Un reto fallido

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La pujanza de Bobi Wine no logra evitar la reelección de Yoweri Museveni en Uganda

Por Pablo Moraga desde Kampala

Las últimas elecciones han dejado una huella profunda en Uganda. El pasado 1 de febrero, el opositor Bobi Wine pidió al Tribunal Supremo de Uganda anular los resultados electorales. Sin embargo, mientras los jueces ugandeses analizan las irregularidades electorales que los abogados de Wine recopilaron durante las últimas semanas, el presidente Museveni continúa rechazando mantener cualquier tipo de diálogo con los partidos en la oposición y ha defendido su reelección. Además, casi un mes después de los comicios, las redes sociales más populares, como Twitter, Facebook o Instagram, permanecen bloqueadas y una fuerte presencia militar y policial se ha mantenido en buena medida en Kampala y otras ciudades. Después de acusar a los simpatizantes de Wine de intentar deteriorar “la estabilidad” de Uganda, los portavoces de las fuerzas de seguridad insisten en que están listos para aplastar todos los “disturbios”.

El impacto de la bala que provocó la muerte de Ibrahim Mutaasa, un mecánico de 35 años, continúa en la puerta metálica que separa una de las calles más bulliciosas de la capital ugandesa del interior de un taller de coches. Es un agujero diminuto. Nueve milímetros de diámetro: el tamaño de la munición de los AK-47, los fusiles semiautomáticos que usan las fuerzas de seguridad de Uganda.

Mutaasa dejó de respirar el 25 de noviembre. En ese momento, el músico Bobi Wine –que también era el opositor principal del presidente de Uganda, Yoweri Kaguta Museveni– permanecía bajo custodia policial. Las autoridades de Uganda le acusaron de infringir las normas contra el coronavirus durante su campaña electoral, y no tuvieron miramientos con los manifestantes que se opusieron a su arresto. Durante tres días, el mismo tiempo que Wine estuvo detenido, los cuerpos de seguridad dispersaron con munición real todas las protestas: el centro de Kampala, la capital ugandesa, se convirtió en el escenario de una escabechina en la que murieron al menos 54 personas.

El último movimiento de Mutaasa fue un acto altruista. Mientras las fuerzas de seguridad disparaban en las calles, sus compañeros, que estaban escondidos en el taller mecánico desde hacía horas, empezaron a tener hambre. Entonces Mutaasa decidió salir para buscar un poco de comida. Apenas tuvo tiempo para reaccionar: en cuestión de segundos, una bala perforó su abdomen.

Dos meses más tarde, el 14 de enero, los ugandeses celebraron las elecciones presidenciales rodeados de soldados que patrullaban las calles de Kampala caminando en formación militar o en el interior de vehículos blindados, y todas las conexiones de Internet bloqueadas. Pero ni la presencia de los militares ni la muerte de Mutaasa asustó a sus compañeros. Todo lo contrario. El asesinato del joven mecánico ensanchó el deseo de varios de sus mejores amigos para derrocar el régimen del presidente Museveni a través de las urnas.
«Tenemos que votar para terminar con el Gobierno que asesinó a nuestro amigo», me dijo Gladys Mayanja –nombre ficticio para proteger su identidad–.


Bobi Wine durante la rueda de prensa en la que rechazó los resultados provisionales de las elecciones. En la imagen superior: El 14 de enero, los ugandeses acudieron a las urnas. En la imagen, un centro de votación en Kampala, la capital del país. Fotografías: Pablo Moraga



Del gueto a la carrera presidencial

Las protestas multitudinarias del pasado noviembre pueden identificarse como un símbolo del hartazgo de muchos ugandeses hacia el régimen del presidente Museveni, que permanece en el poder desde hace 35 años. Su jefatura comenzó el 29 de enero de 1986, después de liderar una guerra de guerrillas y movilizar a un buen número de civiles. Entonces, aún vestido con uniforme militar, Museveni prometió a los ugandeses restablecer la democracia, construir un gobierno moral y de base amplia, y fundar una nación industrial, moderna y autosuficiente.

