Un auténtico hijo de dictador

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Parece difícil encontrar a una persona que se haya metido mejor en el personaje que le ha asignado la Historia que el ínclito Teodoro Nguema Obiang Mangué, conocido como Teodorín.


El hijo del no menos ilustre Teodoro Obiang Nguema, a la sazón presidente hasta que el cuerpo aguante de Guinea Ecuatorial, bien podía haber salido filósofo, intelectual o deportista de élite. Pero no. Confirmando los peores augurios genéticos, el vástago Teodorín, vicepresidente primero y general de división de las fuerzas armadas terrestres de su país sin pasar por cabo furriel, cumple a la perfección el rol previsto. Es un auténtico hijo de dictador.

De chaval ya apuntaba maneras. Claro que a ver quién era el maestro que metía en vereda al primogénito del Elegido. Quizás con el ánimo de mejor explotar sus capacidades, fue matriculado en una prestigiosa y carísima universidad de Malibú, en Estados Unidos, lo que le permitió frecuentar las tiendas de lujo y comprar coches de alta gama mucho más
que malgastar su tiempo en un aula, que como todo el mundo sabe son solo para pringaos. Así y todo, se consiguió el objetivo inicial. Fue allí, en el país de la libertad –que además es el gran consumidor del petróleo ecuatoguineano–, donde las capacidades de Teodorín alcanzaron su cénit y donde puso los primeros ladrillos de su trabajada reputación.

Es difícil calcular su patrimonio. No solo Lamborghinis, Maseratis o el famoso guante de cristal de Swarosky de Michael Jackson. Se trata de un rosario de mansiones en EE. UU., Sudáfrica o Francia, yates de lujo, un sello discográfico propio y hasta un minisubmarino con pinta de tiburón. Sus fiestas y sus derroches dan la vuelta al mundo. En 2018 lo pillaron en un control aeroportuario en Brasil, donde patrocinaba una escuela de samba, con más de 16 millones de dólares y una maleta cargada de joyas. Dinero en efectivo para sus gastos corrientes podría haber dicho.

Fruto de su intensa actividad crematística, que ha compaginado con finura con los puestos de ministro de Bosques, vicepresidente segundo y ahora vicepresidente primero de Guinea Ecuatorial, la Justicia de varios países como Sudáfrica, EE. UU., Suiza o Francia le persigue desde hace años por blanqueo de dinero. Ahora, un tribunal de París le ha condenado a pagar una multa de 30 millones de euros por blanqueo de dinero. Y eso que su padre, cómo no, había acudido al rescate moviendo los hilos diplomáticos necesarios.

Todo esto podría ser incluso gracioso si fuera el guión de una película tipo El príncipe de Zamunda. Sin embargo, la desgracia de Guinea Ecuatorial es que los fajos de billetes que Teodorín gasta en chicas de compañía y aviones privados por el mundo proceden de la riqueza natural de un país que está siendo esquilmada por una sola familia, a la vez que la gran mayoría de sus habitantes malvive en la pobreza y la penuria, oscura y triste, de una tiranía que dura ya demasiado mientras los ojos del mundo bailan en otra dirección.

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