Nelson Mandela: Titán de la reconciliación

22/12/2017

Por África González Gómez

 

Hoy, 22 de diciembre, se cumplen 28 años del entierro definitivo del apartheid. Ese día, el Parlamento sudafricano aprobó la nueva Constitución, vigente para los próximos cinco años, un tiempo durante el cual debería redactarse una nueva Carta Magna que acabara con las diferencias raciales que había impuesto el Partido Nacional desde 1948. Faltaban todavía dos meses para que Mandela saliera de la prisión de Victor Verster, y más de cuatro años para que los sudafricanos votaran en las primeras elecciones en las que se cumplió la máxima exigida por Mandela durante toda su carrera política: ‘Un hombre, un voto’. Además, este mes de diciembre, se han cumplido cuatro años del fallecimiento Nelson Mandela, primer presidente negro del país austral. Con tal motivo, compartimos el reportaje publicado en julio de 2013 en la revista Mundo Negro, en el que analizábamos la trayectoria de uno de los grandes líderes mundiales de los siglos XX y XXI.

 

En julio de 2012, con motivo de su 94 cumpleaños, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, definió a Nelson Mandela como “un abogado y un combatiente por la libertad. Un prisionero político, un constructor de la paz y un presidente. Un artífice de la reconciliación de la nación y un mentor para generaciones de líderes y personas comunes de diversas procedencias geográficas”.

Su camino para convertirse en defensor de la libertad y de los derechos de los negros sudafricanos fue largo y tortuoso. Nació el 18 de julio de 1918 en Mwenzo, distrito de Umtata, capital de la provincia oriental de El Cabo, y le pusieron por nombre Rolihlahla Dalibhunga Mandela. Al acabar los estudios primarios estudió en el colegio universitario de Fort Hare, del que fue expulsado por participar en una huelga de estudiantes. Se trasladó a Johannesburgo, donde completó los estudios de bachillerato. Estudió después Derecho en la Universidad de Witwatersrand, donde se graduó en 1942, con su aliado y amigo Oliver Tambo.

Conoció al activista negro Walter Sisulu, que le ofreció trabajar en un bufete de abogados judíos. En 1944 se afilió al CNA (Congreso Nacional Africano) y en 1952 abrió con Tambo el primer bufete de abogados negros en Sudáfrica.

Mandela, muy joven, en una manifestación contra los arrestos de sus compañeros, en 1958. Fotografía: Archivo Mundo Negro

Gracias a Sisulu conoció a su primera esposa, Evelyn Ntoko Mase, una enfermera de 22 años con la que se casó en 1944 y con la que tuvo cuatro hijos. Se separaron en 1957. En junio de 1958 contrajo segundas nupcias con la trabajadora social Nomzamo Winifred Zanyiwe Madikizela, más conocida como Winnie Mandela, una xhosa 18 años más joven que él que se implicó de lleno en el movimiento de liberación y cuyo papel fue vital durante los 27 años que Mandela estuvo en la cárcel, porque era la única persona que podía visitarlo dos veces al año. De la controvertida Winnie se separó en 1996, seis años después de salir de la cárcel; con ella tuvo dos hijas.

 

Liga de la Juventud del CNA

Mandela, Sisulu, Tambo y otros jóvenes militantes trabajaron por la transformación del CNA y lo convirtieron en un movimiento de masas con un programa de exigencias más firmes frente al Gobierno racista sudafricano. En septiembre de 1944 pusieron en marcha la Liga de la Juventud del Congreso Nacional Africano. Mandela fue elegido secretario tres años después.

En 1948, el Partido Nacional de la minoría blanca afrikaner consiguió el poder e impuso el sistema del apartheid –literalmente, desarrollo por separado, pero en realidad segregación racial–, según el cual la minoría blanca no solo conservaba el 87 por ciento de las tierras, sino que negaba cualquier derecho político a la mayoría negra.

El régimen proclamó sin paliativos la supremacía de la raza blanca e institucionalizó su superioridad a golpe de decretos que regulaban el crecimiento por separado en bantustanes o reservas tribales para la residencia de los habitantes no blancos. Posteriormente, el Partido Nacional fue promulgando leyes que daban forma a todo el entramado jurídico del apartheid: Ley de supresión del comunismo, Ley Antiterrorista, Ley de registro de la población (1950); Ley de separación de lugares públicos (1953)… Estaban prohibidos hasta los matrimonios mixtos.

