Un Niño en el bosque de Beliones

TO GO WITH AFP STORY BY INGRID BAZINET AND ROLLAND LLOYD PARRY A picture taken on December 4, 2014 shows the Ceuta border with Morocco. Thousands are risking their lives to enter Europe through the Spanish enclaves of Ceuta and Melilla -- and the line of desperate arrivals is getting longer. Some16,000 have charged the Melilla fence this year, according to the government, with nearly 4,700 who made it into Melilla this year, up from 3,000 in 2013. In February, 15 Africans died trying to swim around the fence to Ceuta from Morocco as Spanish guards fired rubber bullets into the water. AFP PHOTO/ JORGE GUERRERO (Photo credit should read Jorge Guerrero/AFP/Getty Images)

23/12/2016

Navidad, a este lado de la valla de Ceuta.

 

Por Santiago Agrelo Martínez, arzobispo de Tánger

Fotografías: Getty Images

 

Era un día cualquiera en la vida de los moradores del bosque de Beliones. Y les llevábamos las provisiones habituales de un día cualquiera: arroz, aceite, salsa de tomate, pan, queso, conservas… Siempre imaginamos que son diez los campamentos en que se cobijan estos jóvenes proscritos de nuestras legalidades… y hacemos diez paquetes, con la ilusión de que a todos los habitantes del bosque les llegará algo que comer…

Pero aquel día me parecieron innumerables los que aguardaban ayuda al borde de la autovía que, desde Tánger Med –el gran puerto comercial en la orilla marroquí del estrecho de Gibraltar– atraviesa Beliones hasta alcanzar la frontera con la ciudad autónoma de Ceuta.

Y cuanto más numerosos parecían los hambrientos, más escasas resultaban las provisiones.

Llevábamos también calzado y mantas…

Delante de nuestros ojos se apiñaba una humanidad en chancletas y cubierta de harapos, desgarrada la ropa, desgarrada la piel, desgarrada el alma…

Ya no quedaba nada que repartir, y aún pasamos delante de grupos y más grupos de jóvenes que, levantadas las manos, las llevaban del aire a la boca, en un gesto que decía “Tengo hambre”.
Se lo prometimos: “Mañana volveremos a pasar, y traeremos algo más de comer… Mañana volveremos, os lo prometo…”.

Y volvimos. Llevábamos un maletero lleno de sueños: pasta, conservas, leche, pan… Con aquel tesoro para la mesa de los más vulnerables entre los hijos de Dios pasamos la frontera de Ceuta…
Puede que estuviesen ya en aquel claro del bosque cuando, a las seis de la mañana, en medio de una niebla que solo dejaba ver unos metros de línea blanca en el asfalto de la carretera, nos habíamos acercado a la frontera. Si estaban, no los habíamos visto. Ahora, al mediodía, fue lo primero que vimos: una furgoneta de las fuerzas auxiliares del Ejército; más adelante, alineadas como soldados en formación, otras furgonetas que no fui capaz de contar… Bajo el sol del mediodía ya no encontraríamos emigrantes a los que dar de comer…, solo soldados por los que rezar…

 

Un mundo de víctimas

Aquella mañana, en los caminos de Beliones se había dado cita un mundo de víctimas.

Allí estaban, desnudos, molidos a palos, los medio muertos que el mal dejó abandonados en el camino de la vida; allí estaban los que desechamos como se desecha lo que ya no tiene nada que se pueda aprovechar, los que crucificamos fuera de nuestra ciudad, escarnecidos, objeto de burla, señalados como responsables del destino que les hemos asignado… La desdicha con que nosotros los castigamos la consideramos evidencia de que Dios los castiga, de que Dios está con nosotros y no con ellos…

Allí estaban también, invisibles pero reales, los bandidos que habían despojado al caminante, no solo de todo lo que llevaba, sino también de la posibilidad de valerse por sí mismo para vivir. Allí estaban gobernantes que oprimen y se llaman bienhechores, mafias que se lucran de la necesidad de los pobres, explotadores sin entrañas, epulones que banquetean a la mesa del bienestar mientras a las puertas de la casa de su banquete se mueren de soledad y de hambre los desdichados de la tierra.