Sus conocidos lo describen como un hombre carismático e inteligente. El presidente Museveni consiguió mantener a Uganda entre las diez economías de más rápido crecimiento hasta hace tan solo una década, un logro que menciona a menudo para reforzar su legitimidad. Para muchos, es el único mandatario capaz de liderar un país con un pasado tan convulso –desde 1966 hasta 1986, Uganda soportó cinco golpes de Estado, así como dos regímenes que masacraron a decenas de miles de personas–. Sus mítines parecen los sermones de un abuelo preocupado por el futuro de sus nietos. Pero bajo su liderazgo, una desigualdad creciente ha ensombrecido el desarrollo macroeconómico de los últimos años.
«No tengo miedo. Estoy desesperado por un cambio. Quiero un presidente que se preocupe por nosotros, los que vivimos en el gueto», me dijo Robert Juuko, un estudiante de 20 años que vestía una camiseta con el rostro de su ídolo: Bobi Wine.

Muchos ugandeses pueden sentirse identificados con las historias de la juventud de Wine, que creció en una barriada de Kampala. Tenía nueve hermanos. Su madre intentaba cuidar de todos ellos con un sueldo pequeño, en una casa diminuta. Durante una entrevista, Wine me contó que «la vida en el gueto era dura, pero estoy orgulloso de ella porque creó a un hombre duro dentro de mí». Gracias a ese pasado humilde, además de canciones pegadizas y discursos transgresores que buscaban la unidad de todos los ugandeses para derrotar al presidente Museveni en las urnas, Wine consiguió reunir a millones de simpatizantes.


Elecciones fraudulentas

El 16 de enero, poco antes de las cuatro de la tarde, mientras los medios de comunicación anunciaban en directo la victoria electoral del presidente Museveni con el 58,6 % de los votos, las calles de Kampala comenzaron a vaciarse. Las tiendas del centro de esta ciudad, que normalmente es un hervidero de personas, estaban cerradas. Según los datos oficiales, Wine recibió el 34,8 % de los sufragios. Pero los simpatizantes del músico no podían creer esos números. Estaban decepcionados, enfadados. En una barriada, Jonan Kalinaki –nombre ficticio– me dijo que estaba esperando las directrices de Wine para saber qué pasos seguir. Como centenares de jóvenes, Kalinaki estaba dispuesto a todo.

Pero al cierre de esta edición, Wine todavía no ha hablado. Los soldados bloquearon su residencia y le impidieron cualquier movimiento. Nadie consiguió entrar ni salir de su casa, ni siquiera los periodistas y los miembros de su partido político. En una rueda de prensa anterior, Wine había rechazado los resultados provisionales de los comicios, que describió como «los más fraudulentos de la historia de Uganda».

«Wine tiene razón. No podemos juzgar unas elecciones solo por el día de las votaciones. Teniendo en cuenta los ataques contra los periodistas, los arrestos de centenares o quizás miles de simpatizantes de la oposición por todo el país, o la violencia con la que las fuerzas de seguridad interrumpieron en la campaña electoral de los opositores, estos podrían ser los peores comicios que Uganda ha visto en mucho tiempo», me dijo Nicholas Opiyo, un abogado de derechos humanos que nunca se muerde la lengua a la hora de criticar al Gobierno ugandés.

«Lo sentimos. Uno de nuestros socios acaba de ser torturado por los militares. No conocemos todos los detalles. Tenemos que marcharnos para comprobar qué ha ocurrido». El portavoz del partido de Wine, Joel ­Senyonyi, zanjó con esas palabras su última rueda de prensa, celebrada el pasado 17 de enero, antes de contestar a todas las preguntas de los reporteros. Senyonyi condujo a toda prisa hasta el hogar de su colaborador, al que encontraron temblando de miedo. Mientras escuchaban cabizbajos el relato de su tortura, varios miembros del equipo de Wine no pudieron reprimir las lágrimas. «Esta es una revolución que no puede ser detenida por unas elecciones fraudulentas», añadió Senyonyi.

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