Las niñas de Bugorhe

Por Pablo Moraga

 

Las violaciones comenzaron durante el pasado otoño en Bugorhe, una agrupación de pequeñas ciudades en el este de República Democrática de Congo. Las víctimas son niñas de entre unos pocos meses y diez años. Son tan pequeñas que apenas pueden resistir estos abusos sexuales y, a menudo, requieren intervenciones quirúrgicas muy complejas. Sus familias viven por debajo de los umbrales de la pobreza y no pueden ofrecer a las niñas la atención médica que necesitan. A partir de mayo de 2014 el número de casos se ha disparado. Es lo último. Una nueva moda terrible. Un grupo de organizaciones locales, médicos y dos oenegés españolas ya han comenzado a trabajar juntos para frenarlos.

 

«¡Ah, el horror! ¡El horror!»,

Kurz, el personaje de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas

 

―Anoche violaron a otra niña. Tan sólo tenía tres años y medio. Ha sido trasladada al hospital de Panzi, en Bukavu, donde ya está recibiendo un tratamiento especial. Los médicos me han explicado que la chiquita está destrozada. Reconstruir su vagina requerirá una intervención quirúrgica muy complicada, y su estado actual es crítico. Será muy difícil que sobreviva.

En Lwiro, un centro de investigación científica ubicado a tan sólo seis kilómetros de donde se había producido el ataque, Lorena Aguirre ―coordinadora de los proyectos de la oenegé Coopera en República Democrática de Congo― cuelga su teléfono móvil. Acaba de realizar otra llamada al hospital para preguntar sobre el estado de salud de la pequeña.

―No comprendo qué tipo de personas pueden hacer algo así ―murmura al fin, después de permanecer durante unos segundos en silencio.

Luego se corrige a sí misma, con los ojos llorosos, y añade:

―No. A esos violadores no se les puede llamar personas. Ni siquiera son animales. Los animales tampoco serían capaces de hacer una cosa tan terrible… ¡tenemos que parar esto!

 

República Democrática de Congo (RDC), el segundo país más pobre del mundo según el último Informe sobre Desarrollo Humano publicado por Naciones Unidas, es extraordinariamente rico en recursos naturales: el subsuelo de su extremo oriental está repleto de oro, diamantes, casiterita, coltán y muchos otros minerales, todos ellos imprescindibles para las industrias occidentales. Paradójicamente esta es su maldición.

Alguien me dijo que la guerra en RDC continuará siendo la misma durante años. Que los civiles seguirán sufriendo y el número de muertos crecerá, al menos, hasta el momento en el que los minerales se agoten. Que la mayoría de los grupos rebeldes nacieron para defender ideologías o luchar en una guerra de liberación, pero que hoy en día el único interés de éstos es controlar y explotar las minas: o sea, conseguir (mucho) dinero. Que ustedes y yo estamos financiando este conflicto ―lo fácil es señalar a los gobiernos y las grandes empresas multinacionales―, pues muchos de los productos que utilizamos diariamente funcionan gracias a los minerales extraídos por las numerosas milicias. La guerra es un negocio rentable. Y todo vale, por lo tanto.

Sus nombres no nos suenan: los Raïa Mutomboki, los Kirikicho, los Mäi-mäi, los FDLR… Dicen que en el este de RDC podría haber más de setenta grupos rebeldes diferentes. Son capaces de hacer cualquier cosa para defender sus posiciones. Matar, mutilar, violar, saquear aldeas y pueblos de forma indiscriminada. Las últimas estimaciones señalan más de seis millones de muertos desde el año 1998. No muestran ningún inconveniente para pasarse los derechos humanos por la punta del Kalashnikov. O por el filo de sus machetes oxidados. A menudo estas milicias utilizan como combatientes a niños soldados ―muchas de sus filas están compuestas por jóvenes de catorce, quince, dieciséis o diecisiete años― y los abusos sexuales contra las mujeres tampoco son nada nuevo. Los informes de Naciones Unidas aseguran que todos los años más de 15.000 mujeres podrían ser víctimas de la violencia sexual en este país. Pero otros estudios señalan cifras muy dispares. La revista American Journal of Public Health, por ejemplo, eleva las víctimas a 400.000 anuales. Si esto fuese cierto significaría que cada hora son agredidas 48 mujeres. En el tiempo que usted necesita para leer este artículo, más de veinte mujeres congoleñas pueden haber sido violadas.

