Para muros, los nuestros

MEXICO CITY, MEXICO - OCTOBER 01: A fan holds up a banner against the wall project of Donald Trump during a concert of Roger Waters at Zocalo Main Square on October 01, 2016 in Mexico City, Mexico. (Photo by Miguel Tovar/LatinContent/Getty Images)

Por: José Naranjo - 05/12/2016

Pepe Naranjo_opinion      Por José Naranjo

 

“Construiré un muro real, impenetrable, alto, poderoso y bonito en la frontera sur”. Una y otra vez, en cada una de sus entrevistas y actos de campaña, jaleado por sus seguidores, el entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la erección de una barrera física entre México y su país para impedir la entrada de inmigrantes. La propuesta, hoy convertida en amenaza real tras su victoria en las elecciones del pasado noviembre, no es azarosa, ni el fruto de un calentón mitinero. Como la expulsión de millones de sin papeles, estaba y sigue estando en el corazón del ideario que ha seducido al votante estadounidense. En España, muchos ciudadanos bienpensantes se echaron las manos a la cabeza ante tamaño disparate. Y con razón. Sin embargo, la mirada torva que dirigimos al inquietante vaquero presidencial se olvida de nuestros muros sureños, más reales y letales que la fantasía kukuxklánica del comandante en jefe de la superpotencia mundial.

O, si no, que alguien me explique de qué van las vallas de Ceuta y Melilla, estructuras levantadas hace ya unos cuantos años para impedir el paso a los jóvenes africanos hambrientos de futuro y que se han ido dotando de la más sofisticada tecnología coronada con las tristemente célebres concertinas, cuchillas de acero que desgarran la piel y atraviesan la carne de todo aquel que intenta saltarlas.

Los testimonios de las personas heridas por estos peligrosos artilugios revelan el extremo de su crueldad. Cuando eso no basta siempre estarán ahí, con su proverbial diligencia, la Gendarmería marroquí o la Guardia Civil española, para amedrentar, golpear o incluso disparar fuego real o balas de goma a quienes, aún así, se atreven a intentarlo. El crimen de El Tarajal, igual que las ilegales devoluciones en caliente, no fue una anécdota banal sino la expresión más evidente de un firme y castizo propósito: ‘Por aquí no pasa ni Dios’.

El patrullaje de las costas de Mauritania y Senegal por parte de las fuerzas de seguridad españolas, el vergonzoso acuerdo de repatriación de potenciales candidatos a asilo y refugio desde Grecia a Turquía, o los muros y vallas que salpican esta nuestra querida Europa desde Calais hasta Idomeni no son sino la expresión “física, real, alta y poderosa”, parafraseando a Trump, de esa misma determinación que recorre a toda Europa. Mientras tanto, el empuje creciente de la extrema derecha en Francia, Grecia, Alemania o Italia y el deseo de volver a las cavernas de un mundo de compartimentos estancos no refleja sino el miedo de un momento de incertidumbres en el que la amenaza se representa en “el otro”, sin darse cuenta de que, en realidad, no hay otros posibles frente a los peligros que acechan.

Cada naufragio en las aguas del Mediterráneo, cada joven o cada niño ahogado en nuestras costas, todas las tragedias que fueron y las que vendrán llevan impreso el sello de nuestro fracaso como proyecto de convivencia. Donald Trump está lejos de ser un antisistema, como intentan deslizar algunos en el relato de lo ocurrido en EE. UU. De hecho, es el más genuino producto del tiempo en que transitamos, quien mejor ha sabido leer las claves que anidan en las entrañas de este momento de oscuridad.

Trump, recuerda, si quieres construir ese vergonzante muro en tu frontera sur, en Europa tenemos a los mejores ingenieros.

 

Fotografía de Getty Images.