Viaje

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Parece una enorme y pesada serpiente que intenta trepar la pequeña colina. En realidad, es una larga caravana de viejos camiones que, tras dar sus mejores años en algunos países europeos, ahora viven una segunda oportunidad en estas carreteras. Cargados más allá de sus posibilidades, fatigados, resollantes y traqueteantes, expelen negros nubarrones que nieblan la ruta transitada. 


Los restos que caen desde las cajas y remolques forman un reguero que el polvo pronto tiñe de colores ocres y camufla con la sequedad del paisaje a ambos márgenes del camino. Algunos niños y ancianos se afanan en recoger esas migajas de lo que algunos consideran oro blanco.

En cada nuevo cruce de caminos, la fila de vehículos engruesa. De vez en cuando uno de ellos no puede más y se detiene en medio de la carretera. No se orilla. Solo señaliza con ramas su presencia. Un pinchazo o un fallo mecánico pueden retenerlo allí durante días. El conductor lidia con el mecánico mientras los aprendices acampan. Dormitan aprovechando la sombra, juegan a las cartas o comparten té. Otros camiones corren peor suerte y sus carcasas, muchas veces quemadas, se alzan a los márgenes del camino, volcadas o desplomadas por pequeños desniveles.

La ristra de supervivientes prosigue su lento avance. Se aleja de los límites del Sahel, donde familias enteras han cuidado sus plantaciones durante todo un año. Luego, llegado el momento, las ágiles manos de mujeres y niños han separado las flores de los tallos. Grandes montones blancos encallados a las afueras de las aldeas dan testimonio de esa faena mientras esperan a ser oprimidos en las cajas de los camiones que se llenarán hasta desafiar los límites de la gravedad. Cualquier maniobra equivocada podría desbaratar el frágil equilibrio conseguido con tanta habilidad. 

La hilera desciende hacia las urbes que acogen las almarrás o desmotadoras que se encargan de separar la borra de la simiente. Cerca de las factorías, aparcados en los bordes de la carretera y en solares, los camioneros y sus ayudantes aguardan pacientes –durante días o incluso semanas en lo más álgido de la estación de recogida– a que les llegue el turno de descargar su mercancía. Pequeños campamentos surgen en torno a ellos. Vendedores y taumaturgos ofrecen sus delicias y trucos entre los laberintos de vehículos varados.

Una vez alijado, el producto vuelve a los camiones. Ahora los atascos apuntan hacia los puertos donde las balas de algodón limpio embarcan rumbo a China o Europa. En esos destinos son procesadas y teñidas con los colores y diseños tradicionales o de moda. Desde allí, otra nave las regresa a los mercados africanos, donde vendedores y comerciantes vocean desde sus tenderetes o tiendas las grandes cualidades de sus tejidos wax o batick y despachan metros de wrap, lapa, capulana, pagne, sarong… Finalmente, los tejidos transformados por habilidosos sastres adornan los cuerpos de las mujeres y hombres que se afanan en plantar la nueva cosecha de algodón.



Fotografía: Stefan Heunis / Getty


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