Un padre del yihadismo

22/12/2017

1817-2017: Doscientos años de la muerte de Ousman Dan Fodio

Este año se cumple el segundo centenario de la muerte de Ousman dan Fodio, uno de los padres del integrismo islámico, cuyos efectos lamentamos en nuestros días. Ni Al Qaeda ni Daesh son invenciones de hoy, sino eslabones de una corriente radical que quiere llevar la yihad a cualquier lugar y a cualquier persona que no se acomode a su modo de pensar y de actuar, aunque ya se sea musulmán.

El fulbé (así se conoce a la comunidad formada por los peúles) es un pueblo pastor que desde hace unos cinco siglos lleva una vida nómada recorriendo grandes extensiones de África occidental. En sus migraciones estacionales buscan agua y pastos para sus ganados y, por este motivo, ejercen bastante presión sobre las comunidades agrícolas. No es raro, pues, que surjan con cierta frecuencia conflictos entre ambas, que ocasionan muertes y destrucciones, especialmente en el centro de Nigeria. Durante la estación húmeda se aventuran hacia el norte, y tienen fricciones con los tuareg, también pastores.

Son originarios de Futa Toro, cuya demarcación se extiende por tierras meridionales del tramo medio del río Senegal, y forma parte del mítico Tekrur, la cuna del islam en el occidente africano. Sus campamentos temporales se encuentran diseminados en extensas áreas comprendidas entre el Atlántico y el lago Chad. En muchos lugares los recibían con desagrado, les exigían impuestos, les ponían multas y les restringían sus movimientos.

Vendedores ambulantes delante de la mezquita nacional de Abuya (Nigeria). Fotografía: Archivo MN

Fueron acérrimos defensores de las creencias animistas tradicionales, al tiempo que actuaron como un tapón impermeable que impedía la penetración y propagación del islam hacia las comarcas tropicales. Pero un cambio bastante rápido en su mundo religioso, hizo que abrazaran en masa esta religión desde finales del siglo XVIII, y la aceptaran de forma militante y beligerante, de modo que de opositores irreductibles se convirtieron en propagadores violentos de su nueva fe.

Diríamos, en términos de hoy, que asimilaron un islam integrista, y trataron de imponerlo por la fuerza a propios y extraños, es decir, empezaron persiguiendo a los que ya eran musulmanes, y siguieron por los que no lo eran. De ellos se sirvieron tres shaykh, maestros superiores a los simples ulemas con fama de santos, que aglutinaron a su alrededor millares de simpatizantes; obedeciendo todos a los mandatos de la guerra santa, extendieron la yihad en la práctica totalidad de África occidental a partir de tres califatos: Sokoto (noroeste de Nigeria), Macina (entre los ríos Níger y Bani, en Malí) y Futa Toro.

 

Orígenes del yihadismo

La revolución religiosa que estos tres predicadores inculcaron a los fulbé se basaba en la interpretación que ellos daban a ciertos versículos coránicos, a las tradiciones proféticas (hadith) y a las opiniones consensuadas de los juristas (idjma). Según los aludidos maestros, estas tres fuentes eran convergentes, y obligaban a todo buen musulmán a llevar a cabo la yihad por todos los medios, y a obtener como recompensa la felicidad en el más allá. La corriente mística del sufismo, que impregna bastante la vivencia del Corán en esta parte de África, ayudó mucho al éxito de estos predicadores, a que se extendiera con rapidez su mensaje y a que se consiguiera una estructura política que lo llevara a la práctica.

Los shaykh pertenecían a la conocida casta de los torobe, cuyo origen remoto estaba en la región santa de Tekrur, pero sus miembros procedían de diversas familias étnicas de Sudán occidental. Pronto se asociaron los fulbé porque hablaban su lengua y se casaban con ellos durante sus migraciones. La vida del torobe era la observancia del islam con todo rigor y en todos sus detalles. El estudio y la meditación del Libro Santo era su actividad preferente y casi única, de lo que resultó el nacimiento de verdaderas dinastías de eruditos. Admitían a los de cualquier origen étnico, con tal de que abrazaran el islam según ellos lo interpretaban y de la manera como lo vivían. Su único objetivo era instalar una sociedad islámica auténtica y extenderla a todo el mundo.

Por si les faltara algo, los shaykh llevaban siempre consigo la baraka, es decir, la bendición divina y el poder de hacer milagros. En un primer momento, su actividad exclusiva fue la predicación. Fruto de ella y de su constancia fue la cantidad enorme de adeptos que los seguían y les prestaban una total colaboración. Para atenderlos se fundó la djama, o comunidad de los creyentes, formada por los letrados que seguían las enseñanzas de los shaykh, y las transmitían a los demás según el espíritu sufí: «El iniciado es aquel que se entrega totalmente a su shaykh, se diluye en él y no queda nada de él mismo… Es como la pluma en manos de un amanuense».

 

Un pastor peúl con su ganado. Fotografía: Getty Images

 

Todo este ambiente de reinterpretación islámica llevaba la semilla de un mesianismo que era el punto final al que querían llegar estos maestros. Y para su justificación se acudió al profetismo, y se sacaron a la luz vaticinios acordes con la situación. A Mahoma se le atribuía que «Alá enviará a la Umma (comunidad de creyentes musulmanes) quien regenerará la religión al principio de cada siglo». Y también que al Profeta le sucederían 12 califas antes de una anarquía general y el fin del mundo. Los diez primeros ya reinaron en Medina, Egipto, Siria e Iraq. El siguiente habría sido Askya Muhammad de Songhay (1493-1528). El decimosegundo aparecería en Sudán occidental a finales del XVIII. Fodio (Sokoto) y Seku Ahmadu (Macina) tomaron para sí este honor.

