Petra Ferreyra: «Se está criando a nuestros hijos con rabia»

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Petra Ferreyra tiene 31 años. Su marido es dominicano y tienen dos hijas afrodescendientes. La dura experiencia de Camila, su hija mayor, le ha hecho comprometerse en la lucha contra el racismo en el entorno educativo a través de una denuncia pionera y la campaña Suspenso al Racismo.




¿Qué le pasó a tu hija Camila?

Ella llevaba desde los tres años en el Colegio Cardenal Herrera Oria de Madrid, y ya desde esa edad empezó a comentarnos que había recibido ciertos ataques racistas por parte de sus compañeros. Al comunicárselo tanto al profesorado como a la dirección nos encontramos con una respuesta que lo relativizaba. Nos decían que la niña tenía que sacar carácter, que se tenía que acostumbrar a lo que le estaba pasando. Nosotros les preguntamos si tenía que acostumbrarse a que la llamaran día sí y día no «negra de mierda». La directora nos dijo que la niña no era negra, que era marroncita, del color del chocolate. Ante esta respuesta tomamos la decisión de empoderar a Camila, de darle más herramientas para que se defendiera ella misma. Pero no fue suficiente.

¿Qué le decíais?

Aunque era muy pequeña, tratábamos de hacerle entender que el problema estaba en la sociedad, no en ella. Camila veía el hecho de ser negra como un problema y decía que quería ser blanca como yo, porque sus compañeros no la querían por su color de piel. Cuando ya tenía diez años quiso destacar en clase tomando la iniciativa con un trabajo para un profesor que se jubilaba, y eso fue el detonante para que el acoso hacia ella se volviera más virulento. El grupo líder de la clase, entre siete y diez niñas, empezó a aislarla socialmente, a intentar humillarla por el color de su piel, a meterse con su pelo. «Vaya trenzas más feas que te hace tu madre», «vaya pelo», «quítate que no vemos la pizarra con esa cabeza»… Todo eso fue haciendo mella en ella. Un aumento de agresividad, insomnio, pesadillas constantemente con las agresiones de sus compañeras. No quería ir al cole. Cuando llegaba intentaba paliar su ansiedad comiendo de forma compulsiva. Solicitamos la apertura de un protocolo de acoso escolar al centro y comenzó un tratamiento con el psicólogo. En el centro no lo catalogaron como acoso, sino una situación de conflicto para la que habían tomado medidas. Pero los ataques continuaron. Hubo varios intentos de agresión física, le tiraban balones en clase de educación física… Yo lo recuerdo como la peor época que he vivido en toda mi vida. Iba al trabajo y me echaba a llorar. No era capaz de hacer nada porque pensaba que el teléfono iba a sonar en cualquier momento para decirme que a mi hija le había pasado algo. Le sucedieron cosas que ella no nos contaba y que intentaba negar en su cabecita para que no nos preocupáramos más por ella.

Y decidisteis cambiarla de colegio.

Nos dijeron que no había ningún atisbo de que la niña estuviera sufriendo acoso, que ni los monitores ni los profesores lo veían y no tomaron ninguna medida. Un psicólogo nos dijo que tomáramos medidas urgentemente porque el estado psicológico de Camila iría cada vez a peor. Tomamos la decisión de cambiarla de centro. Y ahí comenzó para ella un proceso de recuperación con psicólogas especializadas que nos dijeron que la niña tenía un proceso de estrés postraumático muy complejo con secuelas como ansiedad, estrés, insomnio, incapacidad para relacionarse con sus iguales. Vimos el daño real que había sufrido nuestra hija porque las personas del centro no habían hecho su trabajo. Nuestra hija fue víctima por partida doble: sufrió racismo y acoso por parte de estas niñas, y racismo institucional por parte del colegio. Tomamos la decisión de interponer una demanda. Y aunque el proceso fue doloroso, el resultado ha sido muy positivo porque la sentencia le ha dado la razón a nuestra hija. Reconoce que ha existido acoso racista y reconoce la ineficacia por parte del centro.

Petra Ferreyra el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo
La sentencia ha sido pionera. La primera que se refiere a acoso de índole racista. ¿Qué ha significado para vosotros y qué significa para la sociedad?

