Un espejo roto

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El Renacimiento de Harlem un siglo después



Por Alfonso Armada

El barrio de Harlem recuerda, un siglo después y en plena crisis racial, la vigencia de un movimiento cultural sobresaliente

El Renacimiento de Harlem, el gran barrio que debe su nombre a una ciudad holandesa y que mostró el vibrante resurgir del arte y la cultura negros en el Nueva York de los años 20 del siglo pasado, parece hoy día un espejo que sirve de contraste al formidable malestar que vive la comunidad afroamericana en tiempos de Donald Trump y de pandemia. Cada nuevo episodio de violencia policial sume en la perplejidad. Si cuando los linchamientos eran moneda común, la gente se fotografiaba con sus mejores galas y sus hijos ante el negro colgado y carbonizado, linchado por la multitud, y convertía esas fotos en postales que circulaban por EE. UU., ahora los vídeos sirven para verificar hechos que, de otro modo, seguirían siendo objeto de ideológica controversia. Y alimentan la llama de una indignación que acaso anuncie un renacimiento, no sé si artístico como el de Harlem, pero sin duda profundamente político. 

Los vídeos de George Floyd y de Jacob Blake, otro ciudadano negro que recibió siete disparos por la espalda, casi a bocajarro, de un policía blanco podrían servir para una nueva serie de Disparates de Francisco de Goya. O para darle una vuelta ultracontemporánea a la serie de Dibujos de negros que en los años 30 le sirvió a Alfonso Daniel Rodríguez Castelao para plasmar a su paso por Nueva York su indignación ante las injusticias de un pueblo que, en su desgracia, le recordaba a su Galicia natal. 

Hay que agradecerle muchas cosas a la sobre todo, pero no solo, fotógrafa Mireia Sentís. Pocas figuras públicas en España han prestado más atención de manera más constante que ella al mundo negro en EE. UU. Su Biblioteca Afroamericana de Madrid –ahora hospedada en Ediciones de Oriente y del Mediterráneo– es un manantial en el que quien quiera beber refrescante conocimiento de los negros encontrará con qué saciarse. Y para celebrar en este extrañísimo 2020 los 100 años del llamado Renacimiento de Harlem, nada mejor que zambullirse en el tan excitante como revelador Cuando Harlem estaba de moda, del historiador David Levering Lewis. Ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer, ya en el prólogo deja claro desde dónde escribe para que nadie se llame a engaño acerca de este «movimiento artístico y literario del Nuevo Negro, centrado en Harlem», que ha sido «celebrado en canciones, conmemorado en antologías y capturado en exposiciones». 



El teatro Apollo de Nueva York, a principios del siglo XX. Fotografía: Getty



Una respuesta elitista

Del mismo modo que en España se ha tratado de celebrar la cultura gitana ensalzando sus contribuciones artísticas en torno al flamenco y el arte jondo, pero dejando de lado el trasfondo racista que, como recordó en más de una ocasión Juan Goytisolo, brota cuando se duda de su españolidad a pesar de que lleven más de 500 años viviendo en la península, como si fueran extranjeros, como si fueran refugiados, algo semejante entrevió Levering Lewis. Para él, «el Renacimiento de Harlem se revela como una respuesta elitista de un grupo formado mayoritariamente por afroamericanos universitarios de segunda generación y en general acaudalados; una respuesta al cada vez más crudo racismo de la época, al aterrador sionismo negro de los seguidores de (Marcus) Garvey y al más remoto, aunque no menos aterrador, llamamiento del marxismo». En su documentadísimo ensayo, Levering Lewis hace hincapié en que este «nacionalismo cultural de salón» dirigido por los líderes de los derechos civiles pretendía mejorar las «relaciones raciales» en un momento de tensión y retroceso tras las mejoras obtenidas por los negros durante la I Guerra Mundial. Recuérdese que muchos negros combatieron en suelo europeo codo con codo con soldados blancos para, al volver a casa, encontrarse con las mismas puertas cerradas por ser negros. Unos 200.000 afroamericanos fueron enviados a Francia, en su mayoría para atender funciones logísticas y de avituallamiento, pero unos 30.000 estuvieron en el frente. Recuerda Levering Lewis las palabras de un blanco de Nueva Orleans ante el regreso de estos combatientes, que desfilarían orgullosos por las calles de Manhattan tras la victoria: «Los negratas os preguntaréis cómo van a trataros cuando acabe la guerra. Os lo diré: van a trataros exactamente igual que antes de la guerra».

