Un edén que ya no existe

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La medicina veterinaria impulsa la conservación de la naturaleza

Los parques naturales y las reservas privadas de Sudáfrica tienden, cada vez más, a limitar su espacio a través de vallas. Esta práctica induce a un control artificial de la naturaleza que ayuda a mantener el equilibrio y que, a su vez, genera una mayor conciencia sobre el cuidado animal y la preservación del medioambiente.

Acaban de completar la primera parte de su viaje a Sudáfrica. Llegan al aeropuerto O. R. Tambo de Johannesburgo desde Port Elisabeth con las imágenes en la retina de los rinocerontes a los que han ayudado a cortar los cuernos –de forma responsable y como medida para evitar la caza furtiva– en una reserva de la zona semidesértica del Karoo. Es un grupo de diez jóvenes recién licenciados o que cursan los últimos años de Veterinaria. Provienen de varios puntos de España, Canadá, Reino Unido, Rumanía y EE. UU. Junto a la organización hispano-sudafricana Wild Spirit están comprobando en el terreno las dificultades y cambios que experimentan los animales en su hábitat natural.

Por el curso teórico-práctico profesional, creado hace una década por Fabiola Quesada y Brendan Tindall, veterinarios especializados en fauna salvaje, han pasado más de 250 personas. Dos veces al año organizan un viaje en el que pasan por situaciones reales de cuidado de la fauna salvaje y en cautividad. Gracias a la cantidad económica que aportan, se paga el trabajo de los profesionales en el terreno, realizando consultas necesarias para los animales. «Es un sistema en el que todos ganan: mis clientes, porque mi tiempo y mi trabajo para tratar a los animales de la reserva lo pagan los estudiantes, y estos, porque tienen acceso a una experiencia única. A veces tenemos que cambiar el programa. Ellos se adaptan a lo que yo deba hacer, y si hay una emergencia vienen conmigo», apunta Tindall. 

En los siguientes días vivirán la campaña anual de esterilización de elefantes, la operación a leonas salvajes para limitar el número de crías que tendrán, y también a leonas salvadas de zoos y circos europeos a las que practicarán una castración total porque no tiene sentido que tengan crías tras haberse -recuperado de condiciones físicas extremas. Además, harán una revisión exhaustiva a leopardos, sacándoles sangre para conocer su ADN, pesándolos, midiéndolos y comprobando el estado de su piel, una información que después se utilizará para cruzarlos y que tengan crías nacidas en cautividad pero capaces de sobrevivir algún día fuera de las jaulas.



Peter Caldwell con una alumna durante la esterilización de una leona en Welgevonden. Fotografía: Carla Fibla García-Sala


Medicina veterinaria

«La medicina puede usarse de formas muy diferente en la práctica como doctor o como veterinario. No significa que te dediques únicamente a suministrar medicinas, sino que analizas a un animal desde la perspectiva médica, su fisionomía, su anatomía, la nutrición, y das consejos o les diagnosticas teniendo en cuenta esos principios médicos. Partimos de nuestros conocimientos médicos y medioambientales, y los aplicamos a la conservación para ayudar a que se mantenga la especie animal y se tomen decisiones que les beneficien», continúa Tindall.

Es un trabajo en equipo, entre los propietarios de las reservas naturales –extensiones privadas en las que los dueños deben cuidar de la fauna que vive allí–, las personas que observan a diario los posibles cambios y el comportamiento de los animales, y los profesionales, veterinarios y conservacionistas, que tienen en cuenta que se mantenga el equilibrio natural del hábitat. Uno de los conceptos que se analiza desde diferentes perspectivas durante el curso es el respeto hacia cada animal: «No hay uno que sea más importante que otro, y nosotros tampoco lo somos en relación a ellos, aunque lo creamos. Hay que tratar a cada paciente con el respeto que merece, tanto cuando lo movilizas físicamente para inspeccionarle o practicarle alguna intervención, como cuando asesoras sobre cómo debe ser su vida», explica el veterinario.

En la actualidad, las limitaciones de la fauna salvaje son una realidad. Apenas existen lugares en el continente africano en los que los animales no estén rodeados por vallas. Y en las últimas décadas, la acción del hombre para evitar que la fauna salvaje destroce sus cultivos o ataque su ganado ha crecido. En las grandes reservas se ha tendido a dividir el espacio para ejercer un mayor control y explotación de sus recursos. El efecto de esta acción, encaminada al mantenimiento de la biodiversidad, es la imposibilidad de que los animales se desplacen con libertad y la necesidad de intervenir por el bien de la flora y de otras especies animales. «No te puedes concentrar en una especie porque, por ejemplo, si dejas que crezca la población de elefantes, destruirán el hábitat, lo que afecta a otros animales pero también a la vegetación. Lo hemos visto en el norte de Botsuana, donde el número de ejemplares ha crecido tanto que los árboles han desaparecido».