Para  nosotros individualmente es el reconocimiento moral de todo lo que ha sufrido nuestra hija. Cuando le contamos a Camila lo que había dictaminado la jueza, se echó a llorar y lo que dijo fue «ojalá que esto no le vuelva a pasar ni a mi hermana ni a ningún niño más».  Para la sociedad sienta un precedente, para que se tomen mayores precauciones y que esto no siga ocurriendo y para que se visibilice la existencia de un problema que es más habitual de lo que nos pensamos. La sentencia muestra que se pueden cambiar las cosas.

Junto a la sentencia lanzaste en redes la campaña Suspenso Al Racismo. ¿Con qué fin?

Para que personas racializadas, referentes de la comunidad afro, compartieran sus experiencias personales. Aunque la campaña se ha extendido al el resto de la sociedad. Incluso nos llegan mensajes desde Argentina, Italia, Inglaterra… que nos cuentan que ellos también han sido víctimas de racismo en las aulas. La campaña creció muchísimo y se ha ido abriendo un abanico de posibilidades muy grande. Ahora somos una plataforma que abarca a personas de diferentes asociaciones y de la sociedad civil. Estamos realizando propuestas para la modificación de los protocolos de acoso, que se incluya el racismo en la guía de acoso escolar de la Comunidad de Madrid, y queremos ir extendiéndolo al resto de España e incluso a América Latina. Queremos que en el marco legislativo se incluyan leyes específicas de protección hacia nuestros hijos afrodescendientes. Tenemos muchísimas propuestas y queremos seguir avanzando a raíz de toda la repercusión que ha habido. Nos llegan casos diariamente de familias desesperadas preguntando qué pueden hacer. Hablamos desde niños de siete años que no aceptan el color de su piel por los insultos que están recibiendo en los colegios, hasta niños de bachillerato. Hasta ahora no se había hablado de ello. Queremos seguir denunciando y trabajar para que se cambien las cosas con los partidos políticos, solicitando la formación y sensibilización del profesorado, trabajo con los niños en las aulas. En muchos ámbitos de la sociedad. Es urgente visibilizar el problema y provocar un cambio, porque se está criando a nuestros hijos con rabia.

Petra Ferreyra el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo
Eso es muy grave.

El niño puede tener la capacidad de tomarse las cosas con resiliencia, como ha sido el caso de nuestra hija. Pero puede que no tenga esa capacidad y lo enfoque desde otro punto de vista, por ejemplo yéndose hacia bandas y criándose con rabia. Son víctimas que tienen mayor sensibilidad y puede que en las bandas se sientan protegidos y las vean como un lugar donde desahogar esa violencia y esa rabia que han recibido. Tenemos un trabajo muy duro.

¿Cómo está Camila ahora?

Con la sentencia ahora está muy contenta. Le ha servido para poder mirar ya con la cabeza más alta y decir «me han dado la razón y me estoy recuperando». Está en primero de la ESO y ha sabido enfocar todo esto de forma positiva. Incluso intenta ayudar a otros niños que están pasando por lo mismo. Ella les dice «no os calléis, contadlo en casa, pedir ayuda a los adultos y que os escuchen». Nos ha dado una lección tremenda. A mí muchas veces se me pone la piel de gallina cuando me dice «mamá, me he dado cuenta de que la gente me va a intentar hacer daño por el color de mi piel, pero me da igual porque el problema no lo tengo yo, lo tienen ellos».

La cuestión trasciende el colegio. ¿Tenéis miedo?

Nos da miedo. Entramos en otras etapas que nos dan miedo. Pensamos en los perfilamientos raciales por parte de la policía, por ejemplo. Da verdadero miedo el futuro para nuestros hijos en este país. Hay que exigir a la administración que tome las medidas necesarias que protejan a nuestros hijos. Es fundamental, porque esto va a seguir sucediendo y creemos que el racismo va a ir en aumento.

Con todo, te veo una persona optimista.

Creemos que se puede cambiar. Pero ya no es ser positivo, sino tener responsabilidad. Como padres de niños afrodescendientes no nos podemos quedar en el sofá en nuestra casa sentados pensando que no nos afecta. En algún momento nos va a afectar. Quizá no a nuestros hijos, pero sí a nuestros nietos. En algún momento el racismo nos va a golpear, y tenemos que tomar medidas. Debemos trabajar en ello.

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