Victoria Braquehais: “A mí me educaron para triunfar”

 

 

Una entrevista de Javier Fariñas Martín

Fotografías de Javier Sánchez Salcedo y Pureza de María

 

Como una mera casualidad, antes de iniciar la conversación aparecen sobre la mesa un café de máquina y unas ensaimadas con poco de artesanas. A pesar de lo poco glamuroso del desayuno, Victoria Braquehais lo toma como un guiño a sus orígenes, Palma de Mallorca. Libres de envoltorio plástico, los dulces abren la conversación a Kanzenze, el rincón de República Democrática de Congo donde esta religiosa de Pureza de María ha reemprendido el camino después de comenzar el itinerario por sendas alejadas de lo misionero.

 

 

¿Cómo llega a África?

Llego desde muy lejos. Hay un proverbio africano que dice que si quieres llegar lejos empieza a caminar hoy. Un viaje de 1.000 kilómetros empieza por poner el pie en el suelo. Siempre he sentido esa llamada y siempre me he interesado por África. Entré en una congregación religiosa dedicada a la enseñanza, Pureza de María, y enseguida me ofrecí para ir allí. En 2009 me destinaron a República Democrática de Congo (RDC) y desde entonces estoy en Kanzenze, un poblado al sur, casi en la frontera con Zambia y Angola.

 

Háblenos de Kanzenze, de su gente.

Kanzenze es el poblado que me recibió y en el que sigo desde entonces. Es mi poblado natal en África. Tiene unos 8.000 habitantes muy dispersos, como todo poblado rural, porque no tiene casas altas. Hay muchísimos niños, como en toda África, eso es algo que llama la atención. Hay muchísimos niños y una población muy pobre. Te diría que el 99 por ciento de la población vive con menos de un dólar al día. Pero eso es como el cascarón, aunque a mí lo que me sorprende de ellos es su deseo de vivir, su lucha por la vida, su amor a la vida, a salir adelante, es algo que admiro muchísimo. Cuando veo a las mujeres a las 5 o las 6 de la mañana salir a por agua, lejos, cargadas con los bidones, y te reciben con una sonrisa, eso es algo que me impresiona mucho de África.

 

Mientras los Objetivos de Desarrollo del Milenio se congratulaban de la universalización de la enseñanza en África, hay quien dice que en las zonas rurales eso es todavía una utopía. ¿Cómo ve esta realidad desde Kanzenze?

Vivo en un poblado donde el analfabetismo es muy grande, nueve de cada diez niñas no van a la escuela. Pero no es que no vayan a la escuela secundaria, es que no van a la escuela. Detrás de todo esto está el problema del agua. La educación para todos, aunque la Constitución la contempla como un derecho, está muy lejos de ser una realidad. Además, en las escuelas hay un problema muy grave que es el de la corrupción. Nosotras estamos en una escuela secundaria, y lo que nos ha movido, con el apoyo de Manos Unidas, a reforzar la escuela primaria es que los chicos llegaban al equivalente de Primero  de la ESO con un nivel muy bajo. No saben leer ni escribir, no saben hablar francés. Cuando comenzamos con Manos Unidas el proyecto de la escuela primaria, llegaban a Secundaria tres o cuatro niñas. Ahora, desde esa escuela nos han llegado 32 niñas. Además, desde hace dos años tenemos en clase el mismo número de niños y niñas, y eso es algo increíble. Vamos avanzando, aunque es cierto que las políticas educativas a nivel estatal… dejan bastante que desear.

 

Niños de Kanzenze
Niños con los que trabaja la religiosa Victoria Braquehais en Kanzenze / Fotografía: Pureza de María

 


¿Qué motiva tan baja asistencia de las niñas a la escuela?

La explicación tiene que ver con el agua. Las niñas no van a la escuela porque tienen que transportar agua y porque tienen que quedarse a cuidar de sus hermanos. Además, hay otra visión de la mujer que a veces aquí, en Europa, es muy negativa. La mujer en África es fruto de un contraste. Por una parte, es capital en el hogar, pero también se carga con tantas cosas… Lleva todo el peso. En una familia, cuando faltan medios, siempre va a ir antes al colegio un chico que una chica, pero eso en nuestro poblado está cambiando. El hambre no es solo hambre de comida, es hambre de muchas cosas, pero se puede erradicar si queremos. Eso está cambiando y lo estamos viendo.

