Un espacio rebelde en un país dictatorial

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El Festival Shoko de Harare cumple una década sorteando la censura

Situado en plena ciudad, aparece como una isla en la que el miedo no existe. Un espacio de creación para que los jóvenes zimbabuenses se encuentren, compartan y aprendan de experiencias externas. Sus armas: el conocimiento, la información y la exposición pública e internacional de sus proyectos.

A partir de las siete de la tarde y durante seis días de finales de septiembre, los organizadores del Festival Shoko (que significa «palabra») lo volvieron a hacer. El llamativo cartel de la décima edición, cargado de colores, dio paso a actuaciones de cantantes de hip hop, a comedia en vivo o a parodias en las que se analiza la cruda realidad de Zimbabue, del sur de África o, incluso, del mundo.

El festival cultural más longevo del país tiene una sede en Harare, la capital, acorde con uno de sus principios inexcusables, la libertad de expresión. Es un espacio abierto y accesible, que llama la atención desde la calle por la estructura, compuesta por contenedores apilados que funcionan como fachada, y entre los que no dejan de circular personas que participan en reuniones o que ajustan los últimos detalles de lo que ocurrirá por la tarde-noche de forma virtual –la covid-19 obliga a ello– mientras se aseguran de que las unconferences («no conferencias») sobre periodismo, tecnología y activismo se desarrollan sin problemas técnicos.

«Creamos hace una década el Festival Shoko para contar con un espacio dedicado al hip hop y la cultura urbana, donde los jóvenes pudieran reunirse y expresarse en un país que tiene poca libertad de expresión. Es un espacio libre en el que se promueven creaciones alternativas», sentencia el músico y comediante zimbabuense Sam Ferai Monroe, también conocido como Camarada -Fatso, conductor del festival y director creativo de Magame Network.

Sentado en el jardín de la sede que tantas visitas de la Policía y los servicios secretos zimbabuenses ha recibido para confiscar material e interesarse por afirmaciones sobre el régimen o el presidente del Gobierno, Ferai Monroe asegura que en los diez años en los que el Shoko se ha consolidado –con más de 10.000 visitas en algunos de los eventos cuando era presencial–, en lo político se ha pasado de Mugabe a Mnangagwa, ambos del ZANU-PF, «la misma ideología con el mismo resultado para los jóvenes: poca libertad de expresión, escasas oportunidades de trabajo y represión, un lugar donde los sueños y aspiraciones de los jóvenes no existen. Un país gobernado por hombres mayores para hombres mayores. Por eso, Shoko es un espacio rebelde en un país dictatorial, para que los jóvenes sean capaces de tener esperanza e intenten formar parte de un cambio que el país necesita desesperadamente».

Desde la demora en la entrega de las autorizaciones para actuar, a la detención de artistas, la lista de situaciones complejas y amenazas vividas en el Shoko es larga, pero -Ferai Monroe recuerda una con media sonrisa: «Un año intentaron acabar con el festival porque decían que habíamos amenazado con asesinar al presidente. En una actuación, un comediante dijo que no estábamos preparados para tener nuestra propia moneda porque no teníamos a un presidente muerto que poner en los billetes… Mugabe seguía vivo en ese momento».



 

Munya Bloggo, coordinador del Hub Unconference, una de las propuestas más destacadas del Festival Shoko. Fotografía: Carla Fibla García-Sala. En la imagen superior, Sam Ferai Monroe, durante la conversación con MN. A la izquierda, el código QR de acceso a la página del Festival Shoko en Facebook. Fotografía: Carla Fibla García-Sala


Arte en la calle

La representación artística tiene un gran vigor en Zimbabue. Es fácil toparse con escultores o pintores que exponen y ofrecen sus obras al aire libre para ganarse la vida. 