 

Varias mujeres pasan delante de un cartel en Nyamilima que denuncia la violencia sexual / Getty Images

 

Hasta ahora, las violaciones de las niñas más pequeñas no eran comunes. Bugorhe, una agrupación de pequeñas ciudades y pueblos en la provincia del Kivu Sur, es la excepción. Se trata de una nueva moda terrible: el número de víctimas se ha disparado durante los últimos meses. Sus edades oscilan entre los cuatro meses y los diecisiete años. Pronto descubriríamos que la mayoría de ellas tenían menos de cinco años.

―Los agresores ―nos explica Zahimire Rugambwa, presidente de la organización local UERPV (Intervención por la Unión y Recuperación de Personas Vulnerables, en sus siglas en francés)― raptan a las niñas durante la noche, mientras sus familiares duermen. Después de violarlas son devueltas al hogar con dolorosas heridas, a menudo muy graves.

Rugambwa no está acostumbrado a los discursos. Habla despacio, como si calculase cuidadosamente cada una de sus palabras. Nos ha recibido en la diminuta oficina de su organización ―paredes construidas con tablones de madera, una mesa en el centro, algún montón de documentos amarillentos, pósters donados por UNICEF, War Child Holland y otras oenegés―. La puerta está abierta y decenas de niños se asoman a través de ella, curiosos y divertidos, para escucharnos.

―En Bugorhe no hay alumbrado público. Así que los agresores aprovechan la oscuridad para realizar sus ataques. Buscan las casas de la familias más vulnerables: a menudo se trata de personas muy pobres, madres solteras, trabajadoras nocturnas… Como las paredes son de adobe sólo necesitan escarbar un poco, hacer un pequeño agujero, para raptar a las niñas.

La cifra de ataques ha crecido de forma descontrolada y tan rápidamente que nadie parece conocer con certeza cuáles son los motivos. Se barajan varias hipótesis, pero la mayoría afirman que se debe a creencias místicas y mágicas. Rugambwa asegura que no es descabellado, pues los wachawi (brujos, en suajili) son todavía muchísimos y con frecuencia sus decisiones tienen un gran peso entre la población.

―Parece que los violadores utilizan la sangre de las pequeñas como amuletos para obtener buena suerte. Creen que de esta forma será más fácil encontrar un trabajo. También piensan que serán invisibles para las balas, es decir, que éstas traspasarán sus cuerpos sin hacerles daño. O bien, que enfermedades como el sida son transferidas a las niñas y los verdugos quedan curados.

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Reunión de mujeres en Bugorhe, convocada por las ONG Coopera y Sonrisas y Montañas / Pablo Moraga


Cuando se recorre la carretera
que atraviesa trasversalmente Bugorhe es fácil pensar que tan sólo se trata de un pueblecito, un puñado de calles de tierra rojiza y casas muy humildes a ambos lados del asfalto. Sin embargo, su población supera los 100.000 habitantes. Las mujeres están sentadas directamente sobre el suelo, junto a los productos que venden. Son capaces de permanecer en esta posición durante horas, delante de un montoncito de mandioca, plátanos, arroz, patatas, cacahuetes o pequeños pescaditos salados que después dejan secar al sol. Llevan vestidos largos, con estampados y muchos colores diferentes: azul, rojo, verde, amarillo. Por las calles atestadas de compradores y vendedores cruzan más mujeres cargadas con más productos, coches en los que caben ocho ―taxis compartidos―, motocicletas destartaladas, furgonetas de tránsito de pasajeros con sus copilotos anunciando a gritos los recorridos.

