Vidas paralelas

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Una década de exigencia democrática hermana a Senegal y Nigeria



Por Carlos Bajo Erro



Dos de los países más influyentes de África occidental, Nigeria y Senegal, han vivido historias similares en la última década. El déficit democrático, el excesivo poder de los cuerpos policiales y la falta de expectativas sociales y económicas han provocado la aparición de diversos movimientos sociales que han logrado controlar, con matices, algunos excesos
del poder.

El pasado 6 de marzo, el joven nigeriano Akwinwunmi Ibrahim Adebanjo compartió una fotografía de sí mismo subido en la estructura metálica del puente de Ikom, cerca de la frontera de su país con Camerún. Enarbolaba un mástil en el que ondeaban juntas las banderas de Nigeria y Senegal. Las publicaciones en las redes sociales en las que difundió la imagen iban acompañadas de la etiqueta -#FreeSenegal, que se estaba empleando en ese momento para documentar las manifestaciones que desbordaban las calles de Dakar y otras ciudades del país. Precisamente, Adebanjo había protagonizado uno de los iconos visuales de las protestas de la campaña -#EndSARS, que en octubre de 2020 había paralizado Nigeria, primero como respuesta a la brutalidad policial y más adelante como una crítica al régimen de Buhari, que permitía los atropellos del sistema. -Adebanjo es conocido en las redes sociales como @theflagboii y su silueta encaramada a un puesto de policía con un palo compartido por una bandera blanca con el lema #EndSARS y una nigeriana, durante el bloqueo del peaje de Lekki en Lagos, se convirtió en un símbolo de la contestación juvenil en el país más poblado de África. En realidad, el mástil de @theflagboii es una especie de metáfora de las trayectorias paralelas que ha seguido la movilización popular y la conciencia ciudadana en Senegal y Nigeria en la última década.


Akwinwunmi Ibrahim Adebanjo con una bandera de Nigeria el pasado 11 de octubre, en el primer aniversario de la campaña #EndSARS. Fotografía: Pius Utomi Ekpei / Getty


Vidas paralelas

Con solo cinco meses de diferencia, los dos países de África occidental, que aparecen como líderes regionales en sus espacios de influencia, han vivido las que podrían ser las crisis sociales, políticas e institucionales más serias de los últimos diez años. #EndSARS, en Nigeria, puso contra las cuerdas al Gobierno de -Muhamadu Buhari en octubre de 2020. #FreeSenegal erosionó definitivamente la imagen pública del presidente senegalés Macky Sall desde los incidentes de marzo de este año. Ambas protestas tienen elementos en común, como las nuevas dinámicas de movilización y los actores que han aparecido en la primera línea del compromiso político. Pero es que, además, los dos fenómenos hunden sus raíces en otra ola de contestación que puso las bases de la renovación de la sociedad civil en 2012 y que, en ambos casos, se ha ido prolongando en el tiempo debido a los cierres en falso de diferentes crisis. 

2012 empezó de manera turbulenta en Nigeria. No hubo tregua. El 2 de enero miles de manifestantes se echaron a las calles de Lagos y de algunas de las ciudades más importantes del país sin un plan claro ni una convocatoria precisa. Empezaron a hacer rodar una bola de nieve que pronto se convertiría en el movimiento de protesta -Occupy Nigeria. Era una expresión de la indignación. La chispa había sido la decisión del entonces presidente, Goodluck Jonathan, de suprimir un subsidio a los combustibles que encarecería los -carburantes y haría -inaccesible el transporte para muchos nigerianos. En el primer productor de petróleo africano, la ciudadanía preveía no poder pagar la gasolina. Las protestas se generalizaron, la vida del país quedó suspendida durante más de diez días por los bloqueos de las ciudades y las huelgas de los sindicatos, hasta que las medidas del Gobierno fueron desactivando poco a poco la -movilización. 

Apenas un mes más tarde, los senegaleses salieron a las calles con la misma espontaneidad y la misma rabia. A partir del 27 de enero de 2012, se desencadenó una ola de protestas especialmente intensa en las avenidas y las plazas de Dakar, pero que también se extendió a otras ciudades del país. Fue la respuesta a la decisión del Consejo Constitucional de validar la candidatura de Abdoulaye Wade a las elecciones presidenciales, haciendo una interpretación muy libre de la limitación de mandatos que contempla la Constitución senegalesa. Los enfrentamientos entre manifestantes y policía se reprodujeron casi a diario durante un mes, hasta que llegó el momento de acudir a las urnas. 

