Tombuctú, de la tinta al píxel

Documentos recuperados.
Por: José Naranjo - 13/02/2018
Malí restaura los documentos amenazados por el yihadismo.

 

Fotos: José Naranjo

 

Más de 350.000 manuscritos del norte de Malí se restauran y digitalizan en Bamako tras escapar del radicalismo yihadista.

Hawa Traoré, con mascarilla y guantes de plástico, coge aquella hoja con extremo cuidado, como si fuera un valioso tesoro. Con un pequeño cepillo de dientes va retirando el polvo para después pasarle un algodón empapado en agua y alcohol con el que elimina los hongos. Tras este proceso, la seca con la ayuda de un ventilador. Hawa y sus dos colaboradoras repiten el proceso 325 veces, tantas como páginas tiene este libro. Decenas de miles de legajos aguardan su turno, pero no hay prisa. Los viejos papeles de ­Tombuctú han aguardado siglos en silencio. Ahora, ¿por qué correr?

Esta es la filosofía de la oenegé Savama-DCI (Salvaguarda y Valorización de los Manuscritos-Defensa de la Cultura Islámica), la encargada de custodiar los 377.491 libros antiguos sacados de Tombuctú en 2012 y que ahora, gracias a un ambicioso proyecto apoyado por numerosos organismos internacionales, se están restaurando, catalogando y digitalizando para su preservación, pero también para su uso por investigadores de todo el mundo. Hawa Traoré tiene razón. Es un verdadero tesoro y hay que hacer las cosas con delicadeza.

En un viejo inmueble de dos plantas de una apartada calle del barrio de Bako Djikoroni, en Bamako, sorprende la estampa de decenas de motos aparcadas en la puerta. Pertenecen a los 80 trabajadores de Savama que cada día se desplazan hasta aquí, entre ellos la propia Hawa Traoré, sorteando los numerosos baches y socavones que abundan en las calles de tierra de la capital maliense. En la primera planta, donde está la sala de encuadernación, el ajetreo es constante. Un equipo de jóvenes confecciona las cajas de cartón donde se guardarán los manuscritos para su conservación definitiva, en una constante lucha contra el tiempo y los elementos.

 

Abdelkader Haidara en la sede de Savama. Fotografía: José Naranjo

Una huida discreta

La operación de traslado de los legajos tuvo tintes épicos. Ya en enero de 2012, cuando estalló la enésima rebelión tuareg, los propietarios de las más de 40 bibliotecas particulares que existían en Tombuctú empezaron a inquietarse. Los independentistas habían unido sus fuerzas a varios grupos yihadistas que operaban en la zona y su avance era rápido. A principios de abril la rebelión controlaba el norte de Malí y los extremistas se habían hecho fuertes en esta ciudad.

Discretamente, a lomos de burros, en pinazas a través del río Níger bajo cajas de frutas y verduras, camuflados en los portabultos o debajo de los sillones de ajados autobuses, los papeles fueron saliendo de la ciudad. El coordinador de todo aquello fue Abdelkader Haïdara, propietario de una de las bibliotecas y fundador de Savama. Ahora, los manuscritos se custodian en seis apartamentos de Bamako cuya ubicación se mantiene en secreto por razones de seguridad. Desde esos emplazamientos son trasladados hasta Bako Djikoroni por lotes. En los últimos cinco años el trabajo ha sido inmenso. «Hemos catalogado más del 60 por ciento de los libros y la digitalización alcanza un 25 por ciento. La crisis del norte de Malí nos ha dado la oportunidad única de reunir todos los manuscritos en un solo lugar para que sean correctamente identificados y leídos. Estamos descubriendo cosas que ni siquiera sabíamos que existían», asegura Haïdara.