El programa de acción que adoptó el CNA estaba inspirado en los métodos de la no-violencia de Ghandi, que el mahatma indio adoptó precisamente durante su estancia en Sudáfrica entre 1893 y 1915. Ghandi impulsó la participación en protestas y huelgas generales, la desobediencia civil por métodos no violentos, marchas y concentraciones silenciosas. Pedía unos principios claros y concisos, entre ellos la igualdad jurídica y educativa de los ciudadanos de color, la formación de un Parlamento representativo basado en el principio democrático de un hombre-un voto y la redistribución más justa de la tierra.

En 1950 Mandela entró en el Comité Ejecutivo Nacional del CNA. Dos años después, este movimiento le encomendó la divulgación de la denominada “Campaña por el desafío a las leyes injustas” y se movilizó por todo el país. Su intensa actividad agitadora, con la no-violencia como bandera, le acarreó su primer encontronazo serio con la Justicia.

 

Mandela y De Klerk
en el momento de recoger el
Premio Nobel de la Paz en 1993. Fotografía: Archivo Mundo Negro

 

En la década de los años cincuenta del siglo pasado, el futuro presidente de Sudáfrica luchó contra los desalojos, la segregación en las universidades y la explotación de los trabajadores. Mientras avanzaba en la búsqueda de la libertad, Nelson Mandela fue detenido y encarcelado.
Matanza de Sharpeville e ilegalización del CNA

En marzo de 1960, durante una convocatoria para entregar los pases en las comisarías, la policía cargó contra los manifestantes en Sharpeville: murieron 69 personas, hubo 180 heridos y fueron detenidos cientos de militantes del movimiento, entre ellos Mandela.

El Gobierno del entonces presidente sudafricano Hendrik Verwoerd declaró el estado de excepción y en abril de 1960 el CNA fue ilegalizado, junto al Congreso Panafricano (PAC), escindido del CNA en 1959 por oponerse a la inclusión de activistas de raza no negra –como indios y blancos autóctonos– en la lucha contra el apartheid.

Los métodos para alcanzar los objetivos del CNA dieron un giro copernicano con la creación de su brazo armado en 1961: Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación). Mandela pensaba entonces que era imposible derrocar el régimen del apartheid por el método de la no-violencia y defendió el cambio de postura.

“El combate se realizaba en planos desiguales, era como si intentáramos luchar con lanzas, mientras ellos tenían metralletas”, dijo. Mandela asumió el liderazgo del brazo armado de la Lanza de la Nación: comenzó a atacar instalaciones del Gobierno y objetivos policiales. Su decisión le valió el enfrentamiento con el propio presidente del CNA, Albert Luthuli, que rechazaba la nueva estrategia en la lucha contra el poder blanco.

 

 

En agosto de 1962 Mandela era fugitivo de la Justicia; fue detenido y en noviembre fue condenado a cinco años de cárcel por los delitos de incitación a la huelga y de abandono ilegal del país. Ese mismo año, Mandela conoció a Haile Selassie y al coronel argelino Houari Boumediene, cuando era comandante en jefe del Ejército de Liberación Nacional (ALN, en siglas francesas). Se entrenó militarmente en Etiopía y en Argelia.

 

Mandela con su exmujer Winnie en el estadio de Soweto dos días después de su liberación. Fotografía: Archivo Mundo Negro

El juicio de Rivonia

En octubre de 1963 Mandela estaba recluido en la Prisión Central de Pretoria y la Fiscalía amplió su causa criminal con cargos de sabotaje, terrorismo y conspiración para derrocar al Gobierno mediante una revolución interna y una invasión de fuerzas extranjeras. El acusador era el propio Estado y los acusados nueve miembros del llamado Alto Mando Nacional del Umkhonto we Sizwe.

De hecho, el caso se llamó “El Estado contra el Alto Mando Nacional y otros”. Las acusaciones eran muy graves: sabotaje e intento de provocar una revolución violenta en Sudáfrica mediante una conspiración de personas y organizaciones prohibidas, y de ayudar a unidades militares de países extranjeros. Las organizaciones prohibidas eran el CNA, presidido por Mandela, el Umkhonto we Sizwe y el Partido Comunista.

El 9 de octubre de ese mismo año comenzó el famoso juicio de Rivonia, población próxima a Johannesburgo, donde Mandela compartió banquillo con otros siete altos dirigentes del CNA y del Partido Comunista de Sudáfrica (SACP, en siglas inglesas): Walter Sisulu, Govan Mbeki, Raymond Mhlaba, Elias Motsoaledi, Ahmed Kathrada, Dennis Goldberg y Lionel Bernstein.

