Sembrando en tierra buena

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Comunidades misioneras en Sudán
 

«Aquí estoy, envíame» es el lema del DOMUND de este año. Aceptar la llamada de Dios es una decisión personal, pero la Misión confiada se vive siempre en comunidad, compartiendo trabajos y esperanzas con otros misioneros también enviados.

El autobús se aleja de Jartum, en dirección sur, a una velocidad endiablada por una carretera en lamentable estado, sin arcén ni líneas de demarcación en numerosos tramos. En ocasiones, las erosiones han horadado el lateral del asfalto y obligan al conductor a invadir el carril opuesto para evitar los socavones o, cuando esto no es posible, a frenar bruscamente para dar paso al vehículo que llega en dirección contraria. Parece que solo yo estoy preocupado; los demás viajeros siguen sin sobresaltos la predicación del imán en el televisor del autobús. Cierro los ojos e intento pensar en otra cosa. Felizmente, por momentos puedo contemplar a mi derecha el majestuoso Nilo Blanco, que avanza sereno al encuentro del Nilo Azul en Jartum para fluir juntos hasta el mar Mediterráneo.

A mediodía entramos en la estación de autobuses de Kosti. Allí nos acoge el P. Zimba Brighton. Zambiano de 35 años, ordenado sacerdote en 2014, llegó a Kosti en 2018 tras largos años de formación en Roma y Egipto, país donde aprendió el árabe y tomó contacto con la cultura islámica. En su todoterreno recorremos esta ciudad de más de medio millón de habitantes, muy extensa y que, según dice, «ha crecido demasiado deprisa y está poco urbanizada, con más tierra y barro que calles asfaltadas». Cuando llegamos a la comunidad comboniana que venimos a visitar, nos están esperando los padres Oswal Abakar y Franck Mandozi. La mesa ya está preparada.



La comunidad comboniana de Kosti. De izquierda a derecha, los padres Franck, Brighton y Oswal. Fotografía: Enrique Bayo


Todos africanos

Mientras saboreamos un exquisito pescado del Nilo acompañado de arroz, charlamos sobre las alegrías y desafíos de la vida misionera. Los tres nacieron en el seno de familias cristianas. El P. Oswal, originario de la diócesis sursudanesa de Wau, tiene 48 años. Es el décimo de 14 hermanos, diez chicos y cuatro chicas, y como él mismo aclara, «todos del mismo padre y de la misma madre». «Mi padre era profesor y al mismo tiempo catequista, y nos inculcó la alegría de ser cristianos. Uno de mis hermanos mayores es sacerdote diocesano en Jartum y yo seguí sus pasos como misionero, primero en Chad durante 12 años y ahora, desde 2018, en Kosti». El P. Franck tiene la misma edad que su compañero, el P. Brighton, 35 años, y Kosti es también su primer destino tras su formación en Ghana y Egipto. Es de Kinshasa, la capital de R. D. de -Congo, ciudad en la que conoció a los combonianos y donde comenzó su camino vocacional: «Mi familia me apoyó en todo momento y lo sigue haciendo ahora». Más dificultades tuvo el P. Brighton: «He crecido en el amor a la Iglesia y los domingos me desplazaba con toda mi familia a nuestra parroquia, que estaba lejos de nuestra casa. Allí nos encontrábamos otras familias y había mucha alegría. Sin embargo, cuando dije que quería ser misionero mi padre se opuso porque soy el primogénito de cuatro hermanos y en nuestra cultura debería, tradicionalmente, continuar la línea familiar. Fue difícil, pero al final aceptó y aquí estoy».

En la actualidad, el 87 % de los misioneros combonianos en formación son africanos y, día a día, el instituto que soñó san Daniel Comboni va adquiriendo más color africano, pero para los padres Oswal, Franck y Brighton es la primera vez que viven en una comunidad compuesta solo por africanos. «A veces todo es más sencillo porque nos entendemos mejor, pero no siempre. Procedemos de tres países muy diversos y sentimos la necesidad –continúa -Brighton– de encontrarnos con frecuencia y compartir lo que sentimos y creemos. En ocasiones no tenemos la misma opinión sobre la manera de proceder ante un desafío pastoral, pero delante de la gente mantenemos siempre la unidad de criterio para dar testimonio como comunidad». «Cada uno tenemos un servicio distinto –añade Franck– y -raramente coincidimos a mediodía, pero siempre cenamos juntos y compartimos lo que hemos vivido durante la jornada».