 

¿Tiene la impresión de que desde Occidente abrimos poco el foco cuando miramos a un lugar como RDC?

Es difícil generalizar, porque hay gente muy sensibilizada. Me gusta eso que dice el Papa de que el mundo se ve mucho mejor desde la periferia que desde el centro. No es lo mismo ver el mundo desde un hogar de Kanzenze que verlo desde París o desde la Casa Blanca. Es cierto que se produce eso que dices, por lo que es importante que, además de hacer proyectos de desarrollo, se cuide la sensibilización de la población y explicar cosas que uno ni se imagina. Por ejemplo, en nuestra escuela la educación es un derecho básico, pero nos dimos cuenta de que si los profesores no están bien remunerados, si no tienen un salario digno, no ya un salario de lujo… Y vimos que era necesario montar un sistema de microcréditos para que la gente pueda tener asegurado el mínimo imprescindible para vivir, porque con lo que el Estado les da para vivir no tienen suficiente. Hay personas que nos dicen que cómo invertimos en un sistema de microcréditos mientras que los niños no pueden ir a la escuela. Pero, claro, si no hay profesores no hay escuela. Aunque aveces se hace un análisis corto de miras, no lo juzgaría, porque hay cosas que no entiendes hasta que las vives, o hasta que otro que las ha vivido te las cuenta, si tú quieres escucharle.

 

¿Es el Estado el que paga al profesorado de su colegio?

Es el Estado el que, con dificultades, los remunera. Hay veces que cuando llega un profesor nuevo tarda mucho en pagarle. Y luego los padres de los alumnos que, aunque son familias muy pobres, dan una pequeña cantidad al mes para complementar ese sueldo, porque si no los profesores no podrían vivir.

 

 

Victoria Braquehais en Mundo Negro
Victoria Braquehais el día de la entrevista en la sede de Mundo Negro / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

 

¿Cuántos alumnos y profesores tienen?

Tenemos 341 alumnos, aunque llegaremos a 560 porque gracias a un proyecto de Manos Unidas ampliamos la escuela. A partir de ahora también ofrecemos una opción técnica –Comercial e Informática– y eso atrae a mucha gente porque no hay otra escuela informática en toda la zona. Estamos en una zona minera y rodeados de países donde la minería es muy importante, y nadie ofrece esta formación, por lo que este perfil profesional está muy solicitado. En cuanto a los profesores, tenemos 16, aunque cuando terminemos la ampliación habrá 25. Es muy difícil tener profesoras porque no encuentras mujeres capacitadas con los permisos y estudios adecuados, pero este año tenemos ya una docente en plantilla.

 

 

No juzga los prejuicios, el cortoplacismo y la cortedad de miras con la que contemplamos África. ¿Usted llevaba prejuicios al continente cuando llegó?

Ideas prejuzgadas o preconcebidas tenemos todos, porque llevamos un bagaje y una mochila que configura nuestra visión del mundo, aunque no lo queramos. Lo primero que me dio África, la primera impresión, es que mi mundo se desmoronaba como un castillo de naipes. Fue, eso sí, un desmoronamiento en positivo. Muchas cosas que antes no eran importantes para mí, ahora lo son. Y muchas cosas que eran muy importantes, ahora no lo son. ¿Qué me ha dado África? Me ha dado todo. Y el tesoro más importante que me ha dado África es a Jesús, conocer la humanidad de Jesús, porque en Congo, en Kanzenze, la vida se vive al desnudo, la vida es lo que es, sin tapujos y sin distracciones, y eso te pone de frente a lo más profundo. Y en África entras en esa corriente o te marchas.

 

¿En nuestra Europa qué nos distrae?