El primer paso es la limpieza, de la que se encargan la pulcra Hawa Traoré y su equipo. Luego entra en acción una unidad de paginación integrada por ocho personas y coordinada por Mohamed Konaté. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de estos libros tienen las hojas sueltas y hay que verificar si llegan en el orden correcto. «Con un lápiz las vamos marcando en la esquina superior derecha», explica. La tercera etapa es la identificación. «Creamos una ficha de cada libro en la que incluimos la fecha, el autor, el tema, el número de páginas, la biblioteca a la que pertenece», añade Konaté. Para ello cuentan con tres ordenadores.

 

Cajas para documentos.

Trabajadores elaborando cajas para guardar los documentos. Fotografía: José Naranjo

Una vez limpios, paginados e identificados, los manuscritos pasan a la sala de lectura. Un equipo a las órdenes de Hassan Haïdara se encarga de leer todos los libros de la primera a la última página. «Hemos encontrado auténticas joyas, las más antiguas del siglo XIII, y muchas obras de autores andalusíes, sobre todo de derecho islámico», asegura. Todos los que se encargan de este cometido son arabófonos y eruditos conocedores de la cultura islámica antigua. Con la información obtenida de una lectura más exhaustiva se completa la ficha y se entra de lleno en la última etapa: la digitalización.

Para ello, Savama cuenta con dos estudios equipados con ordenadores y cámaras de última generación donde trabajan unas 12 personas al mismo tiempo. Allí, rodeados de gruesas cortinas que impiden el paso de la luz solar, el silencio solo se rompe con el sonido de los aparatos fotográficos. Un programa informático se encarga de ordenar y almacenar todas las páginas en un servidor externo. «Cada operario puede fotografiar unas 500 páginas por día», asegura Lancinet Traoré. Posteriormente, los manuscritos se meten en las cajas confeccionadas en la planta baja y se almacenan en una sala a una temperatura constante de 19 grados y a un 57 por ciento de humedad, gracias a climatizadores y deshumificadores que funcionan las 24 horas del día.

Lectores.

El equipo de lectura de los documentos . Fotografía: José Naranjo

 

La destrucción en Tombuctú

A finales de enero de 2013 las tropas francesas y malienses que entraban en Tombuctú tras nueve meses de ocupación yihadista se llevaron una desagradable sorpresa. Unos 3.000 legajos antiguos guardados en el centro Ahmed Baba habían sido quemados por los radicales antes de escapar hacia el desierto en una especie de acto de desesperación y rabia. Al igual que hicieron con una treintena de mausoleos o con la puerta del Fin del Mundo de la mezquita Sidi Yahya, los radicales quisieron destruir este legado único. Pero no lo consiguieron.

Aquellos manuscritos, perdidos para siempre en su soporte físico, habían sido ya digitalizados y, por tanto, la información que contenían estaba a salvo. La imagen de los papeles quemados fue la mejor prueba de que sacar la gran mayoría de manuscritos de la ciudad había sido la mejor idea y de que la digitalización es imprescindible para evitar su pérdida definitiva. La última amenaza son los radicales, pero el clima extremo, las malas condiciones de conservación o los insectos llevan años castigando a este legado maravilloso.

«Nuestros miedos estaban justificados y las bibliotecas no volverán a Tombuctú hasta que se den las condiciones de seguridad. De momento, está siendo una fascinante aventura», asegura Abdelkader ­Haïdara, «cada día nos encontramos cosas nuevas, temas, autores o incluso lenguas africanas como el peul, el bámbara, el songhai o el tamashek que se usaban para escribir tratados de Teología o todo tipo de apuntes comerciales y correspondencia. La mayoría están en árabe, pero estas lenguas africanas también están apareciendo con una frecuencia mayor de la que esperábamos».

 

Manuscritos.

Algunos manuscritos conservados en Bamako. Fotografía: José Naranjo

 

Centro del conocimiento

Tombuctú fue siempre un cruce de caminos. A tiro de piedra del río Níger pero asomada al ­Sahara, en el siglo XIV se convirtió en un centro de aprendizaje y conocimiento. Durante más de 300 años una enorme cantidad de libros eran copiados allí por el encargo de sabios o santones, manuscritos que luego pasaban de padres a hijos y que conforman el núcleo central de sus bibliotecas.

