Revista Umoya: 25 años de solidaridad con el África negra

Por Gerardo González Calvo

 

El 1 de octubre de 1991 el Comité de Solidaridad con el África Negra fundó la revista trimestral Umoya, que en suahili quiere decir “unión”. En estos 25 años, la revista ha cimentado su información en tres pilares cardinales: tomar conciencia, denunciar y actuar. 

 

En 1991 soplaron sobre los países del África negra los vientos de una esperanzadora primavera democrática. Uno tras otro fueron cayendo –o transformándose– los regímenes militares y de partido único. Se organizaron asambleas nacionales soberanas con participación de los partidos y de la sociedad civil, se elaboraron nuevas Constituciones basadas en el pluripartidismo y se organizaron elecciones democráticas. Fue una de las consecuencias de la caída del Muro de Berlín y del desmoronamiento de la Unión Soviética. Parecía que se abría para los pueblos negroafricanos una nueva etapa histórica, en la que los ciudadanos eran, por fin, los dueños de su destino.

Pronto se desvanecieron las ilusiones. La mayoría de los viejos dirigentes organizaron sus propios partidos políticos y siguieron al frente de un poder formalmente democrático, pero con los mismos modos personalistas y dictatoriales de ejercerlo.

En este contexto, el 1 de octubre de 1991 nació la revista trimestral Umoya, que en suahili quiere decir “unión”, promovida por el Comité de Solidaridad con el Zaire y África Central, denominado después Comité de Solidaridad con el África Negra. Cuatro meses antes, el 10 de junio, el Comité había publicado Tam-Tam, subtitulado Boletín informativo sobre Zaire.

Otra forma de vida

El objetivo de Umoya era muy claro: informar de otra manera sobre el continente africano. La revista se propuso desde el primer número promover la solidaridad entre los pueblos españoles y africanos a partir de una información veraz sobre el África negra, para tomar conciencia de las situaciones de empobrecimiento y violación de los derechos humanos, reflexionar sobre las causas que las provocan y denunciar a los ejecutores de tanta barbarie. En su primer editorial, como presentación, se decía que “Decidimos divulgar la información que consigamos para que el conocimiento de los problemas africanos haga tomar conciencia y provoque la reacción solidaria de mucha gente de buena voluntad. Una solidaridad… que nos haga cuestionarnos nuestra forma de vida rica y consumista tantas veces gracias a la explotación de muchos países del Tercer Mundo, entre ellos los de África”.

Muy pronto Umoya nos demostró que las mayores atrocidades que se estaban cometiendo entonces en África tenían como escenario los Grandes Lagos y ­especialmente el noreste de República Democrática de Congo. Allí se ubicaba, de hecho, el mayor foco de conflictos del mundo, promovido o azuzado por las potencias occidentales con la mirada puesta en la explotación del coltán y los diamantes de la región. Se sirvieron para este nuevo expolio congoleño de dos países vecinos: Uganda y Ruanda. La paz no llegó hasta 2003. Además de la rapiña de los minerales, la guerra dejó más de cuatro millones de muertos ante la pasividad de la comunidad internacional. Nunca un conflicto había producido tantos muertos en un país desde la II Guerra Mundial, ni tampoco nunca se había informado menos sobre esta hecatombe humana.

Umoya denunció reiteradamente el asalto a los recursos congoleños y, sobre todo, el desastre desen­cadenado a partir del otoño de 1996, cuando fue asesinado el arzobispo de Bukavu, Mons. Christophe Munzihirwa por soldados ruandeses de Paul Kagamé. Fue un crimen perpetrado para silenciar la voz de un prelado congoleño que había denunciado ya, incluso ante las cancillerías occidentales, lo que se estaba tramando en el noreste de República Democrática de Congo.