La movilización de Occupy -Nigeria bebía, en parte, de un colectivo conocido como Enough is Enough (EiE, «ya es suficiente», en español). Se trataba de una red ciudadana informal que empezó a activarse como consecuencia de la crisis institucional provocada por el traspaso de poder a Goodluck Jonathan y que se formó oficialmente en enero de 2011. En ese mismo momento estaba naciendo Y’en a -Marre («Estamos hartos») en Dakar, un movimiento ciudadano que suponía una forma innovadora de canalizar la frustración de los senegaleses y convertirla en la energía constructiva necesaria para renovar el maltratado edificio de la democracia. Y’en a Marre fue, a partir de entonces, el ariete de la sociedad civil senegalesa contra la voluntad de Abdoulaye Wade de secuestrar el poder. Desde ese momento, la agitación política, el conflicto social y la contestación ciudadana en Nigeria y Senegal han seguido itinerarios paralelos. Nada hace pensar en un vínculo concreto de los dos lados de este juego del espejo, más allá de la coincidencia de las inquietudes de ambas -sociedades. 


Macky Sall en un mitin en el estadio Léopold Sédar Senghor de Dakar, durante la campaña electoral de 2019. Fotografía: Xaume Olleros / Getty

Una crisis perpetua

Sin embargo, los paralelismos no se limitan a esos episodios. La gestión de cada una de las crisis también han ido de la mano durante esta década. Los motivos que sublevaron a nigerianos y senegaleses en 2011 no se han resuelto, se han esquivado, disfrazado u ocultado, de manera que más de diez años después aparecen agravados y enquistados. Las reivindicaciones y las medidas de las autoridades han conducido a un equilibrio precario y a un clima de tensión social que coloca a senegaleses y nigerianos en una camino que discurre al borde del precipicio. Los colectivos que en 2011 recogieron el guante de la indignación de la ciudadanía han marcado el paso de una exigencia recurrente de cambio social. Aquella semilla de EiE se expandió y germinó en diferentes ámbitos de la sociedad nigeriana, dando lugar a espacios de promoción de la conciencia ciudadana y de exigencia de los principios democráticos. Y’en a Marre y todos los círculos que ha promovido constituyen los espacios más críticos de la sociedad senegalesa y, tal vez, el movimiento con más capacidad de movilización en la última década, cambiando considerablemente el ecosistema de la contestación en el país de África occidental.

Entre tanto, otro paralelismo fundamental entre ambos países, han sido sus liderazgos políticos, sobre todo en lo que tiene que ver con canalizar inquietudes de mejora democrática. Tanto en Senegal como en Nigeria, durante esta tumultuosa década, un presidente ha llegado como respuesta a las frustraciones, ha despertado grandes esperanzas y ha acabado generando una sensación de desengaño en la sociedad civil. En 2012, Macky Sall ganó las elecciones en Senegal, apareciendo como la alternativa a un Wade que, a los ojos de la sociedad civil crítica, se había emborrachado de poder y había intentado manipular a su favor las reglas del juego democrático. En 2015, Buhari fue elegido en Nigeria, enarbolando las banderas de la lucha contra la corrupción y del buen gobierno. A pesar de que tanto el prestigio de Sall como el de Buhari se han ido debilitando, en 2019 ambos fueron reelegidos en lo que parecían los últimos estertores de sus apoyos. Su imagen empezó a desplomarse definitivamente ante las organizaciones de la sociedad civil. 

La gestión de los dos Gobiernos no estaba respondiendo a las expectativas, y la crisis provocada por la pandemia ha acabado de apuntalar la sensación de un deterioro de la democracia. En el caso de Senegal, la sociedad civil no terminó de digerir la imposición del toque de queda. La falta de comunicación por parte de las autoridades se interpretó como un ejercicio de fuerza en un momento en el que se requería un clima de unidad nacional. Y’en a Marre, de nuevo, se movilizó inmediatamente, igual que muchos otros actores sociales, para sensibilizar y divulgar las medidas de prevención para frenar la expansión del virus. Sin embargo, muy pronto, el movimiento tuvo que combinar esa estrategia de cohesión social con sus críticas ante la opacidad con la que se estaban gestionando los fondos de respuesta a la crisis y con la denuncia de episodios de aparente corrupción. En el caso nigeriano, la contundencia con la que se empleó la Policía para hacer respetar las medidas adoptadas por el Gobierno, coparon pronto la atención de la sociedad que, en varios momentos, advirtió que estaba siendo más letal que la propia enfermedad. «Mata más la Policía que el virus», repetían organizaciones sociales y medios de comunicación. 