La comunidad de El Obeid. También de izquierda a derecha los padres Feliz, Luigi y el Hno. Agostino. Fotografía: Enrique Bayo

Iglesia en construcción

A la mañana siguiente mi sorpresa es mayúscula al comprobar la ausencia de fieles en la eucaristía parroquial. Se justifica en parte porque en la -región de Kosti nunca hubo una evangelización en profundidad y además, señala el P. Franck, «es tierra de paso, muy próxima a la frontera con -Sudán del Sur y existe una gran -inestabilidad social. La gente se desplaza en cuanto cree que puede mejorar sus condiciones de vida y es difícil disponer de catequistas y laicos comprometidos para dar continuidad a las actividades pastorales». Los católicos son poco numerosos entre los nubas, originarios de la zona, y menos o nada entre los árabes, así que la mayoría de los que frecuentan la parroquia son refugiados sursudaneses. Como lamenta el P. Oswal, «la convivencia entre los católicos nubas y los sursudaneses no es buena. Por eso, nuestra prioridad pastoral es crear unidad entre ellos. El futuro de la Iglesia en esta región está en manos de los nubas, y como párroco les animo a tomar su responsabilidad. Cuatro son miembros del consejo parroquial».

El P. Oswal conversa con dos alumnas de una escuela católica. Fotografía: Enrique Bayo


No hay que olvidar que Sudán es un país islámico y los cristianos sufren muchas limitaciones. La Iglesia no ha tenido hasta fechas recientes ningún reconocimiento jurídico, sus manifestaciones religiosas debían tener lugar en los espacios asignados y los misioneros temen que cualquier tentativa de convertir al cristianismo a un musulmán se pague con la expulsión inmediata. También es cierto que recientemente se ha abierto en Sudán una puerta a la esperanza para la libertad religiosa con la derogación, por parte del Gobierno de transición, del artículo 126 de la Ley Penal. Pero pasar de las buenas intenciones a los hechos no será de hoy para mañana en un país que ha vivido bajo la sharia, o ley islámica, durante casi 30 años y donde la presencia del islam es abrumadora. 

En R. D. de Congo o en Zambia la gente frecuenta la Iglesia y las comunidades son vivas, grandes y muy dinámicas, pero no tanto en Sudán. «Llegué aquí con gran entusiasmo misionero –comenta el P. Franck–. Pero después te ves limitado y te vienes un poco abajo. Tienes que medir las palabras que usas en las homilías porque te están escuchando, y por cualquier cosa pueden expulsarte del país. Esto hace que no me sienta completamente a gusto. Además el diálogo con el islam es muy difícil desde nuestra posición de debilidad. Nosotros intentamos llevar a cabo lo que llamamos diálogo de vida, compartiendo y dando testimonio, sobre todo a través de nuestro compromiso con las escuelas». Algo parecido siente el P. Brighton: «La gente no viene a vernos para pedir consejo o recibir los sacramentos. Tenemos que salir nosotros a encontrarnos con ellos. No obstante, no somos misioneros de números, y estoy convencido de que las sencillas eucaristías que celebramos en los centros diseminados por la ciudad, con 10 o 15 personas como mucho, son semillas que encontrarán tierra fértil y darán fruto».

La comunidad está volcada en las escuelas, sobre todo después de que la guerra civil en Sudán del Sur provocara la llegada a Kosti de miles de refugiados sursudaneses. «Hemos creado escuelas de emergencia para acoger a todos estos niños y niñas que difícilmente podrían pagar un colegio árabe, y no hemos dudado en poner a disposición todas nuestras instalaciones parroquiales. Es un deber de la Iglesia», dice el P. Franck.

Fachada de la catedral de El Obeid. Fotografía: Enrique Bayo


El Obeid

Desde Kosti tomamos de nuevo la bacheada carretera con destino a El Obeid, en la región del Kordofán Norte, donde nos esperan otros tres combonianos: el Hno. Agostino Cerri, italiano; el P. Luigi -Cignolini, también italiano; y el P. Feliz da Costa Martins, portugués. Entre todos acumulan 103 años de presencia misionera en Sudán. «Somos sudaneses de verdad», apostilla el P. Da Costa. El cuarto miembro de la comunidad, el P. Faustin Mboka, congoleño, se encontraba de vacaciones durante nuestra visita.