Fátima vive en una pequeña casita, un cuadrado de tres por tres, con su marido y sus dos hijos. Las paredes están construidas con barro, el tejado es de hojas de palma entrelazadas. Se llama Fátima, pero podría ser Feza, o Bora, o Sakina. Por aquí casi todos tienen una historia similar. En Bugorhe la mayoría vive en situación de pobreza o extrema pobreza. O dicho de otra manera: tan sólo disponen de un dólar al día, algunos incluso menos, para sobrevivir.

―Me levanto todas las mañanas muy temprano ―nos explica Fátima en mashi, la lengua local―. Salgo de casa para buscar un campo en el que trabajar. Pero no siempre consigo encontrar uno, a veces es complicado. Recolecto, aro la tierra, planto. Lo que sea.

Después de ocho horas de esfuerzos agotadores recibe 1.000 francos congoleños. Menos de 90 céntimos de euro. Mientras tanto, su marido suele trabajar como moto-taxi. Lleva a sus clientes de un lado a otro a cambio de unos pocos francos. Tampoco gana demasiado dinero; no tiene una motocicleta propia y debe emplear la mayor parte de su sueldo para pagar el alquiler.

Cuando Fátima sale de casa para trabajar se lleva consigo a su hijo más pequeño. Apenas es un bebé de un año de edad. Trabaja durante toda la jornada con su niño sobre la espalda, muy pegado, envuelto en una especie de paño de tela de colores, como hacen otras madres. A pesar de que su primera hija sólo tiene dos añitos, ésta debe pasar toda la mañana sola.

Fátima conoce lo que está ocurriendo. Sabe lo de las niñas violadas. Una de las víctimas vivía a tan sólo unas pocas casas de la suya. Desde que comenzaron estos secuestros tiene mucho miedo. Esta preocupación también ha repercutido en su salud. Está tan asustada que ha adelgazado durante los últimos meses. Y asegura que ya ni siquiera puede dormir. Se pasa las noches en alerta, escuchando cualquier ruido que provenga de afuera. A menudo se reúne con otras madres para ver qué pueden hacer. Antes de marcharnos nos pidió que hablásemos con los gobernadores, por favor, para que se haga justicia de una vez por todas.

La legislación congoleña es clara: violar a una mujer es un delito castigado con una pena de diez a veinte años de prisión. Sin embargo, la policía y las estructuras judiciales se muestran, a menudo, totalmente ineficaces para aplicarla. “Las autoridades permanecen ausentes. Estoy convencido de que con un poco más de determinación los verdugos podrían ser identificados y castigados. De esta forma las violaciones podrían parar. Pero a pesar de sus promesas no han hecho ningún esfuerzo para encontrarlos ni para protegernos”, explicó en una nota de prensa Rogers Buhendwa, portavoz del movimiento V-Men. “No hay policías suficientes, no han capturado a ningún hombre, no se ha iniciado ningún proceso judicial en todo este tiempo. Tenemos la impresión de que nuestras autoridades no se han tomado en serio el problema. Por lo tanto, son cómplices pasivos de estos crímenes”.

Fátima insiste:

―Tan sólo queremos que se haga justicia. Que encuentren a esos violadores. Y que los maten…

Llueve y está oscuro. Las nubes, empeñadas en terminar su trabajo, apenas dejan asomar los últimos rayos del sol. Cuando salimos de la casa de Fátima el agua corre por las calles estrechas y sin asfaltar, ahora embarradas. En este mismo momento es la hora de la cena en España y millones de familias piensan qué van a hacer para esta noche. Sin embargo, Fátima y los suyos no volverán a probar otro plato hasta mañana: ellos sólo tienen para comer una vez al día.