En el proceso Mandela se defendió a sí mismo en un brillante discurso de cuatro horas en el que retaba al Gobierno a acabar con su vida, declarándose no culpable de las causas que le imputaban, pero afirmando ser “culpable de luchar por los derechos humanos y la libertad, culpable de luchar contra leyes injustas, culpable de luchar por su pueblo oprimido”. Reconoció haber planeado el sabotaje al Gobierno. Sabía que se arriesgaba a que le condenaran a muerte, pero eso no le atemorizó.

Mandela finalizó su declaración con estas palabras: “He dedicado toda mi vida a la lucha del pueblo africano. He luchado contra el dominio blanco y contra el dominio negro. He abrigado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero ver realizado. Pero, si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

Mandela y otros dirigentes del CNA y del Partido Comunista fueron condenados a cadena perpetua. Se les trasladó a la cárcel de máxima seguridad de la isla de Robben. Mandela y sus compañeros fueron internados en un módulo de aislamiento para presos políticos. A Mandela se le asignó el número de prisionero 466/64; no se podía pronunciar su nombre ni se permitió fotografiarle. Sin embargo, Mandela se convirtió en el principal símbolo del movimiento de resistencia negra de Sudáfrica.
En Rivonia, Mandela demostró su talla como líder y como hombre de Estado. “Hice lo que hice –subrayó– como individuo y como líder de mi pueblo, debido a mi experiencia en Sudáfrica y a mis propios antecedentes africanos, de los que me siento orgulloso”. Dijo algo más: que no era comunista y que siempre se había considerado un patriota africano.

“El fundamento ideológico del CNA –subrayó– es, y siempre ha sido, el credo del nacionalismo africano. No el expresado en el grito ‘¡Echad al hombre blanco al mar!’. El nacionalismo que defiende el CNA es el de la libertad y la realización del pueblo africano en su propia tierra”.

 

Negociaciones en igualdad

En Sudáfrica la situación política se deterioraba paulatinamente. El régimen endurecía la represión y los movimientos negros radicalizaban sus actos de resistencia. En junio de 1976, en una brutal represión de las revueltas estudiantiles de Soweto, el gran gueto de Johannesburgo, murieron unos 500 estudiantes y hubo miles de heridos.
En marzo de 1982, Mandela fue trasladado a la prisión de Pollsmoor, situada en un barrio residencial de Ciudad de El Cabo. Era una cárcel más confortable. Este trato de favor hizo ver a Mandela que había llegado el momento de dar un paso adelante. A pesar de contradecir las consignas del CNA, que abogaban por no ceder a las negociaciones hasta que se suspendieran las leyes contra el apartheid y se liberase a los prisioneros políticos, Mandela se convenció de que solo la negociación era el camino, pero no a cualquier precio.

Ya en 1985, el presidente sudafricano Pieter Willen Botha le ofreció la libertad, si renunciaba a la lucha armada. Mandela le hizo llegar el mensaje de que “solo los hombres libres pueden negociar”. En noviembre de ese mismo año fue operado de próstata en el Volk Hospital de Ciudad de El Cabo. Allí mantuvo el primer encuentro con el Gobierno. La dimisión de Botha en febrero de 1989 y la subida al poder de Frederik de Klerk facilitó las negociaciones sobre la base de la eliminación del apartheid y la convocatoria de elecciones generales libres y democráticas.

Según cuenta Mandela en su autobiografía El largo camino hacia la libertad, hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que el CNA no iba a derrocar al Gobierno ni a acabar con el racismo mediante la lucha armada. Fue una decisión crucial. La política del CNA, fundado en 1912, era la de no negociar, pues las negociaciones no cabían en un plan de desigualdad. Más adelante reconocería que la decisión de negociar con el presidente sudafricano era la más revolucionaria que había tomado en su vida.

 

Primera firma como presidente sudafricano. Fotografía: Archivo Mundo Negro

 

Apuesta por la reconciliación

El 11 de febrero de 1990 Mandela fue puesto en libertad por De Klerk. Había cumplido 27 años en la cárcel. Nueve días antes había sido legalizado el CNA. Su salida de la cárcel coincidió con un momento muy delicado. Su liberación podía haber arrastrado al país a una guerra civil. Sin embargo, de nuevo su visión de Estado y su actitud conciliadora sirvieron para que Sudáfrica emprendiera la senda de la reconciliación y el entendimiento, a pesar de los resquemores y de las dificultades.