Monumento que recuerda la fundación por san Daniel Comboni en 1872 de la misión en Kordofán. Fotografía: Enrique Bayo

El Obeid siempre fue un cruce importante de las rutas de caravanas que atravesaban el desierto y un punto de encuentro de gente procedente de muchos lugares. Por eso san Daniel Comboni fundó aquí, en 1872, la primera presencia cristiana de la zona. La misión fue destruida en 1883 por la revuelta islámica conocida como la mahdya, y muchos misioneros y misioneras sufrieron secuestro y prisión. Pero tras la derrota de la revuelta por las tropas inglesas en 1898, los misioneros reabrieron la misión. El Obeid es hoy sede episcopal de un territorio inmenso donde pequeñísimas comunidades cristianas muy distantes entre sí, formadas sobre todo por nubas, viven su fe en medio de un mundo totalmente islamizado. El P. Luigi es muy claro: «Los árabes han conseguido arabizar el elemento africano. Las tribus negras de Kordofán no eran diferentes a las de Sudán del Sur, pero a través del sistema educativo han sido arabizadas completamente, más incluso que en Tombuctú, Malí. Y según su programa, de la arabización solo hay un paso hacia la islamización. Y lo digo sin lamentarme, son los -hechos».

Pasar el relevo

La presencia comboniana en El Obeid ha sido muy importante, pero ahora es tiempo de pasar el relevo. Las grandes escuelas de la ciudad fundadas por los combonianos y las combonianas son ahora gestionadas por otras congregaciones religiosas, y desde 2013 el obispo de El Obeid no pertenece a la congregación. Se ha cedido a la Iglesia local la residencia episcopal, junto a la catedral, y la comunidad vive ahora en una casa de la periferia de la ciudad.

La catedral de El Obeid fue construida en los años 60 por hermanos combonianos. Aunque el Gobierno limitó su tamaño, sigue siendo una obra maestra que suscita admiración. El Hno. Cerri cuenta que «cuando el terrorista saudí Osama Bin Laden la vio, decidió financiar un centro islámico justo enfrente. Construido en los años 90, tiene dos enormes minaretes que sobrepasan la catedral, con la intención de ocultarla y hacerla más pequeña».

En la actualidad, los misioneros y misioneras combonianos en El Obeid no son tan decisivos como lo fueron en el pasado, porque la Iglesia local se ha desarrollado y ha asumido el protagonismo. Y eso es siempre una buena noticia. Pero los combonianos no están ociosos, la misión continúa. El Hno. Cerri colabora en la administración económica de la diócesis; los padres Feliz y Faustin apoyan la pastoral y van allí donde se les solicita; y el P. Luigi, a sus 70 años, se ha inventado una nueva misión. «La mayor parte de los 41 años que llevo en Sudán he trabajado en las escuelas, sobre todo en Port Sudan. Cuando llegué aquí, descubrí que había dos pequeñas comunidades cristianas fundadas en el año 2000 pero que estaban un poco abandonadas. Se llaman Rahad y Umruwaba. Están a unos 50 kilómetros de la ciudad y allí voy a menudo para encontrarme con la gente de una manera muy sencilla. A veces paso semanas enteras y me siento un misionero feliz».


El Hno. Agostino en Malbes. Fotografía: Enrique Bayo



Malbes

Otro de los quehaceres de la comunidad es gestionar Malbes. Se trata de un terreno a 18 kilómetros al sureste de El Obeid, donde Comboni fundó una zona agrícola para ayudar a familias cristianas. En 1883, la revuelta islámica lo arrasó completamente, pero en los años 90 se hicieron investigaciones para encontrar el lugar y los combonianos y combonianas lo compraron. «Este terreno forma parte de la historia del cristianismo y de la familia comboniana. Queremos hacer de él un lugar de peregrinación que recuerde la presencia de un poblado cristiano en medio de África ya en el siglo XIX», dice el Hno. Cerri.

Regresamos a Jartum reconfortados por el testimonio de estos misioneros, felices y creativos en medio de una realidad difícil. La nueva carretera que une El Obeid con la capital sudanesa estaba cortada a causa de las fuertes inundaciones y tuvimos que volver por la misma que habíamos venido. Pasamos miedo. Parece que nadie ha explicado a ciertos conductores sudaneses que las luces largas deben apagarse cuando te cruzas con otro vehículo.  

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