El suelo es muy resbaladizo. Regresamos a través de un camino que serpentea entre otras casas, todas iguales. Dentro de ellas observamos el movimiento de sombras imprecisas, figuras humanas con los contornos difuminados por la oscuridad que, en realidad, se tratan de otras familias, también iguales. En seguida comprendemos que al otro lado de estas puertas se repiten vidas idénticas, existencias clonadas a la que acabamos de conocer. Recordamos de nuevo nuestra larga conversación con Fátima, sus dificultades y preocupaciones. Y tenemos la impresión de avanzar a través de un juego de espejos que engañan. Como un laberinto en el que es difícil encontrar la salida.

En Bugorhe llueve y está oscuro.

 

 

Una congoleña se pregunta por qué tanto odio contra las mujeres / Getty Images

 

―Une, deux, trois, quatre, cinq…

El doctor Mugisho, director del Hospital General de Kavumu, tiene el libro de registros de violaciones en sus manos. Cuenta despacio, una por una, el número de niñas que han sido intervenidas en el centro. Es como si cada una de sus palabras arrojase en el alma un capazo de arena. Le observamos en silencio, sin atrevernos a decir nada más.

―Dix-neuf, vingt, vingt et un, vingt-deux, vingt-trois…

La luz, difuminada por unas nubes opacas y atiborradas de lluvia, intenta colarse sin demasiado éxito a través de la única ventana. La escasa iluminación acrecienta las sombras. El centro de la habitación está ocupado con una mesa que por el aspecto de su madera parece demasiado antigua. También hay dos bancos alargados en los que nos han invitado a sentarnos. Las paredes están sucias. Un calendario y una papelera de plástico en una de las esquinas completan la decoración.

Las violaciones comenzaron durante el otoño de 2013, nos confirma el doctor Mugisho. Desde el pasado mes de enero en el hospital de Kavumu se ha intervenido a veintinueve niñas distintas. Sin embargo, la mayoría de los casos se produjeron a partir del mes de mayo. Fue entonces cuando la frecuencia de estos ataques comenzó a dispararse descontroladamente. Trece de ellas tenían menos de diez años. Hay seis casos de niñas con edades comprendidas entre tres y cinco años. El doctor Mugisho lamenta que, probablemente, el número de víctimas sea todavía mayor. En ocasiones las familias esconden a sus hijas por temor a ser estigmatizadas. Además, sabe que existen al menos cinco casos más de violaciones registrados en el cercano hospital de Katana. El doctor tan sólo puede facilitarnos los datos sobre las pequeñas que han sido ingresadas en su centro. Conocer la dimensión real de esta locura parece un ejercicio casi imposible.

―Las niñas acuden al hospital en un estado lamentable. A menudo llegan sangrando, con fortísimas hemorragias. Sus madres, muy asustadas, no saben qué hacer con ellas.

El sistema público de salud se basa en la recuperación de costes: normalmente los pacientes deben pagar por cada servicio médico que reciben. Sin embargo, el tratamiento que se ofrece a las pequeñas es gratuito. “Se trata de una ley reciente. Estamos obligados a brindar atención gratuita a las mujeres que han sido víctimas de violaciones sexuales”, explica el doctor Mugisho. El gobierno central promueve con frecuencia este tipo de medidas, pero carece de medios para pagar a los doctores y enfermeros. Sucede lo mismo con los policías, o con los soldados del ejército congoleño: en muy pocas ocasiones reciben los salarios que les corresponden. A pesar de que el hospital de Kavumu se trata del mayor centro de salud en muchos kilómetros a la redonda, dispone de un presupuesto muy limitado. A veces ni siquiera tienen medicinas necesarias. Los cortes eléctricos son frecuentes y, a menudo, deben intervenir con la única ayuda de pequeñas linternas frontales. Tampoco hay medios suficientes para realizar las intervenciones quirúrgicas que requieren estas niñas:

―No podemos operar a estas pequeñas. Es imposible con los medios que tenemos. Por eso tan sólo les ofrecemos una atención primaria: primeros auxilios, por así decirlo. Les damos un paquete mínimo de atención que incluye examen físico, detención de las hemorragias, anticonceptivos de emergencia, tratamiento de las ETS, tratamiento antirretroviral para prevenir la transmisión del sida y vacunas contra hepatitis B y tétanos. Tras recibir estos cuidados las niñas son trasladadas a Panzi, el hospital de Bukavu.

