Sin escuela, sin paz, sin futuro

jcr    Por José Carlos Rodríguez Soto

 

Arnold tiene nueve años, y lleva cuatro meses sin apenas salir de casa. Ni a la escuela, ni a jugar con otros niños. Su barrio de Bangui nunca ha sido de los más conflictivos, pero cuando empezaron los íltimos enfrentamientos el pasado 26 de diciembre las bandas armadas descendieron a su calle y atacaron algunas casas donde pensaban que podían encontrar dinero, ademas de saquear oficinas de algunas ONG situadas en la zona. Arnold no está en una cárcel, pero su vida –como la de numerosos niños de la capital centroafricana- no se diferencia mucho de la de un prisionero.

Conocí a Arnold a finales de 2012. Entonces vivía en otro barrio mas periférico y frecuentaba una escuela donde el maestro podía repetir la misma lección una y otra vez durante varias semanas. Ya en aquella época, UNICEF alertaba de que uno de los indicadores de alarma en el país era su bajísima escolarización: cerca de la mitad de los niños no estaban escolarizados. “Y los que frecuentan la escuela, lo hacen en condiciones deplorables”, me dijo por aquellas fechas el arzobispo de Bangui, monseñor Dieudonne Nzapalainga. “Hace poco fui a visitar una de mis parroquias –me contó en aquella ocasión- y me acerqué a ver una escuela del pueblo. Había 300 niños debajo de un árbol con un maestro a su cargo; les miré con pena y me dije a mi mismo: estos son los rebeldes de mañana”.

Como ocurrió con muchos otros niños de su país, Arnold perdió aquel año escolar. En marzo de 2013, los rebeldes de la Seleka entraron en Bangui a sangre y fuego, y cuando parecía que las cosas se estabilizaban un poco, la capital fue atacada por las milicias anti-Balaka, que convirtieron a los musulmanes en su objetivo a abatir. Durante 2014, consiguió sacar el curso escolar a trancas y a barrancas, y en junio de este año le dieron vacaciones. El curso de este año tenía que haber empezado a principios de septiembre, pero fue retrasado varias semanas, y tras los últimos acontecimientos violentos que ha sufrido la capital, la mayor parte de las escuelas no han abierto aún sus puertas. El lunes pasado, su abuela lo mandó a su nuevo colegio, pero al llegar le dijeron que se volviera a casa porque las aulas siguen ocupadas por numerosas personas desplazadas que han huido de sus hogares y aún no se atreven a volver.

En numerosos barrios, los padres no se atreven a dejar que sus hijos salgan a la calle, porque se han dado casos en los que las milicias reclutan a numerosos niños a la fuerza. Así que el muchacho, que no tiene muchas alternativas, pasa la mayor parte del día ayudando a su abuela en las tareas domésticas. En sus ratos libres, coge trocitos de alambre y modela… tanques y fusiles. Es su única distracción.

Viví en el norte de Uganda cerca de 20 años, durante la guerra en la que el LRA asoló la región. Sin embargo, me acuerdo muy bien de que en medio de aquel horror, por lo menos tanto el gobierno como las comunidades locales, apoyados por la comunidad internacional, realizaron enormes esfuerzos para que los establecimientos escolares siguieran funcionando. Aquella tenacidad dio sus frutos: primero, porque es muy difícil que un joven que emprende sus estudios pueda tomar la decisión de unirse a un grupo rebelde, puesto que ha enfocado su vida hacia la educación. Además de eso, subió la moral de la población que veía que, a pesar de toda la violencia que percibían a diario, un día acabaría la guerra y los jóvenes que tenían estudios reconstruirían lo que había sido dañado durante aquellos años.

Cuando veo a Arnold sentado en el patio de su casa modelando armas en miniatura con alambre muriéndose de aburrimiento, pienso en mis dos hijos de cinco y siete años que todos los días corren contentos al llegar a su cole, que pueden comer en su casa y volver por la tarde a las aulas para después de las cinco ir unos días a fútbol, otros días a guitarra y otros a kárate con su kimono blanco, y que prácticamente cada sábado tienen un cumpleaños, que viven en un barrio donde hay dos parques con columpios y los domingos van al cine a ver la última maravilla en 3D. Y cuando, alguna vez, se quejan de algo, les digo que no saben la suerte que tienen de vivir donde viven y de poder estudiar, comer cuatro veces al dia, realizar actividades de ocio y sobre todo saber que cuando salen a la calle no tienen que temer que nadie vaya a hacerles daño.

Espero que un día República Centroafricana, donde actualmente vivo y trabajo, pueda vivir en paz, y que los que dirijan el país y sus donantes internacionales piensen mucho más en la educación. Un país donde los niños no pueden frecuentar las aulas será siempre una bolsa donde cualquier líder sin escrúpulos pueda coger a infinidad de jóvenes para fanatizarlos y arruinar su vida.

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