«Se ve más cine africano en Europa que en África»

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Marion Berger, programadora del FCAT.

La crisis sanitaria del coronavirus ha aplazado sine die la celebración de la 17ª edición del Festival de Cine Africano de Tarifa- Tánger, que en esta edición iba a estar dedicado a Sudán. Aprovechamos estos días de sillón y películas para hablar con su programadora.


¿Qué balance hace de la programación que el FCAT ha ofrecido durante 17 años?

Está vinculada a la mirada de quien programa. Ahora tengo una visión menos paternalista que cuando empecé. Creo que conozco mejor las realidades africanas, y hemos logrado que se impongan criterios de calidad, abandonando una mirada condescendiente hacia las películas africanas. Hay que ser exigente con las obras africanas, como hacemos con las que proceden de otros lugares. Así se valora a sus creadores, creemos en su potencia creativa y en su capaci­dad de rivalizar con otros creadores.

¿Se hace una selección adaptada a lo que se puede entender mejor en Europa?

Al ser un festival de cine africano, nos centrába­mos en lo que podía gustar a un público africa­no, pero con los años me di cuenta de que no era una buena estrategia. Siendo europea, no puedo pretender ser lo que no soy, por eso ahora creo que una obra de calidad tie­ne la posibilidad de gustar a todo el mundo, sin importar su origen. También existe una producción audiovisual muy golosa para un cierto público local –pienso en Nollywood– pero que es di­fícilmente exportable. No es el cine que defendemos.

¿Cómo se logra evitar la visión paternalista de un cine tan desconocido en España?

La clave es juzgar la película africana basándo­nos en criterios de calidad cinematográfica más que en la temática o en nuestra curiosidad.

¿Considera que eso también le pasa al público cuando se acerca al cine africano?

Sí, y de hecho el público ha cambiado mucho también en Tarifa. Las comedias que hacían reir hace 15 años, no por ser comedia sino porque mostraba hábitos fuera de nuestras costumbres, hoy en día ya no hacen reir tanto.

¿Cómo se plantea cada edición?

Nuestro papel es difundir parte de la produc­ción cinematografía africana para un público es­pañol. Debemos atraerle y saber lo que le puede interesar. Ponemos al cine africano al mismo nivel que el europeo. Buscamos un lenguaje in­novador, original, intentamos apartar las pelí­culas de narración ultraclásica y conocidas, y prestamos mucha atención a la parte artística, como nos ocurrió el año pasado con la película Mother, I am suffocating, del lesotense Lemo­hang Jeremiah Mosese. En África también se investiga el lenguaje cinematográfico.

¿Cuáles son los espacios de referencia para alimentar al FCAT cada año?

Tristemente, todavía se ve más cine africano en Europa que en África, excepto en Nigeria con Nollywood. Pero los grandes festivales de refe­rencia para el cine africano son Cannes, Berlín, Rotterdam, Toronto, Venecia, y luego están el festival de Durban, Fespaco, las jornadas cine­matográficas de Cartago y el nuevo festival El Gouna en Egipto. Estoy convencida de que hay joyas que se quedan en la sombra, que no llegan a los festivales. Las obras cinematográficas se proyectan poco en África porque hay muy po­cos cines. La mayoría cerraron en los años 90 por los ajustes estructurales del FMI y BM, que incitaron a muchos Gobiernos a dejar de apoyar la cultura en general.

¿Cómo se elabora una programación?

Se viaja a festivales durante el año para captar títulos interesantes y lanzamos una convocatoria abierta en otoño. Las retrospectivas se deciden con la dirección teniendo en cuenta la actualidad. Este año queríamos organizar un ciclo con el cine sudanés porque han surgido bastantes películas premiadas en festivales importantes como Tal­king about trees que cuenta lo que ocurrió con el cine sudanés bajo el régimen de Omar al Bashir, desde su edad de oro, en los 60, hasta la dicta­dura, que terminó con la producción audiovisual.

¿Qué tenían previsto para esta edición?

Otras dos retrospectivas: una dedicada a la ci­neasta martinica Sarah Maldoror, en colabo­ración con el Museo Reina Sofía; y otra sobre el humor en los cines africanos –vinculado al humor y la tradición, el humor en el cine de Mambeti, el humor y el lenguaje…– que pensábamos hacer junto al Instituto Francés de España.

