Silencio en Kibeho

Por: Javier Fariñas - 10/11/2016

Por Javier Fariñas Martín

 

[En la fotografía superior: Una mujer llena botellas de agua en la Fuente de María]


El camino que conduce a Kibeho (Ruanda) está plagado de carteles que anuncian el lugar donde se produjeron las únicas apariciones marianas reconocidas por la Iglesia en África. Lo que no indican los letreros es el dolor que sufrió este pueblo en el que, entre 1994 y 1995, murieron miles de tutsis y hutus, cuya memoria todavía rezuma dolor.

 

No juegan sobre césped artificial. Ni con botas de fútbol lujosas. El balón, como lo demás, es rudimentario. Bajo la enésima colina ruandesa, un grupo de chavales juega al fútbol en una hierba natural que crece al compás de la lluvia, de la que cayó ayer y que, seguro, volverá a jarrear a la población esta tarde. El cielo, negro como el pasado, así lo presagia. Dos palos como postes y uno como travesaño hacen las veces de portería.

 

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Un grupo de chavales juega al fútbol junto a la parroquia de Kibeho / Fotografía: Javier Fariñas Martín

Son pocos chicos, ocho o nueve. Juegan a meter gol a un mismo portero que defiende la integridad del marco contra todos ellos. Aunque no es día lectivo, cuatro de ellos van ataviados con la indumentaria propia de los días de clase. Pantalón gris y jersey verde. El resto viste desigual. Regates para acá y para allá, con rivales a ambos lados, enfilan la portería y disparan. Una y otra vez.

¿El resultado? A veces, gol. A veces, fuera. Como no hay red y juegan solo con un balón, tras cada tanto o después de cada fallo hay que correr tras la pelota que, cobarde, parece que huye de unos chicos que no se cansan nunca.

Golpean y regatean, eso sí, casi en silencio, en un escenario que hace juego con lo que ladera arriba se vive en la parroquia de María Madre de Dios. Es Kibeho. Es el Día de los Fieles Difuntos.

Los días especiales no tienen que ir marcados con un color diferente en el calendario. No es necesario que Ruanda interprete como especial el 2 de noviembre. La memoria colectiva de este país es poco selectiva. Día de Difuntos. Todo está demasiado cercano en el tiempo como para haber olvidado. Es, sin declaración alguna, un día propicio para callar. Para recordar. Para rezar. Para el silencio. En la calle, en el improvisado campo de fútbol. Y en la iglesia.

Tocan las campanas y las puertas del templo están abiertas. Pero no se produce el esperado aluvión de fieles. No es esta en Kibeho una de esas celebraciones masivas a las que nos han acostumbrado muchas comunidades subsaharianas, donde el fervor hace buena masa con el número de fieles. A esta hora, el atrio de la parroquia de Kibeho es un sirimiri de personas. Llegan salpicadas, minuto a minuto. Poca gente, en definitiva. Comienza la celebración, y uno ­tiene la ­impresión de que si no fuera por el coro, podíamos estar ante la Misa de cualquiera de nuestras parroquias un día de diario. Muchos bancos vacíos. Algunos, arrumbados contra una pared. Mucha ausencia, en fin.

Llama la atención lo que podría parecer, a simple vista, desapego. Preguntamos. El Día de Difuntos la Misa más participada es la que se celebra con la salida del sol, a horas intempestivas para nuestros usos y costumbres. Al terminar, se abre para quien quiera –o pueda pasar– el memorial que recuerda lo que en estas tierras aconteció entre 1994 y 1995. Hay muchos difuntos en este pueblo de los que acordarse.

 

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Fotografía: Javier Fariñas Martín

 

 

No es fácil pasar al memorial a una hora no prevista. Ubicado en el lugar donde estaba el altar mayor, la dificultad estriba en la carga emocional pero también en la logística, porque quien custodia las llaves que abren la puerta al recuerdo es reacio a dejar franca la entrada si intuye que quieres husmear. El responsable de la custodia de ese lugar tarda en llegar y negocia con el vicario parroquial en ­kinyaruanda las condiciones para el acceso. Nada de fotos. Nada de preguntas. Nada de eternizarse ahí. El acceso no deja lugar a dudas. El suelo de una sala rectangular sirve como lugar de reposo de un montón de cuerpos momificados, con signos de aquello que se vio hace 22 años. Un pequeño pasillo, a la derecha, conduce a un osario. Frente a los huesos un cartel con el lema que propuso el Gobierno de Paul Kagamé en el vigésimo aniversario del genocidio: Recuerda 20, escrito en la lengua local. Difícil no hacerlo ante esta imagen. Difícil no hacerlo cuando está tan cerca en el tiempo.

