Un mapa diferente

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Una mirada al mapa de África hace apenas dos décadas mostraba –con esperanza– cómo los puntos rojos de conflicto se apagaban gradualmente. Dos años de guerra entre Etiopía y Eritrea terminaron con un alto el fuego en el año 2000. Las hostilidades en Liberia y Sierra Leona concluían en 2002 y 2003 respectivamente. En 2002, Angola alcanzaba la paz tras la muerte del líder de la UNITA, Jonás Savimbi; en Costa de Marfil se firmaba un acuerdo de paz en 2004 tras cuatro años de guerra; Sudán ponía fin, en 2005, a décadas de conflicto entre norte y sur. Ese mismo año finalizaban 12 años de lucha fratricida en Burundi y el LRA dejaba de ser una pesadilla en el norte de Uganda en 2006… Las armas se resistían a callar en Somalia y República Democrática de Congo, pero parecían excepciones a la regla. Ya en la década anterior, la paz alcanzada en Mozambique en 1992 como fruto de una negociación brilló como un faro que guiaba a los partidarios del diálogo como solución a los conflictos. 

Al terminar el año 2021, el mismo mapa ofrece un panorama muy distinto. De nuevo se multiplican los puntos rojos: Etiopía se hunde en una guerra civil que comenzó el año pasado en la región norteña de Tigray, Marruecos y el Frente Polisario vuelven a mirarse apuntando las armas, República Centroafricana sigue sufriendo oleadas de violencia provocadas por un sinfín de grupos armados, Chad ha hecho frente a una rebelión venida del sur de Libia, en el oeste de Camerún luchan separatistas y fuerzas gubernamentales, y el yihadismo –con sus múltiples ramificaciones– no ha dejado de crecer desde 2016, sembrando una estela de muerte en Burkina Faso, Malí, Níger, Nigeria, Chad… y ha alcanzado países como Mozambique, adonde nadie podía imaginar que podría llegar. Las guerras de Somalia y República Democrática de Congo van a entrar en su cuarta década. Por si fuera poco, África ha tenido este año golpes de Estado en Malí, Chad, Guinea y Sudán. Y países como Nigeria muestran que, en naciones azotadas por la violencia, hay varios conflictos superpuestos.

Las causas de cada uno de ellos son complejas y merecerían un análisis detallado, pero parece acertado el ya clásico diagnóstico de Paul Collier: los países conflictivos con Estados frágiles, cuando callan las armas, tienen grandes posibilidades de recaer en la guerra. Las intervenciones de la comunidad internacional en el continente, sobre todo de la Unión Africana y Naciones Unidas –con miles de cascos azules en misiones en seis países– han conocido resultados muy desiguales. No basta con desplegar tropas en zonas calientes. Si no se resuelven las raíces profundas de los conflictos, estos vuelven a brotar, pasando del estado latente a estallar abiertamente. El balance poco alentador con el que África termina este año lo ha vuelto a demostrar. 


En la imagen superior, soldados malauíes de la MONUSCO custodian una iglesia católica en Beni (RDC) después de que explotara un artefacto en el templo el pasado 27 de junio. Fotografía: Sebastien Kitsa Musayi / Getty


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