 

Una mujer con su bebé en el campo de desplazados de Bulengo / Getty Images

 

Detrás de las ventanillas de nuestro todoterreno, el lago Kivu. Su superficie está en calma, el agua es de color ceniza. Parece como si brillase, como si tuviese una extraña y poderosa fuente de luz propia. Es, probablemente, uno de los lagos más bellos de la Tierra.

Varios pescadores flotan sobre pequeñas embarcaciones: botes de madera construidos de forma artesanal, quizás con sus propias manos. Algunos recogen o lanzan sus redes al agua. Otros reman con movimientos lentos, repetitivos, dibujando miles de líneas sobre un lienzo líquido.

Alrededor, la vida se abre paso con normalidad africana: niños que caminan descalzos, mujeres que transportan frutas en la cabeza, mercados que parecen improvisados.

En el Hospital de Panzi un portavoz dice que, después de la violación, los órganos sexuales de las niñas quedan terriblemente dañados. Son tan pequeñitas que sus cuerpos apenas pueden resistir estos abusos. Las perforaciones del clítoris o diferentes tipos de desgarros anales y vaginales son habituales. Las fístulas ―aberturas en el tejido de las paredes de la vagina― provocan a menudo gravísimas infecciones. En la mayoría de los casos se requiere una reconstrucción casi completa. A pesar de los esfuerzos de los cirujanos, muchas continuarán sufriendo las consecuencias de las heridas durante toda su vida. Con frecuencia éstas son incurables o requieren un tratamiento muy complejo: varias intervenciones y constantes chequeos médicos.

Terminología médica: otro método descafeinado para nombrar los mayores sufrimientos. Apenas nos dicen nada sobre el dolor de las niñitas que hasta hace tan poco sólo eran bebés, ni sobre la estigmatización que tendrán que soportar a partir de estas violaciones. En sus comunidades serán rechazadas ―algunos dirán que ya no son puras; otros tendrán miedo de que les transmitan enfermedades venéreas― y nunca podrán olvidar. Ponga usted sus lágrimas, la vergüenza, el desamparo. El horror aprovecha tantas veces la debilidad de nuestras palabras para camuflarse.

El portavoz del hospital continúa:

―Las secuelas son permanentes: incontinencia urinaria o fecal, menstruaciones dolorosísimas, infertilidad, dificultades a la hora de mantener relaciones sexuales normales y muchos otros problemas también en el plano psicológico.

El hospital de Panzi se encuentra en Bukavu, la capital y la ciudad más poblada en la provincia del Kivu Sur. Terminó de construirse en el año 1999 bajo la dirección del doctor Denis Mukwege: el mayor especialista de África en el tratamiento de mujeres y niñas violadas, una referencia a nivel mundial. De hecho, este ginecólogo congoleño ha sido nominado en varias ocasiones para recibir el Premio Nobel de la Paz. Dicen que es capaz de realizar hasta diez intervenciones quirúrgicas distintas en un día: dieciocho horas de trabajo continuado.

El doctor Denis Mukwege y su equipo han sido los encargados de intervenir a todas las niñas víctimas de violencia sexual en Bugorhe. “Practico desde hace más de treinta años; la semana pasada, por primera vez en toda mi vida, operé a una niñita de cuatro meses que había sido violada”, lamentó el doctor Mukwege durante un discurso público. Alarmado por esta situación, decidió viajar al lugar de los hechos a principios de mayo de 2014. “Es una auténtica barbarie que me avergüenza profundamente”, añadió más tarde. Otros médicos y miembros de varias organizaciones también alzaron su voz en contra de los verdugos. Pero el número de agresiones siguió aumentando.