Fabiola Quesada en un receso del curso. Fotografía: Carla Fibla García-Sala


Hábitat compartido

«No esterilizamos para tener menos animales y obtener más espacio para los humanos. Es al revés, pretendemos crear más espacio para la fauna salvaje. Porque si miramos atrás,  hace 20 o 30 años teníamos menos espacio dedicado a la fauna salvaje y la conservación del que hay en la actualidad. La gente es consciente de ello, se trata de mejorar nuestra comprensión de cómo gestionar esas áreas salvajes», apunta Tindall.

La intervención humana en la fauna salvaje combina la rapidez con la precisión de la acción. El tiempo al que te limita la anestesia y asegurarse de que, cuando se despierte, el animal no tendrá secuelas o efectos secundarios que afecten a su vida entre la maleza, son factores que crean tensión y requieren una concentración absoluta. La esterilización parcial que practican a las leonas en la reserva de Welgevonden tiene como objetivo que tengan dos en lugar de cinco crías, así las camadas son más fáciles de manejar y siguen cumpliendo con el objetivo de atraer a turistas interesados en el comportamiento de los animales que, en parte, mantienen el lugar.

«Los días en los que los animales podían estar en libertad y reproducirse como querían están acabándose, y si una reserva quiere sobrevivir y justificar su existencia necesita que acudan clientes. Incluso en Kenia o el Serengueti (norte de Tanzania), en espacios abiertos, tienen que intervenir. Existen áreas remotas en Zambia con fauna salvaje, pero cada vez se necesita más que los turistas apoyen la conservación», explica Tindall tras abordar el siempre controvertido tema de la caza, necesario cuando se realiza de forma ética y controlada, pero que sigue siendo una forma más de explotación del continente. «Las reservas no existirían si no fuera por la caza. En el 90 % de los casos no habría un equilibrio de vida salvaje en una reserva si no fuera por la caza que se realiza dentro, porque el propietario de la tierra genera ingresos de esa actividad», concluye. 



Alumnos del curso de Wild Spirit en el Centro de Fauna Salvaje Feracare, especializado en leopardos, durante la anestesia a uno de sus ejemplares. Fotografía: Carla Fibla García-Sala


El curso de la naturaleza

Una de las diferencias entre los animales que viven en parques -naturales, gestionados por el Gobierno, y las reservas privadas, es que la intervención en los que -habitan en las primeras es limitada. No se interviene cuando se hieren de forma accidental o cuando sus vidas corren peligro por su estado físico. Solo lo hacen cuando está en juego la preservación de la especie, como ocurrió con los leopardos o los licaones en Sudáfrica, cuando se los protegió como grupo.

Sam Davidson-Phillips es director de conservación de la reserva de caza de Welgevonden, situada en el distrito de Waterberg (Limpopo, noreste del país). Cuenta con 37.000 hectáreas donde viven 50 clases de mamíferos diferentes, incluidos los llamados «5 grandes» (león, leopardo, elefante, búfalo y rinoceronte). La mañana que comparte con los estudiantes de Wild Spirit comienza muy temprano, preparando bajo las órdenes de Peter Caldwell, uno de los veterinarios más experimentados del país, la mezcla en las jeringuillas que dispararán desde un helicóptero sobre los elefantes. «Realizamos la contracepción en elefantas porque en reservas extensas, como Welgevonden, tenemos una población bastante grande, unos 115 ejemplares, y necesitamos monitorizar su crecimiento por el impacto que tienen en la vegetación, en la destrucción de árboles», explica mientras asegura que el objetivo es alcanzar «el equilibrio entre conservar la diversidad biológica, promover el desarrollo económico y mantener los valores culturales asociados».

«Es interesante que, para mantener la vida salvaje de estos animales, estemos teniendo que manipular su existencia, pero es que necesitan ese espacio para existir», analiza Caldwell tras apuntar a la responsabilidad de los humanos cuando deciden procrear. «Es lo mismo con los leones y los elefantes, ¿por qué no en los humanos? Tiene que ver con el crecimiento de la población.Lo que las personas comen, el aspecto agrícola y la fauna salvaje también están conectadas».

