Pandemia y protesta

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Dependiendo de dónde vivamos, hemos superado ya nueve o diez meses de pandemia. Muchos podrán decir que están agradecidos, pero la gratitud no es lo que nos ayudará a afrontar el futuro, ya que en diferentes partes del mundo se enfrentan a las consecuencias socioeconómicas de la crisis sanitaria mientras se trabaja para lograr una vacuna. Mirando atrás, observamos el esperanzador comienzo de una década que fue aplastada por la dura lección del coronavirus. 


La pandemia, que se encontró con un mundo fallido a causa del capitalismo, el imperialismo, el patriarcado y el colonialismo, llamó a puertas que estaban medio abiertas. Hace una década, cuando surgieron las revueltas árabes que terminaron con varios dictadores, la gente se preguntaba en la calle si aquello atravesaría el Sahel. Pero permaneció en el norte de África. 

Diez años más tarde, la pandemia ha encontrado las mismas presiones de los Gobiernos. Es cierto que África ha actuado con rapidez y sigue a salvo de la ira del coronavirus, pero las restricciones y la presión económica han antepuesto viejas tensiones. Por ejemplo, el movimiento Black Lives Matter empezó, durante los primeros días de la pandemia en África, a hablar sobre políticas de control heredadas de la época colonial, aunque muchos las calificaron como una simple preocupación de las élites. 

Rara vez los movimientos históricos de los marginados quedan olvidados en un rincón de sus mentes o de las de sus comunidades. Cuando los movimientos se vuelven globales, se transmite un mensaje a aquellos que sufren lo mismo en cualquier otra parte del mundo. El discurso, incontrolable, es que ellos también pueden levantarse. No se puede negar un proceso en el que las sociedades se influyen mutuamente. 

Así que, al acercarse octubre, la juventud de Nigeria estaba harta de la brutalidad policial. Podrían haber mantenido pequeñas conversaciones aisladas, haber dado respuesta y haber rescatado a los seres queridos detenidos ilegalmente, o enterrar a sus muertos en silencio, pero el desafío de la brutalidad policial en otros lugares les elevó la moral y el convencimiento de que si se organizaban como nación contra los patriarcas gobernantes era posible. Y así hemos llegado en Nigeria a las primeras protestas masivas en una década. Es una generación cansada de Estados disfuncionales.

Al celebrar también el tercer aniversario del movimiento #MeToo, miles de personas salieron a las calles de Namibia para protestar contra el feminicidio y para recordar que esta debe ser también una preocupación central de las naciones africanas. Durante los últimos tres años hemos visto protestas similares en Uganda, Sudáfrica, Kenia, Nigeria o Liberia. 

La pandemia ha catalizado los movimientos existentes. Es posible que no nos hagamos una idea de cómo se configurarán nuestras sociedades a largo plazo tras un año en el que una pandemia nos ha obligado a estar muy atentos a lo que ocurre. Pero lo que sí está claro es que estamos ante un movimiento irreversible: los jóvenes están listos para luchar y marcar el comienzo de una nueva era. ¿Cuánto tiempo más podrán aguantar los que ejercen el poder?



En la imagen superior: 9 de octubre. Manifestantes participan en Windhoek, la capital de Namibia, en la segunda jornada de protestas contra la violencia de género en el país. Fotografía: Hildegard Titus/Getty


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