No es un viaje demasiado largo. Desde Bugorhe hasta el hospital de Panzi hay poco más de cuarenta kilómetros. Sin embargo, las familias de las víctimas viven en una situación económica tan difícil que no pueden hacerse cargo de su propio traslado ni de su estancia en Bukavu. No les alcanza el dinero. La pobreza extrema: cuando ni siquiera se tiene para comer todo lo demás es secundario, casi superfluo.

―Nosotros podemos cubrir los gastos ocasionados por el primer traslado, la intervención quirúrgica, los chequeos médicos e incluso posteriores operaciones. Pero no es suficiente. Las familias son tan pobres que no pueden acompañar a sus pequeñas hasta Bukavu. Por esto muchas niñas nunca regresan, no podemos ofrecerles el tratamiento que realmente necesitan. Incluso después la primera intervención el estado de sus heridas suele ser bastante grave y quedamos muy preocupados por esta situación.

Es una noche oscura, sin luna. Escribo en mi cuaderno con la única luz de una linterna diminuta. Durante un momento, tengo la sensación de que todo lo demás ha desaparecido. Es como si todas las personas y animales y objetos se hubiesen desvanecido entre las sombras. Ahora, las páginas arrugadas del cuaderno y las estrellas son mis únicos cómplices.

Parece lógico pensar que las noches son oscuras y los días luminosos, debería ser así. Pero reconozcámoslo: en realidad, casi todas nuestras noches no son demasiado oscuras. Nos basta con encender un interruptor, las calles están repletas de farolas. En nuestro mundo hemos conseguido borrar la oscuridad. Algunos ya ni siquiera la conocen.

Es curioso: la luz, en ocasiones, funciona del mismo modo que la oscuridad: impide ver. Porque claro, sentados cómodamente en el sofá, mientras tragamos esos anuncios de la televisión en los que la gente baila y sonríe y parece tan feliz, es difícil creer que existe una realidad diferente. A veces se cuelan imágenes ―este artículo, por ejemplo―, pequeños retazos del horror y la crueldad de guerras olvidadas, el hambre cotidiana, el miedo, el dolor en otros lugares del mundo. Pero es tan tan fácil mirar hacia otro lado.

 

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La ONG Coopera organiza talleres para niños víctimas de la guerra / Pablo Moraga

 

Son los que nos salvan la cara, al menos un poco: médicos, cooperantes humanitarios, educadores, algún que otro voluntario, incluso un puñado de misioneros y misioneras. El este de República Democrática de Congo es un Estado fallido ―algunos, los pocos que todavía tienen fuerzas para reír, se descojonan al escuchar esta expresión, pues aseguran que por aquí nunca hubo nada parecido a un Estado― donde, a menudo, la ayuda de estas personas es fundamental: los únicos capaces de ofrecer un poco de luz. No siempre hacen un trabajo limpio; hay varias organizaciones ―incluidas las más grandes y algún que otro organismo internacional de renombre― cuyos resultados son bastante cuestionables. Es cierto: a veces el dinero se corrompe, se utiliza mal, se desvía.

Pero los que continúan siendo de fiar son todavía muchos. Hombres y mujeres valientes o miedosos, fuertes o débiles, con dinero o sin un duro en sus bolsillos, que un día decidieron colgarse la mochila al hombro y marchar lejos de casa para ayudar.

Lorena Aguirre llegó a Lwiro, un centro de investigación científica en el este de RDC, en un terreno que está considerado dentro de la agrupación de Bugorhe, cuando tenía veintitantos. Encontró todas las dificultades que la mente humana podría llegar a imaginar ―y otras tantas que se nos escapan―. La primera vez que se estableció aquí casi todo estaba en ruinas. Pasó los primeros meses durmiendo en una casa sin tejado: sufría las lluvias torrenciales, el frío, tenía miedo de ser atacada por los grupos rebeldes. Por aquel entonces apenas disponía de la financiación suficiente para llevar a cabo su proyecto, pero en la actualidad gestiona y dirige, con la colaboración de la oenegé Coopera, un centro de rehabilitación de primates único en la zona: en sus instalaciones ofrecen cuidados a más de setenta primates de diferentes especies ―la mayoría, como los chimpancés, en serio peligro de extinción― que fueron incautados de traficantes, zoos ilegales o colecciones privadas.

