Seynabou Diouf

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Policía especializada en abusos y agresiones sexuales

Es una de las 1.323 mujeres policías de las misiones de paz de Naciones Unidas, que representan a cerca del 15 % de los cascos azules policías desplegados en el mundo. «Lo que hace un hombre, una mujer puede hacerlo mejor», sentenció en una de las entrevistas que concedió el pasado mes de noviembre, tras ser reconocida como la mejor mujer policía de la ONU en 2019. Un galardón que llega después de haber ejercido durante más de 30 años en la policía de Senegal, su país de origen –fue la primera mujer que se incorporó al cuerpo–, y de haber servido en las misiones internacionales de paz y seguridad de la ONU en Darfur (Sudán), Malí y República Democrática de Congo (RDC).

Quería ser médica pero las necesidades económicas de su familia –tiene más de 20 hermanos– le obligaron a presentarse a las primeras oposiciones disponibles, y así pasó a formar parte de los «guardianes de la paz», bajo el paraguas de la Policía Nacional senegalesa. Seynabou Diouf (Dakar, 1959) entendió desde sus primeros servicios que la violencia contra las mujeres y la situación vulnerable de las niñas sería su leitmotiv.

«Hay que contar con mujeres policías en la lucha contra los abusos y la explotación sexual porque cuando has sido herida o violada, cuando estás bajo algún tipo de presión, prefieres hablar con una mujer que jamás te preguntará qué llevabas puesto. Porque incluso si estabas desnuda, eso no es una llamada a la violación», explicó Diouf a El País. Categórica y convincente, considera que el trabajo sobre el terreno, conociendo a las personas a las que la ONU debe ayudar, le ha permitido plantear estrategias realistas que desbloquean situaciones complejas. «No habrá paz sin desarrollo», comentó en el vídeo de presentación de su candidatura para el galardón. Y el tan manido «empoderamiento de las mujeres» cobra todo su sentido en una labor que Diouf desempeña con esmero. La formación y el apoyo logístico son claves, y así es como ha comprobado que mujeres que no tenían más salida que la prostitución o la mendicidad, sometidas a normalizados abusos y agresiones sexuales, han sido capaces de creer en ellas, aprender un oficio y convertirse en autosuficientes. 

Desde Kiwanja, a 80 kilómetros de Goma (RDC), donde forma parte de la MONUSCO (Misión de Estabilización de la ONU en RDC), Diouf cree que no hay que bajar la guardia ante los buenos resultados obtenidos. Entre 2014 y 2016 se registraron 98 casos de abusos y explotación sexual por parte de personal de la ONU, pero desde 2018, cuando llegó a la Misión, hasta la fecha no ha habido ninguna denuncia. Con ese logro en la manga demuestra el impacto positivo que tienen en las comunidades donde trabajan, lo que les permite generar una red de mujeres que confían en ellos.

Asegura que su biblia son las resoluciones y los informes de los secretarios generales de la ONU, la referencia de cómo deberían hacerse las cosas, y lo que le ayuda a no perder el rumbo ante situaciones complejas. Lo cierto es que en la extensa carrera profesional de Diouf existe una coherencia que no elude la autocrítica, y en la que el mayor aprendizaje es que hay que llegar hasta el fondo. Por eso, cuando en Darfur los hombres le prohibían hablar con sus mujeres, ella les convencía iniciando la conversación con recomendaciones de higiene y educación, y cuando se quedaban solas, pasaba a hacerlo sobre violencia de género.   

Ilustración: Tina Ramos Ekongo

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