Este mundo de opresores invisibles representa lo más desgraciado entre los desgraciados, pues no han caído en la cuenta de que han sido atrapados por el mal, de que se han convertido en sus esclavos, y puede que jamás lleguen siquiera a sospechar que son esclavos.

Allí, en la inocente espesura del bosque de Beliones, como brujas burlonas que se aprovechan de las ambiciones humanas, experimentan sus pócimas los ideólogos del odio, los pedagogos de la indiferencia, los racionalizadores de la violencia, los apologetas de la barbarie…

Aquel día, por los caminos de Beliones se movían al mismo tiempo quienes tendrían que haber asumido la responsabilidad de arrebatarle al mal sus víctimas; pero levitas y sacerdotes, viandantes y turistas, ideólogos de una inverosímil Europa cristiana, soñadores de purezas raciales, culturales, religiosas, aunque vieron a esas víctimas, “dieron un rodeo y pasaron de largo”.

Tampoco ellos saben que el mal se ha apoderado de sus vidas, los ha seducido, los ha engañado miserablemente y los ha equipado de razones para dejar sin Evangelio a los pobres.

 

Fotografía: Getty Images

 

Entre la ley y la esperanza

Es en esa noche, es para ese mundo, para quien nace el Sol de justicia que viene de lo alto: Cristo Jesús. Puede que los hombres y mujeres de esa noche no esperen una nueva legalidad, un nuevo orden, una mayor racionalidad, un nuevo sentido. Pero nada de eso sería suficiente para sanar las heridas que en todos ha dejado la fuerza del mal. Todos necesitan ser reconstruidos, recreados, regenerados, transformados, transfigurados…

Los hombres y mujeres de esa noche necesitan que Dios se ocupe de ellos y los salve.

Beliones, Belén: ahora y entonces hombres y mujeres que pasan la noche velando por turnos sus miserias… Para todos ellos es el mensaje celeste: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”.

Ahora como entonces, el Niño que llega encuentra la misma realidad y viene a iluminarla por dentro: con ese Niño llega a la ­tierra la divina Palabra que todo lo transforma amando. El misterio de la Navidad nos revela que llega en debilidad la fuerza de Dios, que llega en pequeñez la divina grandeza, que llega para hacerse siervo de todos el Señor del cielo y de la tierra, que llega para todos, Aquel de quien todos tienen necesidad.

Puede que nadie la pida, puede que nadie la espere, puede que nadie sospeche siquiera que existe, pero todos necesitan la salvación que viene de Dios, para todos nace el Salvador, a todos se anuncia la alegría de su nacimiento, a todos, en Beliones como en Belén.

 

Navidad, un misterio de amor

Solo el amor –o el desamor– pone diferencias en la Navidad.

Fue así en Belén. Es así en Beliones.

He dicho el amor –o el desamor–, y no quisiera que la palabra se me quedase sin sentido.

Dicho del Hijo de Dios que viene a este mundo, amor significa abajamiento, servicio, humildad, empequeñecimiento, comunión en pobreza con los pobres, en debilidad con los débiles, en pequeñez con los pequeños… Dicho de Jesús, amar significa enfrentarse al mal que nos esclaviza, darlo todo para liberarnos de él… Dicho de Jesús, amar es darnos a todos la oportunidad de ser en libertad.

Dicho de aquellos para quienes nace el Salvador, amor o desamor significan reconocimiento o desprecio, acogida o rechazo, fiesta o indiferencia… Para nosotros, amar es creer, dejarnos reconstruir, dejarse recrear, dejarse resucitar…

Y dado que Jesús nace en ­Beliones todos los días, los hijos de la Iglesia de Tánger soñamos que allí lo reconocemos, lo adoramos, lo servimos, lo celebramos, lo cuidamos, lo amamos. El amor es la evidencia de la salvación que llega a los pobres.

¡Feliz Navidad!

 

Fotografía: Getty Images