Raspadoras de mandioca, herederas de la esclavitud

 

Por Santiago Riesco 

 

No se sabe cuántas son porque no tienen contrato. Ni derechos. Por cada 100 kilos de mandioca que raspan les pagan exactamente cuatro reales –menos de un euro–. Desde tiempo inmemorial realizan una tarea que pasa de madres a hijas. Empiezan desde muy niñas. Pasan entre 12 y 14 horas al día trabajando en pequeñas fábricas de harina en condiciones insalubres. Todas son mujeres. Casi todas analfabetas y afrodescendientes. No tienen alternativa.

 

Vitória de Santo Antâo es una pequeña ciudad de 135.000 habitantes ubicada en el nordeste de Brasil. La fundaron los portugueses a principios del siglo XIX y está a tan solo 55 kilómetros de Recife, la capital del estado de Pernambuco. La carretera es buena y, a pesar del intenso tráfico de camiones, en menos de una hora se llega de una ciudad a otra. El paisaje es peculiar. Vitória forma parte de la microrregión de La Bacia do Goitá, y su ecosistema está a medio camino entre la mata atlántica y el semiárido.

La caña de azúcar y la mandioca son los dos cultivos más extendidos y sus principales industrias están relacionadas con estas dos materias primas. Aquí tiene su sede la destilería de Pitú (la más importante marca de cachaça en Brasil para la elaboración de la caipirinha). También está la multinacional de la alimentación Kraft Foods, que elabora desde los zumos Tang hasta los postres Royal. Junto a estas grandes factorías aún siguen funcionando –sobre todo en las zonas rurales– pequeñas fábricas familiares dedicadas a la producción de harina de mandioca.

 

Mujer y negra

La población negra de Vitória ocupa un lugar marginal. Continúan siendo excluidos socialmente en todos los ámbitos. Si además de negro eres mujer, la exclusión alcanza niveles escandalosos. Para ayudar a este grupo de personas nació en 1988 el Centro de Mujeres de Vitória de Santo Antâo. Desde el primer día se convirtió en un espacio de referencia para la lucha y la defensa de los derechos de las mujeres, especialmente de las afrodescendientes. “Las mujeres negras ocupan el 80 por ciento de nuestro trabajo. El público que acude a nuestro centro es afrodescendiente casi en su totalidad. Tienen una piel algo menos oscura, pero son de origen africano”, explica María José Barbosa, coordinadora del principal proyecto con mujeres rurales raspadoras de mandioca. María José lleva siete años denunciando la situación laboral de esclavitud que viven las mujeres en las casas de harina, las fábricas donde se elabora y produce la harina de mandioca. Pero su denuncia va más allá: “¿Dónde están las mujeres negras? Cortando caña. ¿Dónde trabajan los hombres y mujeres negros? Raspando mandioca y en las fábricas de harina. Los jóvenes negros, ¿dónde están? En las favelas, sin trabajo”. Y remata su diagnóstico sobre el racismo y la pobreza con una de sus consecuencias, la criminalización: “En la prisión que tenemos en Vitória el mayor porcentaje de jóvenes presos son negros desempleados que se metieron en drogas”.

 

Raspadoras de mandioca en pleno trabajo en uno de sus locales / Fotografía: Santiago Riesco
Raspadoras de mandioca en pleno trabajo en uno de sus locales / Fotografía: Santiago Riesco

 

Fábricas de harina

Vitória está rodeada de grandes extensiones de mandioca. Sus arbustos forman parte consustancial del paisaje en La Bacia do Goitá. Este tubérculo –muy similar a la patata, aunque de aspecto más leñoso– también recibe el nombre de yuca o ñame en otras latitudes. Al parecer hay más de 7.000 especies de mandioca a lo largo y ancho del mundo tropical. La harina que se obtiene una vez pelada y molida es la base de la alimentación en muchos de estos lugares. Vitória de Santo Antâo es uno de ellos. La antigua ciudad portuguesa contó, en tiempos, con un famoso mercado de harina. La mandioca ha sido –y aún hoy sigue siendo– una de las principales fuentes de ingresos de la región. A pesar de la creciente industrialización, las fábricas de harina continúan funcionando y explotando a las mujeres negras encargadas de raspar la mandioca antes de su molienda.