Después de muchos años de predicación, las autoridades se dieron cuenta del peligro que entrañaban estos reformadores y comenzaron a perseguirlos; los miembros de las comunidades surgidas se convirtieron en agitadores políticos. Fueron exiliados y restringida la enseñanza de los maestros. Como todo giraba en torno a la pureza de la fe islámica, se eliminaron sus adherencias africanas y se condenaron las dinastías reinantes por su corrupción y abusos, y también a los ulemas que las amparaban. Para luchar contra ellos y preparar la proclamación de la yihad comenzaron a adquirir armas, con las que cumplir el precepto coránico de «ordenar el bien e impedir el mal».

 

El califato de Sokoto

Obra del propio Fodio, este califato se convirtió en el más importante. En 1794, el propio Fodio relató una visión mística: «Cuando alcancé la edad de 40 años… Dios me atrajo hacia Él, y vi al Señor, a nuestro señor Mahoma… Con él se encontraban los compañeros, los profetas y los santos. Me acogieron y me hicieron sentar en medio de ellos. Luego, nuestro Señor Abd al-Kadir (fundador de la secta Karidiya) trajo una túnica verde… y un turbante… Me hizo sentar, me vistió y me puso el turbante. Luego me llamó ‘imam de los santos’ y me mandó hacer lo que está aprobado, y me prohibió hacer lo que no está aprobado; y me ciñó la Espada de la Verdad, a fin de que la desenvaine contra los enemigos de Dios».

 

Una comunidad musulmana en Nigeria. Fotografía: Archivo MN

 

Con este mandato divino comenzó su tarea renovadora y se proclamó emir. Preparó con esmero la lucha, y aconsejaba a los suyos no lanzarse a la aventura «que no conduce más que al fracaso y lleva a los musulmanes a su pérdida». Entre 1775 y 1795 su objetivo era fundar comunidades en la periferia de las ciudades hausas, a las que quería dotar de una autonomía. Si bien estas comunidades arraigaron muy bien en el medio rural, los reformadores iban imponiéndose también en ciudades como Gobir, Kebbi o Zamfara. Al proclamar que todo esclavo convertido a sus enseñanzas era liberado, a sus comunidades llegaban un elevado número de ellos, que fueron parte importante de su ejército. Lo mismo que los fulbé, a quienes las autoridades hacían toda clase de extorsiones y les robaban sus rebaños.

En 1804 las comunidades declararon la guerra al estado hausa de Bornu y fueron por dos veces derrotadas, ya que no existían un ejército, y cada una de ellas actuaba por separado. Cambiaron luego de táctica, y decidieron hacerse con una caballería, entonces el arma más efectiva contra arqueros y lanceros, y organizar un ejército con el que lanzar sus ataques contra los palacios de los reyes. Tras luchas continuas, fueron cayendo Zaria, Katsina, Kano, Gobir, y la mayor parte de los jefes huyó. Para 1809 casi todo el país hausa estaba en manos de los reformadores. Fodio fue proclamado Comendador de los Creyentes (califa) y Sokoto la capital.

 

Tiempo de contradicciones

Tras el fin de la guerra surgieron problemas relacionados con la formación y administración del califato; una de las causas era la observancia rigurosa de la ley islámica, por lo que Fodio tuvo que admitir prácticas que antes había condenado. Se escogía a los jefes políticos y a los altos responsables de la administración entre los que tenían formación y cierta autoridad personal; pero como bastantes habían muerto a causa de la guerra o por vejez, se los suplió con parientes de los que ya eran funcionarios o con los del antiguo régimen. Surgieron discordias, se abrió la lucha por el poder, algunos letrados fomentaron la disidencia y hubo constantes quejas de abusos cometidos durante y después de la guerra.

Un miembro de una comunidad peúl escribe textos

Fodio se sintió incapaz de afrontar esta situación y se retiró a enseñar y escribir, una vez que había dejado toda su autoridad a su hijo Mohammed Bello. Murió en abril de 1817. El califato estaba dividido en emiratos que gozaban de una gran autonomía, hasta el punto de que el emir, nombrado en última instancia por el califa, tenía su propio ejército con el que podía conquistar nuevos territorios. Todos tenían los mismos poderes y gozaban de idéntica autoridad.

La sociedad, aparte de las familias del califa y de los emires, se componía de dos grandes bloques: el primero estaba formado por funcionarios y letrados, con sus familias, clientes y esclavos; y el segundo por las fuerzas productivas y sus esclavos. Los recursos del califato procedían de los impuestos y tributos, recogidos por consejeros del califa.

Bello murió en 1837 y su sucesor en 1842. El califato entró en decadencia por luchas de poder, alguna derrota en el exterior, relajación religiosa y marcha de importantes letrados. Su influencia administrativa y división territorial han llegado hasta hoy, de modo que los estados del norte de Nigeria coinciden con las demarcaciones que tenían los emiratos. No solo persiste la marca territorial, sino también la huella del integrismo religioso predicado por Fodio.

A pesar de que la Constitución nigeriana es aconfesional, la presión de estos estados islámicos ha propiciado que Nigeria se haya integrado en la Liga Árabe (formada por 22 países), y que en bastantes de ellos esté impuesta la sharía como regulación social, aunque formalmente se la declare ilegal. Y la semilla integrista se prolonga con violencia en movimientos como Boko Haram, nacido en estos lugares y ambientes, o los continuos ataques que los pastores musulmanes fulbé o fulani lanzan contra las comunidades cristianas o animistas de las regiones centrales del país.