Aquí pasan a rezar los vecinos de Kibeho el 2 de noviembre, tras la Misa matinal. Con todo el día por delante para masticar la bilis.

 

 

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Una familia de pigmeos túas espera la llegada de peregrinos al santuario de Kibeho para pedir limosna / Fotografía: Javier Fariñas Martín

Las cicatrices en la pared

En Kibeho, en 1994, se había levantado uno de los campos de refugiados más grandes del país –hay quien dice que el más ­grande–, con capacidad para unas 100.000 personas. Y los interahamwe aprovecharon esta coyuntura para cebarse con la población. Entre el colegio y la iglesia murieron unos 30.000 tutsis. El templo acogió a muchos de los que huían con la convicción de que lo sagrado del lugar impediría que las milicias hutus avanzaran hasta allí. Pero lo utópico se hizo real. Abrieron agujeros en los muros del templo y acabaron con la vida de los que allí se refugiaban.

El cuerpo de muchos, o lo que queda de ellos, descansa en el memorial de la iglesia, o en el público, situado pocos metros antes de alcanzar el templo. Memoriales para un mismo dolor. Todo sirve para recordar lo que allí ocurrió, como si fuera un conjuro para que no volviera a suceder. Sirven los restos humanos, como también la reparación de aquellos muros abiertos de par en par, pintados ahora de color morado. El color del duelo y de la muerte en la pared, como si fueran una estola o una casulla a ojos vista de quien por allí se acerca, casi siempre en silencio.

Como la memoria es selectiva, nos quedamos con el horror del genocidio. Pero apenas pasaron 12 meses desde aquel primer fogonazo de horror cuando el 22 de abril de 1995 los soldados del Ejército Patriótico Ruandés, aquel que había llevado hasta el poder a Paul Kagamé, abrieron fuego contra los miles de desplazados –ahora ­hutus– que intentaban alcanzar el campo de refugiados. Aquella operación –eufemismo que pretendía ocultar una matanza, una más– trataba de “separar a la fuerza a los presuntos autores de crímenes de aquellos que eran inocentes”.

Como la historia la escriben los vencedores, el Gobierno cifró en 300 el número de víctimas. Otras fuentes no gubernamentales elevaron la cifra hasta los 8.000. Sin embargo no son pocos los que dicen que ambas se quedan cortas con lo que allí sucedió.

Estos muertos hutus no computan en esa historia del genocidio, pero son también víctimas de aquel conflicto en el que murieron hombres y mujeres de ambas comunidades, a pesar de que el relato oficial solo incluye entre las víctimas a los tutsis y entre los victimarios a los hutus. Una historia incompleta, partidista y falaz que, dos décadas después, no ayuda a cicatrizar heridas. Es una historia que echa sal sobre las llagas.

No es la ruandesa una sociedad demasiado bulliciosa. A diferencia de lo que ocurre en el vecino del sur, Burundi, donde el jolgorio acompaña cada curva del camino, en Ruanda todo está más ordenado, más controlado, más serio –dirán algunos–. Más silencioso, sin duda. No son pocos los que señalan como causa primera de ese silencio el miedo a hablar, el temor a la represalia política, a la presión directa o indirecta que ejerce ese Gran Hermano ruandés que ha levantado, con el paso del tiempo, el presidente Kagamé. Nadie puede levantar la voz contra la mutilación de parte de esa historia que se escribió en Kibeho. Muchos solo pueden rezar a sus muertos y recordar que antes de que la mecha prendiera alguien se había encargado de advertir lo que iba a suceder.

Un país que no escuchó
El 28 de noviembre de 1981 una alumna del colegio de Kibeho, ­Alphonsine Mumureke, manifestó haber visto a una mujer de gran belleza que se presentó a ella como Nyna wa Jambo, como la Madre del Verbo. Otras dos jóvenes, ­Marie-Claire Mukangano y ­Nathalie Mukamazimpaka, también manifestaron recibir los mensajes de la Virgen. Estos hechos se sucedieron a partir de entonces con intervalos más o menos ­espaciados hasta el 28 de noviembre de 1989. El 15 de agosto de 1982, Nyna wa Jambo anticipó a las videntes lo que ocurriría entre abril y julio de 1994. Personas que se mataban entre sí. Hombres y mujeres decapitados. Muertos sin sepultura… Aquella visión duró ocho horas. El llamamiento a la conversión no tuvo eco por parte de la audiencia. Es posible que el brillo de las entonces supuestas apariciones –verificadas y aprobadas por la Iglesia en 2001– dejaran de lado un mensaje que trágicamente se convirtió en realidad. Hoy no falta quien dice que “si solo hubiéramos escuchado…”. Palabras que subrayan el dolor de un pueblo que no supo detener aquello que 12 años antes les habían predicho.

