materiales. Nada tiene, pues, de extraño, que pidan con insistencia a Presen lonas impermeables o plásticos para enfrentarse en mejores condiciones a las inminentes lluvias. «Están peor que los presos», comenta por lo bajo Urbana, que suele acompañar a algunos miembros de Cáritas cuando llevan víveres y otras ayudas a la cárcel cercana.

 

Dos operarios trabajan en la panadería del Centro de Desarrollo de Rubare. Fotografía: Josean Villalabeitia

 

Una misión que evoluciona

Si por los alrededores de Rubare las cosas apenas parecen haber cambiado, la misión de Rubare que Presen conoció en 2008 se asemeja poco a la que ahora ha encontrado. El centro de salud, germen de todo, continúa muy activo y se ha convertido en hospital de referencia de la comarca. Cuenta con laboratorio clínico, banco de sangre, farmacia y una amplia sección de maternidad; en él se realizan cirugías sencillas, sobre todo cesáreas. Lo dirige la hermana Françoise, congoleña, a la que apoyan las hermanas Urbana y Elena Maeso, esta última experimentada enfermera de quirófano que tras 54 años de trabajo en España no estaba dispuesta a interpretar su jubilación como ocasión para no hacer nada y ha decidido continuar su dedicación profesional en Rubare. Además, las religiosas continúan colaborando en la promoción femenina y en muchas actividades de la parroquia. Hasta aquí las tareas conocidas, pero los campos de apostolado de la comunidad de San José de Gerona no han dejado de ampliarse.

«Siempre quise hacer algo por los niños más pequeños. Cuando los veía entre el barro, dejados de la mano de sus madres, malcomiendo, pasando frío y expuestos a toda clase de enfermedades, se me arrugaba el corazón. La ocasión llegó cuando, tras mi accidente, recibí un montón de llamadas solidarizándose con mi situación y ofreciendo apoyo para alguna acción en RDC». La mayor parte de estas llamadas quedaron en agua de borrajas, pero una de ellas, insistente, abrió el camino de la solidaridad para que la idea pudiera tomar cuerpo. Así se edificó y equipó una escuela maternal que acoge a niños y niñas de entre tres y seis años, con el objetivo fundamental –además de su educación– de luchar contra la malnutrición de los alumnos.

Más tarde, percibiendo que al salir los niños de la escuela maternal gran parte de los logros conseguidos podían irse al traste en poco tiempo, se decidió poner en marcha una escuela primaria, que acompaña hasta los 12 años la formación de los alumnos que terminan en la maternal. Tres religiosas congoleñas –­Dativa, Georgette y Clémence–, con la ayuda de varias maestras, aseguran el buen funcionamiento de todo el complejo.

Pero como las escuelas no viven del aire, hubo que echarle imaginación para buscar una fuente de financiación que las sostuviera. La encontraron creando el Centro de Desarrollo, en el que se elabora pan, jabón y azúcar, que luego salen al mercado. Además, una pequeña pero bien organizada granja, produce leche, carne y huevos para el consumo y la venta. La creatividad siempre inquieta de la directora del centro, la congoleña Marie Chantal, seguro que está ya imaginando nuevas estrategias para conseguir que las escuelas no sean una carga para la comunidad. De paso, el centro ha complementado la oferta alimentaria de la comarca, al tiempo que da empleo, más o menos permanente, a una cuarentena de personas. Una sorprendente muestra de creatividad que persigue la ­autofinanciación de la misión, de modo que, en lo posible, deje de depender de ayudas exteriores.

Las siete religiosas nombradas, junto con la hermana Firmine, ruandesa, que dirige a todo el equipo, constituyen los pilares de la misión de las Hermanas de San José de Gerona en Rubare. Una comunidad entusiasta y convencida, que vio cómo lo que en un principio parecía el fin de su presencia en Rubare, con la destrucción de la comunidad y el grave atentado contra la vida de una de sus miembros, se convirtió, en realidad, en el inicio de una nueva etapa, no menos complicada quizás, pero abierta por completo a la esperanza. Así es como el Reino de Dios se abre camino en la historia.