Junto a Davidson-Phillips hay un equipo que se dedica exclusivamente a la biomonitorización de la reserva. Carmen Warmenhove es su coordinadora. Sentada sobre la parte delantera del transporte abierto en el que los estudiantes pasan horas observando la naturaleza, asegura que el monitoreo de los rinocerontes negros y blancos, así como de los depredadores, las especies de presa y la vegetación les permite aportar información con la que se gestiona la reserva. «Así se mantiene el equilibrio, especialmente en las reservas valladas, porque si una población excede cierto tamaño podría generar efectos en cascada perjudiciales para otras especies de animales y plantas», señala.

Una salud

Para Peter Caldwell, que combina sus intervenciones en fauna salvaje tanto en Sudáfrica como en Tanzania, Somalia y otros países del este del continente, con su clínica de animales Old Chapel de Pretoria, «los humanos han intervenido hasta tal punto que han destruido cada parte del hábitat natural, por lo que la fauna salvaje debe ser controlada y hay que intervenir en más de la mitad de lo que ocurre para que funcione de nuevo». 

Caldwell, al igual que los fundadores de Wild Spirit, es un defensor absoluto del concepto One health («una salud», en inglés), en el que se educa a las comunidades para que, por ejemplo, vacunen a sus perros para que no transmitan enfermedades a la fauna salvaje que acabe afectando a los humanos cuando consumen carne de caza. Una labor que se difunde a través del conocimiento, trabajando con comunidades a las que se ayuda a desarrollar aspectos básicos de su vida cotidiana –como el acceso a agua potable o la educación– pidiéndoles a cambio que, en lugar de eliminar a los animales salvajes que destruyen sus plantaciones o matan a su ganado, se impliquen en una convivencia en la que se respete la existencia tanto de los humanos como de los animales y las plantas.

«En la medicina de la conservación nos centramos en la sanidad de la gente y cómo mantenerla también a través de la medicina veterinaria. Es una línea intermedia entre one health y otras disciplinas que intervienen en la protección de las comunidades y de los animales que viven en esos terrenos, una conexión que no es exclusiva de lo veterinario», explica Fabiola Quesada.

Caldwell ha encontrado la clave para los grandes felinos en el estudio de la nutrición de los carnívoros. «Empecé trabajando para el centro de leopardos de Ann Van Dyk, analizando por qué a pesar de darles una buena comida no obtenían los nutrientes que necesitaban para el desarrollo de sus huesos, su crecimiento y la crianza. Y llegué a la conclusión de que hay que mimetizar lo que obtienen en la vida salvaje y dárselo cuando están en cautividad, lo que llamamos el “nutriente requerido”». 

Intervención y cambio

Los expertos coinciden, más allá de los cambios en el clima que se registran de forma cíclica, en que la intervención humana es, sobre todo, la que está dificultando el equilibrio en la naturaleza. «Los humanos deben mantener el espacio para vivir de forma adecuada, interviniendo en momentos específicos y no vallando, como ocurre en Sudáfrica, porque los granjeros no se ponen de acuerdo entre los que quieren permitir la caza controlada y los que están en contra. El gran problema es cuando se corta el movimiento de los animales con vallas», concluye Caldwell. 

«El mundo tiene que entender la necesidad de proteger la fauna salvaje a todos los niveles. Estamos intentando crear una infraestructura para que los veterinarios podamos hacer el trabajo que nos corresponde. Por desgracia, en las universidades no enseñan nada sobre la fauna salvaje. Hay algún congreso…, pero están alineados hacia zoológicos, con mentalidad europea o estadounidense. No existe un congreso sobre África y fauna salvaje», explica Quesada, quien considera que las medidas lentas y a largo plazo que se están ejecutando son insuficientes. 

«El cambio climático está creado por el ser humano, y el exterminio de las especies también afecta al cambio climático. Existen muchos efectos como consecuencia del furtivismo, el aumento de la población, el consumo de fauna salvaje, que es lo que está creando las pandemias actuales, las primeras, porque quedan muchas por venir. Cada vez hay más demanda de proteínas, cada vez hay más humanos, y esas proteínas se buscan en los niveles de producción, en los animales salvajes. Y además, hay un grupo de élite que maneja mucho dinero y que quiere cosas exclusivas, y la fauna salvaje lo es, ya sea viva o muerta», sentencia Quesada.   

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