Los esfuerzos de Lorena Aguirre y la oenegé Coopera no han estado centrados únicamente en estos animales. Sus proyectos también incluyen a las personas. Durante los últimos años han ayudado a equipar centros de salud y hospitales en la zona; han colaborado con la investigación sobre enfermedades endémicas; facilitaron la formación de médicos y enfermeros; reconstruyeron varios colegios; han llevado a cabo proyectos de educación y sensibilización sobre temas de salud, higiene, violencia de género, medio ambiente, etc.; un ambicioso proyecto de apoyo psicosocial en el que se enseña a los profesores cómo tratar con alumnos que sufren traumas de guerra o problemas relacionados con la pobreza…

Cuando Lorena conoció el problema de las niñas de Bugorhe, no dudó: tenía que actuar. A lo largo de dos semanas agotadoras entrevistó a miembros de organizaciones locales, asociaciones de vecinos, madres, policías, médicos de varios hospitales. Entre todos decidieron comenzar a trabajar de forma conjunta ―cada uno de ellos llevaría a cabo una función distinta― y coordinada a través de Coopera: unirán sus fuerzas para detener las violaciones.

Desde España, José Luis Romero y María Serrano ―miembros de la oenegé Sonrisas y Montañas― consiguieron en un tiempo récord los fondos parar cubrir las primeras acciones. El proyecto ya está en marcha. Con ese dinero se establecerán patrullas mixtas de civiles y policías para vigilar durante las noches, se hará una campaña de sensibilización ―sobre todo a través de emisoras de radio, muy populares en la región―, se garantizará el seguimiento médico de al menos diez niñas y se capacitará a las monitoras de una oenegé local para atender eficazmente los problemas psicológicos de estas pequeñas.

Esta noche ya no puedo dormir. Hago preguntas: ¿por qué Fátima y su familia no pueden comer todos los días? ¿Por qué las niñas de nuestro mundo pueden jugar, correr, ser felices, sonreír estudiar en un colegio y las pequeñas de Bugorhe no? ¿Qué sienten esos verdugos después de cometer un hecho tan brutal? ¿Tienen remordimientos? ¿Si muchos de los productos electrónicos que usamos diariamente llevan en su interior minerales congoleños, por qué esta guerra y sus consecuencias nos parece algo tan lejano? ¿Por qué una niña africana nunca aparecerá en las portadas de los periódicos ni en los avances de un telediario? ¿Por qué hasta ahora nadie había escuchado el llanto de las víctimas? ¿Por qué nuestra indiferencia…?

Mientras, allá arriba, las estrellas continúan su viaje, girando de este a oeste, obedientes, muy despacio, en torno a la Polar.

 

Los miembros de la oenegé Coopera Lorena Aguirre, Itsaso Vélez y Pascal Bugagala y la periodista Nuria Gaeta me acompañaron durante el trabajo de reporteo para este artículo. Sin su amistad y sus esfuerzos hubiese sido imposible escribir sobre esta realidad. José Luis Romero y María Serrano, de la oenegé Sonrisas y Montañas, no pudieron viajar a República Democrática de Congo, pero hicieron ―y continúan haciendo― todo lo que estuvo en sus manos para ayudarnos. En este momento, Lorena, Itsaso, Pascal y muchos otros amigos pertenecientes a organizaciones locales y hospitales de la zona siguen trabajando en las comunidades de Bugorhe para evitar nuevas agresiones y ofrecer un futuro mejor a las niñas que ya han sido violadas. Muchísimas gracias a todos.