Cada vez que vengo me impresiona algo. La última vez que vine, en Barcelona me impresionó la vorágine de gente, era como una espiral, gente que estaba muy junta pero que no se comunicaba. En África eso es muy diferente, porque allí la gente se comunica mucho. Ahora lo que me impresiona son los viajes en Metro. Ves muchos rostros, gente con muchas preocupaciones, muchos que no miran porque están pendientes de su teléfono, otros que miran la publicidad, otro que te mira pensando ‘Pero esta monja ¿qué hace aquí?’. Hay una meditación de San Ignacio en los Ejercicios que me gusta mucho, que es cuando la Trinidad ve la redondez de la Tierra y ve unos blancos, otros negros; unos naciendo, otros muriendo; unos en guerra, otros en paz, y dice que hay que hacer una redención del género humano. Esto es lo mismo que decir, en un lenguaje actual, que este es el mundo que Jesús mira hoy. Jesús mira a cada una de esas personas. Como decía mi fundadora, Alberta Jiménez, una persona vale todo. Estamos hablando y mientras te hablo estoy viendo rostros, estoy viendo gente, estoy pensando en nuestros chicos, en sus familias, estoy viendo a la mamá con la que me encuentro por las mañanas, pienso en el otro que lleva sus gallinas al mercado. Y mientras hablo contigo y te miro, estoy viendo a mucha gente, porque aquí estamos todos.

 

Jóvenes de Kanzenze, República Democrática de Congo
Jóvenes acarreando agua en Kanzenze / Fotografía: Pureza de María

Hábleme de uno de ellos.

Te hablaría de Julie, una chica que forma parte de una familia de 6 hermanos, pero su madre la tuvo con otro hombre. A Julie la educó su abuela materna hasta que murió, hace dos años. Pero antes de fallecer le dijo: ‘No te preocupes, porque Dios te ayudará’. Cuando murió la abuela, se fue con su padre, que trabajaba en las minas artesanales, pero cuando perdió el trabajo vino a Kanzenze. En el viaje tuvieron un accidente y aparecieron en nuestro hospital. Gracias a la ayuda de una familia de Valencia que conseguimos a través de las redes sociales, logramos una beca para ella y para sus hermanos. Pero las dificultades no terminaron ahí, ya que el padre era muy inconstante en el trabajo que encontró. No la pobreza, sino la miseria, genera en las personas una visión del mundo, una inestabilidad que es muy difícil de comprender. A Julie la abandonaron el 24 de diciembre. La dejaron sola, se llevaron la ropa, las cacerolas, todo… Y me impresiona ella, igual que me impresiona la vecina que, al saber su situación, la invitó a quedarse en su casa. Es una mujer que se dedica a la prostitución aunque, ante todo, es una persona buena. No sabemos qué hay detrás ni dentro del corazón de cada persona. Y Jeanne, que así se llama la señora, es una persona buena que ha acogido a Julie, que sigue estudiando. Un día en el colegio Julie me contó lo que le había dicho su abuela, y reconoció que en nosotras y en mamá Jeanne veía la ayuda de Dios.

 

¿Qué tenemos que aprender de la sociedad de Kanzenze?

África se levanta y se levantará. Como dice el Papa, África va a ser un pulmón (del mundo). Tenemos que aprender muchas cosas: el africano es un ser humano profundamente espiritual. A pesar de que Occidente está entrando muy rápido, las comunidades bantúes tienen un sentido comunitario muy fuerte. La gente, aunque tenga muchas dificultades, no se crispa. Y es muy bonita la acogida. La acogida en África es sagrada. El encuentro con una persona es muy importante. Si llega una persona a casa todo se para, y si tienes que estar dos o tres horas con ella, estás, y no te preocupas de más. Para mí hay cosas que antes eran muy importantes como la eficacia o la eficiencia, que siguen siendo importantes también porque vivimos en un país muy caótico, pero el encuentro personal…

 

 

Y ahora viene la pregunta del millón…

¿Pero me vas a dar el millón? Me vendría muy bien para unos proyectos…

 

Bueno, de momento le ofrezco la pregunta. ¿Cómo gestiona el tiempo para hacer compatible que todo funcione en el colegio con escuchar y compartir las alegrías y las penas de aquel que toca a su puerta?

Para mí no saltarme las clases es muy importante, aunque la gente llegue constantemente a la dirección. Te hablo de algo concreto: si una persona viene y tengo que estar en clase, el minuto que puedo estar con ella, mirarle a los ojos y decirle que espere un rato o que venga por la tarde, es importante que en ese primer contacto haya una acogida. Si acojo a esa persona para emplazarle a después, ha sentido que es importante para mí. ¿Cómo lo gestionas? No sé. África te educa. Yo no era así.