Los manuscritos más antiguos datan del siglo XIII y los más recientes son del XIX, cuando aún se transcribían a mano. La temática es diversa, desde anotaciones comerciales, libros de viajes y genealogías, hasta crónicas, teología, filosofía, derecho islámico, poemas, tratados de literatura, astronomía o una gran cantidad de libros sagrados. Durante generaciones, los habitantes de la ciudad conservaron estos papeles, conscientes de que allí estaba recogida parte de su historia.

Diversos imperios ocuparon la ciudad, los mandingas, los songhais, los marroquíes, los franceses, pero su increíble capacidad de resistir todos los golpes dotó a Tombuctú y sus habitantes de un espíritu especial. Cuando los islamistas radicales decidieron instalarse allí en abril de 2013, una vez más la ciudad se dobló como un junco y aguantó. Nueve meses después, tras la liberación, muchos pensaron que la pesadilla había terminado. Miles de refugiados regresaron a sus hogares y el comercio se reactivó. Sin embargo, Tombuctú hoy es una sombra de lo que fue.

Los soldados de Naciones Unidas apenas pueden mantener la seguridad dentro de la ciudad y a pocos kilómetros de ella se impone la ley del más fuerte. Diferentes grupos armados compiten entre sí por hacerse con el control de las rutas de la droga, de la gasolina o del tabaco. El contrabando florece y los ataques y atentados que generan la inestabilidad necesaria para este boyante negocio están a la orden del día. Y aún así sus habitantes aguantan. Su estrategia de poner los manuscritos a salvo es solo una muestra más de su afán de supervivencia.

 

 

Limpiando manuscritos.

Hawa Traoré limpia uno de los manuscritos conservados en Savama. Fotografía: José Naranjo

 

Mientras tanto, en Bamako, a punto de cumplirse el desafío de tener catálogos completos de todas las bibliotecas y de que los manuscritos estén digitalizados, el siguiente problema ya está tocando a la puerta. Investigadores de todo el mundo, sobre todo de países árabes, ya han mostrado un enorme interés por acceder a esta documentación. «Existe una enorme y creciente demanda para consultas, pero también para exposiciones. Tenemos que abrir nuestros viejos manuscritos al mundo, pero no de cualquier manera», añade Haïdara.

Con el objetivo de fijar unos criterios de acceso y unos protocolos de uso se celebraron en 2017 en Bamako unas jornadas de sensibilización y estudio de la utilización de estos legajos que contó con la asistencia de expertos venidos de terceros países, investigadores y los propietarios de las bibliotecas, celosos de preservar un tesoro que durante tantos años han custodiado con esmero.

El proyecto cuenta con el apoyo financiero de un sinfín de organismos e instituciones de todo el mundo, desde Unesco hasta la Fundación Ford, pasando por el Gobierno alemán, la Fundación Gerda Henkel, el Hill Museum, la cooperación suiza o la MINUSMA. Aún así, el presupuesto es insuficiente para la titánica tarea. Desde 2014 se han invertido unos 750.000 euros anuales, no solo para el trabajo en Bako ­Djikoroni, sino también para la restauración de una treintena de bibliotecas en las regiones de Tombuctú y Segou, con la mente puesta siempre en que los papeles puedan volver a su lugar original cuando ello sea posible.

Otras ciudades y pueblos del Sahel desde Mauritania hasta el norte de Nigeria conservan antiguos manuscritos. Pero la concentración y calidad de los de Tombuctú es insuperable. Poder contar con una copia digital de los mismos para extraer todo el saber antiguo que atesoran es una oportunidad para el conocimiento. «Sabemos que es una tarea histórica que le ha tocado a nuestra generación», remata Haïdara, «durante siglos estos documentos han estado ahí, esperando su momento, gracias a la paciencia, prudencia y empeño de miles de hombres y mujeres que los guardaron. Ahora pondremos todo de nuestra parte para que su esfuerzo no haya sido en vano».