«La palabra juega un papel clave en el festival, es nuestra forma de combatir las injusticias. Con los años se ha pasado de la poesía oral y el hip hop a otras formas como la comedia en vivo. Nos interesan las canciones con mensaje, por eso tendemos a una música con conciencia, queremos desafiar y empujar los límites», explica con entusiasmo Ferai Monroe al referirse a los encuentros que complementan al festival. Son conferencias, clases magistrales, discusiones, debates, intercambio de información que, al pasar a un formato en línea han permitido acceder a ponentes y participantes de todo el mundo, «siendo especialmente -interesantes los que participan desde el sur del continente, por cómo pueden ampliar su prisma de -acción».

En la edición 2021, el holandés Smiita James, conocido como SJ Poet, actuó junto al artista local Shaldo, pero fueron las raperas y cantantes de hip hop las que dieron la campanada en una noche en la que demostraron su talento y valentía al seguir el canon que marca el certamen: ejercer la libertad de expresión. «Fue una elección premeditada, una noche para ofrecer un espacio a las artistas underground. Las raperas tienen talento en este país, solo necesitan acceder a una plataforma. La idea era darles ese altavoz para que inspirasen a otras niñas y adolescentes que quieran involucrarse en el hip hop». Ferai Monroe recuerda con satisfacción el alcance obtenido y los mensajes recibidos, igual que ocurrió el año pasado cuando un artista peúl negro tuvo una intervención políticamente muy comprometida. «La repercusión fue enorme en las redes sociales, algo que celebramos, porque se trata de dar espacio a jóvenes para que se expresen y desafíen al Gobierno, a los poderosos», concluye. 

Transferencia cultural

-Munya Bloggo, coordinador del Hub -Unconference en la Semana de Medios Digitales, supervisa el encuentro virtual del día. Bloggo participó en la edición de 2014 y ganó una beca que ofrecía el certamen. «-Organizamos talleres, clases magistrales, discusiones, traemos a periodistas de diferentes partes del mundo, promovemos el encuentro con estudiantes, para conocer qué les preocupa, en qué están trabajando. Se comparte mucha información», enumera Bloggo, que se refiere al intercambio de percepciones sobre el periodismo de datos, la codificación o la interpretación de datos oficiales para contar historias. «Estos dos últimos años online nos han permitido acceder a especialistas en desarrollo de Nigeria, blogueros de Zambia, o crear una convención con discusiones en las que participan expertos desde Europa junto a los del sur de África». 

Uno de los eventos más relevantes de esta edición ha sido el debate entre cinco alcaldes de ciudades de Zimbabue, al que se conectaron varios miles de personas. «Somos un festival de cultura urbana. Los medios y el arte conducen los hábitos de consumo, las redes sociales, los macrodatos… Los creadores deben conocerlos y saber cómo usar las plataformas para aprovechar al máximo Internet, conocer las leyes que les afectan. Deben tener una perspectiva completa», explica Bloggo. 

La acción y repercusión de Shoko no se limita a una semana de actividad al año sino que, a través del canal digital Magamba TV, utilizan la comedia y la sátira para «establecer conversaciones más complicadas, que lleguen a la gente joven, explicar conceptos difíciles a través del humor para educar a nuestra audiencia, ser incisivos con nuestros políticos. Por ejemplo, tenemos un programa en Zimbabue, Zambia, Nigeria y Somalia donde, a partir de debates reales que transcurren en la Cámara Baja, intentamos acercar a la gente las propuestas de ley planteadas, usamos las redes sociales para amplificar lo que esta pasado, hacer que comprendan lo que esas leyes implican en sus vidas», concluye.

La selección de artistas y el planteamiento del Shoko no lleva a equívocos. Crear conciencia política y social, involucrar a la comunidad y demostrar que se pueden dirigir al poder para exigir sus derechos, son los objetivos principales de un certamen que encuentra cierta protección con el reconocimiento internacional. El Shoko equilibra la represión oficial con el sarcasmo y la ironía de sus propuestas. Es una forma de sobrevivir en un país donde, tras 40 años de independencia, sus ciudadanos solo tienen un canal de televisión analógico. Lo digital, es otra historia. 

 

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