Así lo recordaba Albertina Sisulu, la activista y esposa de Walter Sisulu: “Cuando salió de la cárcel y nos habló de reconciliación pensamos: ‘Esto es una locura’. No podemos reconciliarnos con criminales que asesinaron a nuestros hijos, que mataron a prisioneros en las cárceles. Entonces Mandela convocó a una reunión en la que nos dijo claramente: ‘Nuestro pueblo ha muerto innecesariamente. No queremos un baño de sangre. Porque la única sangre que correrá será la del hombre negro’”.

De nuevo se impuso su nobleza de espíritu a la hora de tomar decisiones que podían poner en riesgo muchas vidas, como quedó reflejado en la película “Invictus”, dirigida por Clint Eastwood en 2009 y protagonizada por Morgan Freeman. La cinta refleja magistralmente el carácter conciliador de Mandela, que supo ganarse la simpatía del equipo de rugby de los afrikaners, los Springbooks, para unificar en torno al deporte a un país herido, y que prevaleciera, por encima de la sed de venganza de algunos, el bien común de la paz y la reconciliación.

El presidente De Klerk, artífice de su liberación, también dio detalles de su extraordinaria nobleza. “Mi primer encuentro con Mandela en libertad –dijo– fue impresionante. Nunca olvidaré sus palabras. En ellas no había amargura o sed de venganza, ni una sombra de odio. En ningún momento, durante nuestra conversación, intentó explotar o mencionar el hecho de que había estado 27 años en la cárcel”.

Su serenidad y capacidad de adaptación, para no perder de vista el objetivo último en los momentos más delicados del fin del apartheid, permitieron hacer una transición pacífica después de este régimen y organizar las primeras elecciones libres y democráticas de Sudáfrica.

 

Tres jóvenes con camisetas de Mandela hacen un saludo militar. Fotografía: Archivo Mundo Negro

Un presidente para todos

El 27 abril de 1994 Mandela fue elegido primer presidente negro de Suráfrica y Frederik de Klerk fue nombrado vicepresidente segundo. Ambos recibieron el Premio Nobel de la Paz en 1993 (un año antes ambos fueron galardonados con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional) por “la labor cumplida para lograr con métodos pacíficos la eliminación del régimen de apartheid y el establecimiento de leyes destinadas a crear una nueva democracia en Sudáfrica”. Para Mandela el premio fue un homenaje a todos los sudafricanos que lucharon pacíficamente por la democracia, y señaló que este prestigioso galardón le obligaba a seguir trabajando con más decisión por la paz, la justicia y la democracia.

En junio de 1999, con la toma de posesión como presidente de su sucesor Thabo Mbeki, Mandela se despidió de las instituciones del Estado, como había anunciado, pero no de la vida pública. Mandela siguió siendo una autoridad moral para Sudáfrica y ejerció un papel de mediador en la pacificación del continente. Intentó mediar entre el dictador zaireño Mobutu Sese Seko y la guerrilla de Laurent Desiré Kabila, antes de que este alcanzara el poder en la actual República Democrática de Congo el 17 de mayo de 1997.

Desde varias Fundaciones promovidas por él, Mandela trabajó por el bien común, que abarcaba diversas causas: la protección de la infancia, la educación de jóvenes sin recursos o la lucha contra el sida. En 2004 anunció su retirada de la escena pública con estas palabras: “No me llamen. Yo les llamaré”.

No sabemos quién llamó a quien, pero al año siguiente sus palabras apoyando la campaña mundial de Acción contra la Pobreza dieron la vuelta al mundo: “Al igual que la esclavitud y el apartheid, la pobreza no es un fenómeno natural. La causan los seres humanos y puede ser superada y erradicada gracias a la actuación de esos mismos seres humanos. Acabar con la pobreza no es un gesto de caridad, es un acto de justicia. Es proteger un derecho humano fundamental, el derecho a la dignidad y a una vida decente. Mientras siga habiendo pobreza, no habrá verdadera libertad”.

Mandela ha escrito con su trayectoria política y humana las páginas más gloriosas de un dirigente africano y ha sido, al mismo tiempo, un ejemplo para todo el mundo como político coherente y honesto.