Protesta de la comunidad senegalesa en Madrid el pasado 13 de marzo contra el arresto de Ousmane Sonko. Fotografía: Marcos del Mazo / Getty
Los últimos episodios

Estos contextos excepcionales han sido los últimos pasos hacia los estallidos sociales más recientes, también ocurridos con un cierto paralelismo en los dos países y que, en ambos casos, pasan por ser las crisis sociales más graves de los últimos años. Este último episodio, en la trayectoria de Nigeria, ha sido la movilización en torno a #EndSARS. La protesta se desencadenó en octubre de 2020 por un nuevo caso de abuso policial, recogió la frustración acumulada durante años y fue dinamizada por nuevos actores sociales que hacían que la participación en las manifestaciones se normalizase. La plaga de esa violencia también era una amenaza para todos los nigerianos. La mecha prendió con una velocidad que pilló desprevenidas a las autoridades. En una semana, el principal responsable policial anunció atropelladamente la disolución del SARS, el comando antirrobos que había desatado la ira. La contestación se mantuvo y su reclamación se transformó, los abusos de los cuerpos de seguridad eran, en realidad, el síntoma de un sistema que no funcionaba, por lo que exigían reformas profundas en las instituciones. La tensión en la calle se mantuvo durante casi tres semanas y acabó con la combinación de una brutal –y confusa– intervención del Ejército y una comisión independiente para esclarecer los casos de violencia policial. En la celebración del primer aniversario, las quejas por la falta de cambios fueron las protagonistas.

Apenas cinco meses después, en marzo de 2021, Senegal se asomaba a un abismo casi desconocido con una ola de protestas que, en seis días de revuelta en las calles de las principales ciudades, desató un caos social y un revuelo político sin precedentes. La tormenta se desencadenó entonces, pero diferentes colectivos llevaban meses avisando del camino de restricciones que la Administración de Macky Sall había iniciado, alertaban sobre la detención injustificada de voces críticas, las prohibiciones de manifestaciones o las medidas que estaban incrementando la presión sobre las organizaciones sociales críticas. Varias de estas organizaciones, entre ellas Y’en a Marre, ya habían lanzado la convocatoria de una protesta cuando fue detenido Ousmane Sonko, el principal líder de la oposición, por un asunto relacionado con una denuncia de una agresión sexual, con un procedimiento lleno de irregularidades y envuelto en polémica. Durante esos seis días se desató una contestación con unos niveles de violencia y de crispación desconocidos. Al menos 11 personas murieron a consecuencia de la represión policial, aunque otras fuentes elevaron el número de víctimas a 14. Los ánimos se aplacaron cuando Sonko fue puesto en libertad provisional.

De nuevo, en ambos casos, las crisis se han cerrado en falso. En Nigeria la solución pasó por un aumento de la represión en un tiroteo con fuego real contra los manifestantes en el peaje de Lekki, una de las puertas de entrada a Lagos. Al mismo tiempo, se extendió un discurso que atribuía a intereses étnicos la protesta, lo que la hacía menos aceptable, y la apertura de una comisión independiente para investigar los casos de brutalidad policial de los últimos años. La indignación se diluyó después de tres semanas de protesta, pero las causas no se han atacado. En Senegal, los líderes religiosos aparecieron en escena pidiendo paz, Ousmane Sonko fue liberado y jugó la baza de hombre de Estado queriendo aplacar la violencia, y Macky Sall anunció medidas para mejorar la calidad de vida de la juventud. Tras una semana de enfrentamientos y 11 muertos después, los manifestantes dejaron las calles y volvieron a sus casas, pero el país sigue siendo el mismo. La volatilidad aumenta a medida que se agota la paciencia y que los jóvenes y las sociedades, en general, son menos conformistas. Como han demostrados estas dos crisis, mientras continúan acumulándose los agravios, la chispa que tiene el poder de hacer saltar por los aires la paz social es cada vez más imprevisible.  



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