«Tienen esperanza, y no lo dicen sino que lo viven»

Por: Javier Fariñas - 22/08/2018
Juan Pablo López Mendía, misionero en Benín
En un camino de ida y vuelta que ha durado 21 años, Juan Pablo López Mendía salió de tierras riojanas con destino Benín. Dos décadas más tarde vuelve a Calahorra, donde trabaja en la Parroquia de los Santos Mártires. En ese trayecto ha participado en la última Campaña contra el Hambre que organiza cada año Manos Unidas.
¿Qué es para usted Fô-Bouré?

Una suerte de Dios. Una suerte de Dios.

Después de 21 años allí, ¿ha pasado ya el luto del regreso?

Hombre, yo estoy en La Rioja. Aquí se vive muy bien, y estoy al lado de mi madre, de mis hermanos, de mis sobrinos. ¿Cuesta? Tampoco puedo decir que cueste, porque esto es lo que hay. Dios está en todos sitios. Estaba allí y tenía una parroquia, y ahora trabajo en otra parroquia. Cada una con su proceso de aprendizaje: allí cuatro años para aprender la lengua, y aquí también el tiempo necesario para ver cómo va esto. El parón por la lengua en Benín no es en realidad un parón por la lengua, es un parón de cabeza. Por qué ríen. Por qué lloran. Qué les mueve el corazón. Dónde tienen lo fundamental de la persona.

¿Son muy diferentes los motivos por los que ríen, lloran o se emocionan en Fô-Bouré que en Calahorra?

En una ocasión, durante una entrevista, dije que allí se ríen más, y en Calahorra me preguntaban si es que aquí no ríen… Allá la muerte y la vida están juntas, están pegándose. Aquí nos están obligando a creer, o nos estamos creyendo, que hay una gran distancia entre vida y muerte aunque en realidad no la hay, no la hay porque todos morimos igual. Allá, sabiendo que la muerte está tan encima todos los días, las ganas de vivir son mayores, porque sabes que la vida se te va. Ser conscientes de que la vida es un regalo que se va, te hace aprovechar la vida.

Vuelvo a su tiempo de aprendizaje. Ha dicho en alguna ocasión que hay que aprender que, a veces, no se sabe hacer nada.

Lo de la lengua ya sabía que iba a venir y, además, es inmediato: una noche te empiezan a hablar y no sabes nada. El problema fueron las enfermedades. De los 21 primeros meses allí, estuve 14 enfermo: tifoideas, diarreas, malarias, yo qué sé… Con la lengua no vales nada, pero con lo único que te queda, que es el cuerpo, tampoco. No te queda nada.

Un grupo de mujeres transporta agua en Fô-Bouré, un pueblo al norte de Benín. Fotografía: Manos Unidas

La realidad impone un ejercicio de humildad radical.

Sí, y se produce cuando ves que esto es obra de Dios, y es obra de Dios con esa gente que me enseña, que quiere que aprenda, que tiene paciencia conmigo.

El Papa Francisco dice que la esperanza es la virtud del pobre. ¿Eso cómo se aplica en Benín?

Están esperanzados. Eso, unido a la fe, provoca que cuando uno se puede desanimar y venir abajo, siempre creen en un mañana mejor y luchan por ello. Mira que hay palos y palos todos los días por enfermedades, por tragedias, por dificultades económicas…, pero ellos me han enseñado a tener mucha más esperanza.

Simplificando mucho, ¿ellos tienen esperanza en la vida y nosotros en tener un móvil nuevo?

Bueno…, ahora lo del móvil se está metiendo mucho allí también. Pero la esperanza viene por otro tema. El hecho de tener hijos, tanta juventud, es fundamental. Tienen esperanza en un mañana mejor y eso no lo dicen, sino que lo viven, es innato.

¿Por qué tenemos menos esperanza que ellos?