El racismo no se desterró tras la Gran Guerra, y no deja de ser trágicamente paradójico que recordemos ahora el primer centenario de ese renacimiento artístico que tuvo su epicentro en Harlem cuando los abusos policiales, sobre todo contra los negros, se han convertido en una epidemia en EE. UU. y el presidente Trump muestra más comprensión hacia los supremacistas y los que se ocultan tras las capuchas puntiagudas del Ku Klux Klan que hacia la Constitución. 

El autor, como muchos otros, no deja de lamentar que aquel impulso que se vivió en Harlem en la década de los años 20 del siglo pasado –que coincidió con otra explosiva bohemia, la de -Greenwich Village, también en Manhattan– «fue en Norteamérica un momento fabulosamente -prometedor para lo que una generación más antigua llamaba relaciones raciales». Pero se acabó defraudando la esperanza de que la confluencia entre los denominados Talented Tenth (los diez talentosos) negros y la Generación Perdida blanca (Dos Passos, Faulkner, Fitzgerald, Hemingway, Steinbeck…) lograra, a través del arte y la literatura, «transformar una sociedad». 

Aparte de comprobar, como décadas después haría la premio Nobel Toni Morrison, cuánto quedaba (y queda) por hacer, sería interesante preguntar cuántos de aquellos talentos negros del Renacimiento de Harlem son hoy reconocidos por quienes viven y experimentan la cultura como una fundamental necesidad humana. Salvo en el caso de figuras del jazz como Louis Armstrong o Duke Ellington, me cuesta creer que grandes escritores como Langston Hughes (sus Escritos sobre España, donde conoció de primera mano la Guerra Civil), Countee Cullen (y su poemario Color), el novelista Jean Toomer (autor de Caña), la antropóloga y escritora Zora Neale Hurston (y su obra Sus ojos miraban a Dios), o pintores tan inconfundibles como Jacob Lawrence o Aaron Douglas, formen parte del entramado mental de quienes a la hora de valorar una obra no se fijan en el color de la piel del autor sino en su calidad intrínseca.



Soldados afrodescendientes desfilan por Manhattan después de la I Guerra Mundial. Fotografía: Getty


El Nuevo Negro

Hay que destacar a la hora de generar conciencia el papel que desempeñó Survey Graphic, revista de análisis social y crítica especialmente interesada en el pluralismo cultural, que publicó en 1925 un número sobre Harlem y su eclosión. Con el título de «Harlem: la Meca del Nuevo Negro», el especial abría con un artículo de Alain Locke, filósofo por la universidad Howard y primer afroamericano que se benefició de una beca Rhodes. En su ensayo, Locke lanzaba una predicción: «Harlem tiene que desempeñar para el Nuevo Negro el mismo papel que jugó Dublín para la Nueva Irlanda o Praga para la Nueva Checoslovaquia». Locke es otra de esas figuras a rescatar del desconocimiento y del olvido. Su ensayo The New Negro fue, según Levering Lewis, su «modesto intento» de crear una obra comparable, al menos en su objetivo, a los Discursos a la nación alemana, de Fichte. Como eurocéntrico sin complejos, Locke intentó «injertar en Afroamérica abstracciones de los nacionalismos alemán, irlandés, italiano, judío y eslovaco», recalca Levering Lewis, que agrega: «Harlem estaba dando la espalda al garveyismo y al socialismo, para mirar boquiabierto y con perpleja admiración a poetas [de la sociedad] Phi Bega Kappa, pintores de formación universitaria, músicos de concierto y dignatarios de los derechos civiles que escribían novelas». Pero enseguida le cede la palabra al propio Locke: «A ningún observador en su sano juicio, por muy partidario que sea de la nueva tendencia, se le ocurrirá sostener que las grandes masas están preparadas. Pero se mueven, se revuelven, están más que inquietas».

A la hora de confirmar el fracaso de las ilusiones desatadas por este renacimiento que no cuajó, el autor de Cuando Harlem estaba de moda lleva a su molino el agua de Langstom Hughes, y en concreto de Oceola, un personaje de su novela Pero con risas, que al comentar la actualidad diaria señala: «¡Y en cuanto a los negros cultivados que sostienen que el arte romperá las fronteras del color, salvará la raza y acabará con los linchamientos son tonterías! Mamá y papá fueron artistas, y los blancos los expulsaron de la ciudad por vestirse de etiqueta en Alabama».



