Tradiciones

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Su padre insiste en que es una vergüenza que su marido no haya pagado la dote. Llevan tiempo casados por lo civil y no deberían demorar mucho más el matrimonio tradicional que «al final es el que cuenta delante de los ojos de nuestra gente». Relata los apuros que pasa cada vez que va al pueblo y la familia le pregunta que por qué retrasan tanto el acontecimiento, y él no sabe qué responder. 

El marido dice que no le importa hacer todas las ceremonias tradicionales y pagar las cabras, el vino de palma y el dinero que se requiere en esos acontecimientos para cumplir con la tradición y que los familiares dejen a su suegro respirar.

Pero la hija afirma que no quiere que ningún hombre pague dote por ella. Argumenta que esa ceremonia tradicional no deja de ser una compraventa y que los maridos, una vez satisfecho el precio impuesto por la familia, tienden a pensar que la mujer les pertenece. Al fin y al cabo la han comprado y han pagado, y se sienten con derecho a exigir de ella todo lo que se les antoje: que cocine, que lave su ropa, que críe a «sus hijos»… 

Ella declara que el matrimonio es una cosa de dos que se unen libremente y en igualdad de condiciones y obligaciones, por eso no quiere celebrar la ceremonia tradicional. Con los papeles del ayuntamiento le basta. 

Los familiares del pueblo persisten en su cerrazón. Ese casamiento no es válido para ellos y si no comen la dote, no darán el visto bueno a la unión. Ella les echa en cara que eso es lo único que les importa: repartirse el dinero, hacer fiesta, beber. Porque luego, si tuviera algún problema con su marido, harían como siempre han hecho los ancianos del pueblo: decir que la mujer tiene que obedecer a su hombre, hacerle feliz y someterse a él; que una vez casados ya no hay vuelta atrás. Ellos dicen que así ha sido siempre desde que el mundo es mundo, que las tradiciones existen para dar estabilidad y mantener la armonía, que por eso no se pueden alterar y el que lo intente debe abandonar el pueblo y ser condenado al ostracismo.

Ella se reafirma en sus tesis. Lleva toda la vida estudiando, ha terminado su doctorado, tiene un trabajo que le permite mantenerse sin depender de nadie, y si se ha casado con su marido es porque le quiere. No necesita de la aprobación de su familia para ser dueña de su propia vida. Cree que ya es hora de poner fin a todas esas tradiciones elaboradas para mantener una sociedad machista y patriarcal en la que la mujer es privada de la mayoría de sus derechos. Asegura que no está sola en su lucha, que cada vez son más las mujeres que opinan como ella y se afanan por reivindicar los derechos que les pertenecen, y que si eso conlleva terminar con tradiciones milenarias, acabarán con ellas.

En la imagen superior: Una mujer detrás de un puesto de venta de cestos en la ciudad de Bahir Dar (Etiopía). Fotografía: Eduardo Soteras / Getty

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