¿Cuáles son las principales dificultades para cerrar la programación de la competición oficial?

Cada vez tenemos más problemas con los formatos porque Tarifa es una ciudad pequeña y no hay salas equi­padas con el sistema DCP. Ya hemos tenido que renunciar a tres películas que no podemos programar porque no nos quieren dejar otro formato para visionarlas. También se pro­grama cada vez más cine africano en festivales internacionales que exigen estreno nacional. Y estamos viendo que prefieren que no sea un festival especializado en cine africano porque consideran que eso quita valor a su película. Les parece más interesante estrenar en un festival internacional que hacerlo en uno africano, y en una ciudad pequeña como Tarifa. Yo ten­go mis dudas sobre este punto, por­que a veces pasan desapercibidas. Y la última dificultad es que cada vez hay más vendedores internacionales que quieren encontrar distribuidores españoles que compran los derechos para una zona amplia como Europa y luego intentan colocar la película en cada país. Es un interés más eco­nómico que artístico o de reconoci­miento, prefieren que les compre la película un distribuidor nacional.

¿Qué destacaría de la competición oficial?

En largometrajes habíamos previsto una cinta sudafricana muy intere­sante sobre la presencia de China en África, pero no desde el aspecto eco­nómico. Budha in Africa trata de una nueva política expansionista china que consiste en extender el budis­mo por el África austral. La película muestra un centro budista en Malaui, donde van recogiendo huérfanos en los pueblos de la zona y los inscri­ben en esta escuela, donde aprenden esa religión, a hablar chino o practi­car kung fu para luego mandarles a China a estudiar. Y también destaca­ría Moffie, de Oliver Hermanus, que habla de la represión entre jóvenes blancos por su homosexualidad en el Ejército, durante el apartheid.

Pensando en los movimientos sociales que exigen cambios en África, ¿creen que la cultura es un bien de primera necesidad?

Creo que sí. Lo ven como un bien de primera necesidad en la medi­da en que es un arma de expresión fundamental. Hace un par de años tuvimos muchas películas en com­petición vinculadas a estos movi­mientos sociales en RDC y en otros países. Muestran sus reivindicacio­nes y la necesidad de cambio.

¿Cómo debería evolucionar el FCAT?

El festival tiene un historial un poco complicado porque hubo una época en la que disponía de más fondos, luego casi murió, resucitó, y poco a poco estamos volviendo a subir la cuesta. Es fundamental retomar la parte más profesional. Hay que dar un paso más en nuestro papel de ayuda al desarrollo de las industrias audiovisuales africanas.

¿Qué opinión tienen en los festivales africanos del FCAT?

Creo que hay un respeto. Durante muchos años hemos sido el único en España. La mejora en la programación es digna y es verdad que nos faltan fondos para ayudar a que se produz­can películas en el continente, como hacen en Berlín o Venecia, pero para eso necesitamos apoyos institucio­nales, para involucrarnos en la copro­ducción o posproducción de películas africanas, en ayuda al desarrollo de guion… Pero esperamos lograr algún día la colaboración con otros proyec­tos. También queremos reforzar la parte marroquí, porque el FCAT está en dos continentes. Antes de aplazar el festival, las fechas coincidían con el Ramadán en Marruecos y había­mos previsto actividades sociocul­turales en Tánger, Chefchauen y Te­tuán, junto con algunas proyecciones, pero… ya se harán.



¿QUIÉN ES MARION BERGER?

Lleva 14 años decidiendo –jun­to al equipo de dirección del FCAT– las películas, cortos, retrospectivas y actividades, que se ejecutan durante los 10 días que dura el certamen. Li­cenciada en Historia del Arte y Cine, máster en Dirección de Proyectos Culturales por la Universidad Paris-Sorbonne Nouvelle, pasó por la Filmo­teca Española antes de es­pecializarse en cine africano. Entre otras instituciones y pu­blicaciones, Berger ha cola­borado con Casa África en la coordinación y redacción de los Cuadernos Africanos dedi­cados al cine del continente. Jurado en festivales cinema­tográficos internacionales, imparte conferencias en fes­tivales y universidades, todo con el objetivo de acercar lo que ocurre en la gran pantalla al otro lado del Mediterráneo.

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