Hacía entonces un siglo que el novelista Joseph Conrad había descrito en El corazón de las ­tinieblas lo que estaba sucediendo en un Congo colonizado y devastado por el rey Leopoldo II de ­Bélgica. Es sobrecogedor leer al final de esta novela, basada en algunos hechos reales protagonizados por el propio autor, estas elocuentes palabras: “¡El horror! ¡El horror!”. El propio Joseph Conrad escribiría después de la aparición del libro que había conocido “el más vil de los saqueos en la historia de la exploración geográfica y de la conciencia humana”.

Horrorizarse para denunciar es lo que ha pretendido Umoya en sus 25 años de existencia de una manera contundente e inequívoca. Su solidaridad con el pueblo congoleño se ha basado desde el número uno en un compromiso no conmiserativo ni pietista, sino activo. Por eso, apoyó el nacimiento de una sociedad civil combativa, basada en la defensa de los derechos humanos, en la que han participado de una forma valiente y ejemplar las mujeres congoleñas.

 

Fotografía: Ikram N´Gadi / MSF
Fotografía: Ikram N´Gadi / MSF

 

Acabar con la explotación

Señalamos anteriormente los tres pilares de la revista: tomar conciencia, reflexionar y denunciar. Se adoptaron estos planteamientos porque el Comité de Solidaridad con el África Negra era muy consciente de que una de las actitudes más perversas sobre lo sucedido en los Grandes Lagos y en la propia República Democrática de Congo era el silencio. Más aún, que con este silencio cómplice se pretendía soslayar y eliminar la responsabilidad directa de los grandes grupos financieros en un conflicto, cuyo gran perdedor fue –y sigue siendo– el pueblo congoleño.

Lo sucedido en Congo, ha subrayado Umoya insistentemente, es el paradigma de lo que se está produciendo en el continente africano en esta nueva etapa de la globalización: están esquilmando sus recursos naturales con una avaricia insaciable. África es un continente inmensamente rico, pero al mismo tiempo desvergonzada y desmesuradamente empobrecido. La revista ha puesto de relieve que se están explotando los recursos africanos para favorecer el crecimiento de los países industrializados. La adquisición de grandes extensiones de tierras está ahondando aún más el problema del empobrecimiento, porque no contribuye a garantizar la soberanía alimentaria de los pueblos africanos, ya que su objetivo es producir grano destinado al engorde del ganado y a elaborar agrocombustible.

Este empobrecimiento de los africanos, que golpea especialmente a los más jóvenes, es la causa de dos fenómenos preocupantes: la emigración a Europa y la proliferación del radicalismo islámico. El yihadismo que se está extendiendo por el norte de Nigeria y por algunos países del Sahel no tiene su origen en África subsahariana, donde el Islam siempre ha convivido pacíficamente con las otras religiones, pero encuentra allí un buen caldo de cultivo. Esto es algo que no quieren analizar ni reconocer los países occidentales, a quienes únicamente preocupa que el auge del radicalismo islámico ponga en riesgo la seguridad interna y debilite su influencia política y económica en África. Por otra parte, la mayoría de los conflictos padecidos por África en los últimos 25 años han tenido su origen en el interés desmesurado de las grandes potencias –antiguas y emergentes– para acaparar su riqueza y ampliar el comercio de armas.

La revista Umoya ha denunciado esta nueva etapa de colonización económica y ha ofrecido, al tiempo, cauces para acabar con la depredación. Hoy por hoy, los africanos solos no pueden eliminarla, no porque no sean capaces de hacerlo, sino porque se lo impiden las multinacionales, en connivencia con dirigentes locales que están amasando fortunas desmesuradas, a buen recaudo en bancos occidentales y paraísos fiscales.

Los Comités de Solidaridad con el África Negra siempre han creído en los pueblos africanos, en sus hombres, en sus mujeres y en sus jóvenes, en sus inmensos valores y en sus grandes culturas. Su propósito es seguir trabajando a favor de los pueblos africanos, porque siguen siendo los más desfavorecidos y los más explotados. Lo harán desde el convencimiento de que otro mundo es posible, basado en un mejor reparto de los bienes de la tierra y en una justicia global que anteponga el interés de los seres humanos a la codicia desmesurada de los países industrializados y de los grandes grupos ­financieros.