La escritora Nella Larsen, una de las novelistas del Renacimiento de Harlem, recibiendo un galardón en 1928. Fotografía: Getty


La degradación de Harlem

Las páginas más tristes de Cuando Harlem estaba de moda son las del final, las de los dos últimos capítulos: «El declive del barrio» y «Ahora está muerto». La Gran Depresión castigó especialmente la zona, que siguió degradándose durante décadas a pesar de algunos planes de rehabilitación. Cuando llegué a Nueva York como corresponsal, en el invierno de 1999, mi curiosidad y mi instinto me llevaron muy pronto a la calle 125 de Manhattan y más allá, y eso a pesar de que uno de mis primeros amigos en la ciudad, un veterano periodista de la agencia EFE, me dijo que él no se internaba nunca en territorio desconocido, y casi todo lo que existía más allá de la linde norte de Central Park, la calle 110, la gigantesca catedral Saint John the Divine y el gran imam de Harlem era terra incógnita para él. Peligro. Me inscribí en una visita guiada por las pocas mansiones que sobreviven de los años dorados del Renacimiento de Harlem, donde los propietarios mantienen con fervor mobiliario, cuadros, libros, hasta plantas que parecían remitir a un pasado dulce y glorioso. Los grandes clubs de –jazz habían pasado a mejor vida, pero sin embargo Lenox Lounge todavía mostraba un esplendor mortecino (compruebo que ha cerrado definitivamente), y sobre todo Showman’s, que especialmente en sus noches de improvisación y claqué de los jueves se convirtió en cita frecuente y templo de paso obligado para todos los que venían a vernos a Nueva York. 

Veladas de música y calor humano inolvidables, donde el alcohol, el jazz y la camaradería remitían a la gloria del remoto pasado. A una música libre y liberadora que sigue siendo la mejor conexión con aquel Harlem que ya empezaba a estar en el punto de mira de las inmobiliarias, que renovaban un edificio entero, elevaban el precio del metro cuadrado a las nubes y empezaba esa ola que la jerga anglosajona denomina gentrification (gentrificación, que tiene una traducción mucho más elocuente en castellano: aburguesamiento). Suben los precios, se modifica la estructura social, los viejos inquilinos no pueden mantener sus alquileres, y el barrio pierde una esencia que en gran medida ya había perdido. 

A principios del siglo XXI ese cambio era lento, y el viejo y fascinante Harlem, los edificios quemados con todas las ventanas tapiadas, y los locales que trataban de hacerse fuertes y útiles, amén de galerías, restaurantes y algún museo, no lejos del legendario teatro Apollo, trataban de echar raíces ante la ola imparable del dinero.



Mural de Federico García Lorca, de autor desconocido, en la fachada de un edificio de Nueva York. Fotografía: Getty


El poeta y Nueva York

Me lo reprochó una compañera periodista. Tarde o temprano, para todo español que llega a instalarse en Nueva York, el momento Federico García Lorca se convierte en un lugar común. Yo también busqué sus ecos y sus influencias, que eran de alguna forma los de Walt Whitman, el poeta que contenía multitudes. Pero también los de los postreros coletazos de aquel renacimiento negro que Lorca pudo experimentar cuando entre 1929 y 1930 disfrutó de la Universidad de Columbia. Su «Oda al rey de Harlem» sigue resonando hoy como un genuino grito poético, porque de alguna manera pone sobre la mesa la añoranza de un pasado que se les arrebató de cuajo a los negros cuando fueron robados de África y convertidos en esclavos. 

Ese pasado que, pese a las luchas por los derechos civiles, a tanta sangre derramada, sigue siendo una de las grandes cuestiones pendientes del alma y la política estadounidenses. Lo recordaba recientemente el semanario liberal británico The Economist. Los Founding Fathers (los padres fundadores) de la gran democracia estadounidense escribieron que un esclavo tenía tres quintas partes de una persona. The Economist hace examen de conciencia, porque también tiene un pasado, y no siempre impecable, en cuestiones raciales, y recalca cómo en Europa muchos liberales se oponían a la esclavitud, pero apoyaban despóticos mandatos más allá de los lindes nacionales, como hizo en su día el propio semanario, condescendiente con el Imperio británico. De los siete más relevantes padres fundadores, recuerda la revista, solo John Adams y Alexander Hamilton no poseyeron nunca esclavos. Y nueve de los primeros presidentes de EE. UU. fueron dueños y señores de sus negros en mansiones y plantaciones. 

Por eso me gustaría terminar con un fragmento de aquella «Oda al rey de Harlem» que Lorca incrustó en su Poeta en Nueva York, canto desgarrado por tantas heridas abiertas aún allí. El país se encamina hacia unas elecciones cruciales en noviembre. La cuestión racial y el desprecio hacia los negros siguen siendo grandes desafíos de la democracia estadounidense, ahora bajo la égida de un presidente que ha mostrado hacia los negros, los hispanos, los asiáticos, los otros, una desconsideración en la que el fuelle del odio atiza el fantasma del miedo. Pero dejemos que sea Lorca quien despida la noche americana:

«¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
¡No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos, 
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, 
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran prisionero con un traje de conserje!».   

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