Estas pequeñas fábricas tienen unas estructuras precarias y continúan utilizando métodos de trabajo arcaicos. Uno de los pasos más importantes en la cadena productiva de la harina es el raspado del tubérculo. Se trata de una tarea totalmente manual que realizan las raspadeiras. Por razones históricas, el 77 por ciento de estas mujeres son negras o mulatas. La situación permanece igual desde hace siglos. Sin ninguna mejora. Está enraizada en la cultura de la explotación, donde a las trabajadoras se les niegan los derechos más elementales.

Las fábricas de harina tienen una estructura propia del período de la esclavitud: son fábricas con suelo de tierra, las paredes están sin revocar, no tienen baño, no tienen agua potable, ni reúnen las mínimas condiciones laborales. “Las mujeres que trabajan en las fábricas de harina salen de allí enfermas, con cáncer, con problemas de piel, con todo tipo de deficiencias originadas en estas casas”, explica María José Barbosa.

 

Esclavas y analfabetas

La falta de escolarización, de oportunidades de trabajo digno, la baja autoestima y el desconocimiento de sus derechos, ayudan a perpetuar un sistema esclavista de producción donde las mujeres se ven obligadas a trabajar para sobrevivir por salarios de miseria, sin asistencia médica y sin ningún derecho como trabajadoras.

Un estudio de la Universidad Rural de Pernambuco apunta que el 70 por ciento de estas mujeres viven bajo el umbral de la pobreza y sufren la violación de sus derechos fundamentales.

Como la inserción en este mercado de trabajo se realiza a temprana edad, el nivel de escolarización del colectivo es mínimo. Esto imposibilita que las raspadeiras puedan aspirar a otros puestos de trabajo.

La situación económica de estas mujeres se ha agravado todavía más en los últimos años por el cierre de muchas de estas casas de harina. Cuando las trabajadoras sociales y educadoras de la Asociación de Mujeres de Vitória preguntan a los dueños de estas fábricas inmundas por qué no tratan mejor a las raspadoras de mandioca las respuestas son poco convincentes: “Ellos dicen que la mandioca está cara, que no hay mandioca suficiente, que tienen que ir a buscarla fuera y que por eso no les pueden pagar un poco más ni pueden reformar las fábricas”, aclara María José Barbosa antes de poner en su sitio a los explotadores: “Pero los dueños tienen Mercedes, buenos coches, buenas casas, motos, pueden irse de fiesta y de vacaciones y pasar los fines de semana fuera”, y concluye su discurso recordando que, además de las eternas jornadas laborales, las mujeres sufren muchos accidentes al raspar la corteza de la mandioca a golpe de cuchillo:  “Cuando las mujeres se hacen cortes en las manos –porque se cortan mucho– ellos no se responsabilizan de nada. Las mujeres se tienen que apañar solas”.

El Centro de Mujeres de Vitória de Santo Antâo ha detectado en estas fábricas de harina algo aún más grave. Los propietarios actúan como si también fuesen los dueños de sus trabajadoras. Al más puro estilo esclavista. “Muchas raspadoras de mandioca sufren abusos sexuales a manos de los propietarios de las fábricas. Las mujeres nos cuentan que les dicen cosas como que tienen las piernas bonitas. Son muchas las que están sufriendo este tipo de abuso”.

 

Madre e hija

Sebastiana y Daniele Ferreira son madre e hija. Las dos trabajan como raspadoras de mandioca en una fábrica de harina en Feira Nova, una pequeña localidad de 23.000 habitantes a una hora y 40 kilómetros de Vitória de Santo Antâo.

La educadora social Aline Bezerra explica que “Sebastiana es una de las mujeres más antiguas que venimos acompañando y ahora también lo hacemos con su hija, Daniele, que también raspa mandioca. Han intentado dejarlo pero siempre acaban volviendo porque no hay otras alternativas de empleo en el municipio”.