De la parroquia al santuario

Las apariciones no se produjeron en la parroquia. Hay que atravesar el pueblo para llegar a la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, el templo erigido en el lugar donde estas tuvieron lugar. En el trayecto que va de un templo a otro, uno se encuentra –como en cualquier lugar destino de grandes peregrinaciones– con tiendas donde venden desde rosarios a literatura religiosa. Se ve también algún que otro hotel –aunque modesto– y mucha gente que pide limosna a los peregrinos que se acercan al lugar. En este caso, la mayoría de los que requieren alguna moneda son pigmeos túas, una pequeña comunidad que se extiende entre Ruanda y Burundi (ver MN febrero 2016 pp. 34-41), los pobladores originales de esta tierra, que han quedado fuera de cualquier avance. En muchas ocasiones, para los túas de Kibeho el único futuro pasa por la mendicidad; por rascar algo de los bolsillos de los peregrinos que llegan hasta aquí, muchos de los cuales han arrancado su viaje en cualquier rincón del continente.

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Una mujer habla por teléfono junto a las muestras visibles de los huecos por los que los interhamwe entraron a la iglesia en 1994 / Fotografía: Javier Fariñas Martín

El complejo mariano, denominado Santuario de Nuestra ­Señora de Kibeho, además de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, acoge también una serie de obras pastorales y sociales cuyo funcionamiento depende de la diócesis de Gikongoro, pero para la que también se cuenta con algunas congregaciones religiosas. En marzo de 2003 la Iglesia local firmó un acuerdo con la Sociedad del Apostolado Católico, los conocidos como Palotinos, para la gestión del santuario, cuya actividad no se limita al culto, sino también al desarrollo de diversas obras sociales, entre las que destaca el grupo escolar Madre del Verbo, una escuela cuyo origen se remonta a 1967 y en cuyo interior se produjeron las apariciones.

Pero además del mapa humano y de la ingente obra social, los pasos del peregrino que llega hasta aquí pueden alcanzar la denominada como Fuente de María, de la que los lugareños dicen que brota agua milagrosa. Es un manantial a los pies del santuario al que se desciende por un sendero empinado y estrecho.

La fuente, que repleta de agua una piscina natural, sirve de lugar de ocio y entretenimiento para varios chavales que se solazan en un baño eterno, o de marco para aquellos novios que quieren inmortalizar su enlace con un retrato frente a un lugar muy vinculado con las apariciones. Después de una de ellas, Alphonsile comenzó a pedir a la Virgen que hiciera brotar un manantial milagroso que nunca se secara. Aunque la petición no se cumplió, las apariciones posteriores estuvieron marcadas por la lluvia. Y la fuente no es más que el agua que baja por la colina donde Nyna wa Jambo se mostraba y hablaba a las tres jóvenes. Muchos de los que consideran bendita esta fuente, bajan al lugar con botellas vacías que llenan copiosamente.

Los peregrinos que llegan al santuario, o al menos una parte de ellos, tienen la oportunidad de encontrar a Nathalie, una de las videntes, que permanece en Kibeho. Vive en una pequeña casa en el santuario, donde se dedica a acoger a los peregrinos que vienen a rezar.

Otra de las videntes, Alphonsine, es religiosa carmelita y está en una comunidad en Costa de Marfil. La tercera, Marie-Claire, fue asesinada en la parroquia de Kibeho. Encontró la muerte tras aquellos huecos que hoy, pintados de morado, recuerdan lo que allí aconteció hace más de 20 años.

El 2 de noviembre, Día de Difuntos no es una jornada especial en el santuario. Hay poca gente. Muy poca. Las oraciones llegan silentes a su destino. Es casi la hora de comer, y solo los túas que piden algo de limosna, o de caridad, a los pocos que entran o salen de allí, dan algo de movimiento a un sitio casi desierto. Aquí no hay chavales jugando al fútbol, como junto a la parroquia. Aquí solo queda el silencio. Que no es poco para un día como hoy.