 

¿Cómo era?

Iba corriendo a las cosas. A veces soy muy rápida haciendo las cosas y me gusta ir de allá para acá, pero África me ha cambiado la vida.

 

Antes hablaba del cambio de valores entre lo importante y lo no importante. Aterrice. Hábleme de eso aplicado a su persona.

Vengo de una familia en la que la formación ha sido siempre muy importante. A mí me educaron para triunfar, para ser la primera de la clase, para hablar un montón de idiomas, para sacar muy buenas notas… Y eso es importante, eso me sirve, son recursos y es una gracia de Dios, pero cuando el Papa habla de la cultura del descarte… En los olvidados de la tierra hay una sabiduría. Por ejemplo, yo tengo un amigo en Kanzenze, Omer, que somos como gemelos, cada uno de un color, pero somos como gemelos. Omer no ha terminado la escuela primaria, pero sabe un montón de cosas. Vamos a la selva y conoce mogollón de cosas que yo no conozco. Omer tuvo un accidente en el que casi perdió un brazo y no sabía cómo iba a alimentar a su familia, pero vas a su casa y te reciben él, su mujer y sus hijos con una alegría y una paz de la que hay que aprender con mucha humildad, porque a nosotros siempre nos sale el lado rana. Cosas que para mí antes eran muy importantes, como el éxito o el triunfo, ahora han dejado paso al encuentro, a la persona. Y cosas que no eran importantes y ahora sí lo son: los detalles y lo concreto en cosas muy sencillas. A veces se nos va la vida en grandes proyectos, pero en África los gestos son de otro modo. Te acostumbras a estar atenta a todo eso. África es una escuela permanente.

 

‘Me educaron para triunfar’. ¿Siente que ha triunfado?

Siento que Dios ha triunfado. Cuando uno se abre a Dios y le busca… Siento que Dios ha triunfado, que la vida es otra cosa, que la vida es lo que es. No es tanto hacer muchas cosas o ser el mejor. La vida no está hecha para competir sino para compartir.

 

En medio de esta vorágine, ¿qué hace aquí? ¿Cuál es el sentido de su paso por España cuando viene?

Más allá de lo coyuntural, ‘más hondo y más adentro’, como dice Reepicheep, la ratita de Las Crónicas de Narnia, creo que siempre estamos donde Dios nos pone, y estamos por algo. Tú y yo nos hemos encontrado hoy, no es una casualidad. Cada encuentro tiene un sentido profundo. Hay algo que yo no sé pero que Dios sí sabe, aunque tampoco me preocupa no saberlo todo.

 

 

Victoria Braquehais en Mundo Negro
Victoria Braquehais en la sede de Mundo Negro / Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

 

¿Ha estado en París?

Sí, cuando estudiaba en Roma me presenté a una beca que concedía la embajada francesa ante la Santa Sede, la obtuve y estuve un mes allí.

 

¿Subió a la Torre Eiffel?

No, porque tengo vértigo y pensé que a lo mejor subía y no bajaba.

 

Sin subirnos a la famosa torre, ¿cómo ve el mundo desde ese París que conoce, símbolo de Occidente, y desde esa periferia llamada Kanzenze?

Creo que en el mundo occidental hay muchas cosas bonitas. La cultura europea tiene muchas cosas muy bellas, como la lucha por los derechos humanos, por cada persona, el respeto a la individualidad, los derechos democráticos. Pero también miramos el mundo con mucha rapidez y con mucha avidez. El 80 por ciento de las riquezas del planeta están en manos de muy poquitos. Además, en Francia me impresionó que hay una descristianización muy fuerte, que ahora se une al conflicto con el extremismo de tinte musulmán… La incapacidad de dialogar y el miedo al otro nos ciegan. El miedo al otro nos vuelve muy agresivos, en contraste con la cultura del diálogo en África, que es muy fuerte, a pesar de los conflictos entre comunidades. Cuando la vida es lo que es, y no depende de las cosas, ni depende de lo que tienes, ni depende de adónde puedas llegar… Eres lo que eres, y ya está. Y no eres lo que tienes.