Porque pensamos que no la necesitamos. Tenemos de todo ya… ¿Esperanza de qué?, si ya tienes todo. ¿Qué me falta? Tengo los hijos que quiero, tengo trabajo, ¿qué me falta? Luego el fin de semana me voy a un sitio, me voy a otro, a otro… De vacaciones a Japón,  Hawái o a China. ¿Qué más necesito yo? Pensamos que tenemos todo a mano, pero resulta que cuando suceden cosas que nos llevan la contraria decimos «esto no me lo esperaba», «esto, ¿por qué?», «¿por qué Dios se ha olvidado de mí o por qué me tiene que pasar esto a mí?». Entonces es cuando nos quedamos desnudos. Se ha perdido un poco lo trascendente. Todo es concreto.

Hace unos meses el P. Mussie Zerai, Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2017, nos recordaba que la edad media europea era 25 o 30 años más elevada que la africana. La vida, querámoslo o no, está en el continente africano.

Lo rubrico a pies juntillas. El 60 por ciento de la población de Benín tiene menos de 21 años, eso es vida. Antes era una vida con muchos más condicionantes, pero ahora la gente ya va a la escuela y tienen un acervo cultural y una visión de ir a más.

El fenómeno migratorio, además de zarandear el discurso político, nos pone ante un espejo incómodo de mirar, hace que nos preguntemos por qué la gente se juega la vida por un futuro mejor. ¿Tiene eso que ver con una falta de esperanza intrínseca en las sociedades occidentales?

Sí, sí, es ese materialismo que nos hace ser conscientes también de que tampoco tenemos la panacea de nada… y si viene alguien de fuera igual nos lo quita, o nos recortan el trabajo, o las prestaciones sociales… No creo que al final la migración introduzca en nuestra sociedad mayores ganas de vivir, una mayor esperanza. Me extrañaría.

Cuatro hombres tratan de arreglar la bomba de agua. Fotografía: Manos Unidas

¿El fenómeno migratorio en Benín es significativo?

Benín es Cotonú, Porto Novo, Uidah, la costa, y luego el resto. Mi gente ni se lo plantea, es como si a mí me hablan de Honolulú. ¿Qué se me ha perdido a mí en Honolulú? En el sur del país hay mucha gente, la densidad de población es tremenda y las posibilidades muy pocas.

En la presentación de la última Campaña contra el Hambre organizada por Manos Unidas, en la que participó, se aludió a una serie de proyectos financiados por esta organización en su zona que han supuesto un cambio radical en ese entorno. ¿Al final el objetivo es que la gente sea consciente de que no es obligatorio migrar para encontrar un futuro?

La clave es esa, porque en la zona rural hay para comer, que es lo más importante. Si tienes para comer… Luego está la cuestión tecnológica. Tener acceso a Internet es muy importante porque antes la zona rural estaba aislada, pero ahora podemos estar en Fô-Bouré, un lugar perdido en la sabana, donde no llega el asfalto ni correos, pero con acceso a todo lo que está pasando en el mundo. Y luego inculcamos a la gente joven que ellos pueden ser artífices del desarrollo de su propio pueblo, como un campo de energía solar construido por chavales de 20 años. Ya no se trata de seguir tirando de azada como hacían sus padres para ver si con suerte y un poco de agua sale algo, sino que tienen más campo. Hace falta que esa gente esté ahí. Si algo tiene esto de bueno es que lo hace la gente local: se rompe una tubería, la arreglan; se rompe un panel solar, lo arreglan; la gestión, cobrar… todo ellos. Y en cada pueblo, esa es nuestra opción, tiene que haber gente que dinamice cada pequeña comunidad, sin esperar al alcalde. El departamento de Parakou está en otra película y el Gobierno de Benín, ni te cuento.

Nos obsesionamos tanto con el derecho a migrar, que nos olvidamos que también existe el derecho fundamental a quedarse y prosperar en tu tierra.

El planteamiento es que nadie quiere migrar. ¿Yo dónde quiero estar? Con mi gente, en mi clima, con mi comida, con mis tradiciones. El que migra es por otras cuestiones, porque se le impone, algo que le obliga a hacerlo. Y cuando estás fuera lo que piensas es cómo volver. Todos necesitamos un arraigo, somos lo que somos y venimos de donde venimos. Eso es así: nadie quiere estar en España cuando es de Benín. Nadie quiere estar fuera de casa, es un trago amargo.