Sebastiana es una mujer resuelta y muy directa. Una luchadora. No tiene ningún reparo en reconocer que empezó a trabajar como raspadeira antes de cumplir los diez años “y hasta el día de hoy no he conseguido nada”, asegura al tiempo que una mueca de sonrisa se le dibuja en la cara cuando se le pregunta por su hija Daniele, de 21 años. Sebastiana acaba de cumplir los 47 y tiene otros dos hijos más. Uno de 23 años, otra de 20. A pesar de su juventud, Daniele ya ha hecho abuela a su madre en dos ocasiones. Para sostener a sus dos criaturas raspa 1.000 kilos de mandioca tres días a la semana. “Voy los martes, los jueves y los sábados, solo cuando hay mandioca”, explica Daniele con el entusiasmo y la fuerza de una madre joven deseosa de sacar adelante a su familia. “En la fábrica de harina la gente se mata a trabajar. Llega de madrugada, pasa allí todo el día, trabaja hasta la noche y tiene que tener a los hijos en casa de otros”, confiesa Daniele en tercera persona, como si no fuera con ella la cosa.

Madre e hija viven en la comunidad Jarvis Gonzaga, un barrio de Feira Nova donde las raspadeiras han construido sus propias casas. Son un centenar de viviendas las que se han levantado siguiendo un sistema de autoconstrucción por el que unos vecinos ayudan a otros a levantar su hogar.

 

Flavia Josefa en la puerta de su casa / Fotografía: Santiago Riesco
Flavia Josefa en la puerta de su casa / Fotografía: Santiago Riesco

Vuelta al colegio

Flavia Josefa Dos Santos tiene 34 años y hace cuatro que dejó de trabajar en la fábrica de harina. Entró allí siendo una niña, por lo que tuvo que dejar la escuela para comenzar una vida de esclavitud. No hay cifras sobre el número de mujeres negras y afrodescendientes que solo han conocido esta forma de vida hasta que se cruzó en su camino el Centro de Mujeres de Vitória de Santo Antâo. Hasta entonces su vida era nacer, raspar, sufrir abusos de todo tipo, raspar, tener hijos, raspar, enfermar, no poder raspar, no tener qué comer, volver a raspar y morir para liberarse de una vida de esclavitud que era más muerte en vida que cualquier otra cosa.

Flavia tiene dos hijos de 13 y 14 años que se llaman Evelyn y Everton. Estudian octavo y quinto curso. Flavia se sienta con ellos en la mesa de la estrecha cocina de su casa para resolver dudas y hacer las tareas de la escuela. Pero no como haría cualquier otra madre. Flavia también está en la escuela. Va al turno de noche y cursa séptimo y octavo a la vez. Comenzó hace cuatro años y, desde el principio, sus hijos se han sentido orgullosos de ella. Casi tanto como sus vecinas.

 

Dulces y salados

Flavia es una de las 100 mujeres que han dejado las fábricas de harina en las que raspaban mandioca para entrar de lleno en un proyecto financiado por Manos Unidas, la ONG de la Iglesia católica española. Desde hace cuatro años, a través del Centro de Mujeres de Vitória de Santo Antâo, ofrece a las raspadoras de mandioca la posibilidad de organizarse. Y así lo han hecho. Desde 2012 cocinan dulces y salados en tres localidades de esta microrregión. Son tres unidades productivas ubicadas en Feira Nova, Gloria de Goitá y el barrio del Alto del Reservatorio, en la ciudad principal, Vitória de Santo Antâo. Los comercializan a través de puestos ambulantes que colocan en ferias y frente a instituciones como la universidad o el hospital regional. También forman parte de los proveedores del Programa Nacional de Alimentación Escolar (PNAE), es decir, cocinan dulces y salados que les compra el Gobierno de Brasil para el consumo de los alumnos matriculados en las escuelas de estas localidades.

Son tres grupos de doce mujeres cada uno. Todas ellas son negras o afrodescendientes. Muchas no pudieron ir a la escuela y todas se han dedicado a las tareas del raspado de la mandioca sin derechos y en unas condiciones indignas. Ahora, con la ayuda de Manos Unidas, van recuperando la dignidad. Son madres e hijas. Vecinas, primas, amigas. Todas quieren mejorar sus vidas. Y han encontrado en estos centros de producción una alternativa.