«Vine a jugar al fútbol»

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Jóvenes africanos buscan en el deporte rey una salida para ellos y sus familias

Texto y fotos Kike Gómez



Los niños africanos nacen soñando con ser grandes futbolistas en los mejores equipos de las principales ligas europeas. Mientras que solo un puñado logra ese sueño, la gran mayoría ni siquiera llega a acariciarlo. Entre esos dos grupos hay otro: el de los que se quedan a medio camino.

En el barrio Alvalade de Luanda –aunque pudiera ser en uno de ­Lagos, de Conakry, de Dakar…– 22 chicos se ajustan la camiseta bajo la goma de sus pantalones cortos de deporte. Algunos de ellos se atan los cordones de unas botas de fútbol que pretenden agarrarse al piso de tierra seca con unos tacos que ya casi no lo son; donde deberían estar solo hay pequeñas protuberancias, vestigios de lo que fueron un día, o agujeros que indican que un día tras otro, durante horas, esos 22 chicos no dejan de retarse, de medirse, de desafiarse tratando de ser los mejores. Aunque ellos no saben –no pueden ni quieren saber– que apenas tienen probabilidades de firmar un contrato con algún club europeo. Esos chicos no pueden ni quieren saber que son muy pocas las posibilidades que tienen de convertirse en la estrella que todos sueñan ser. En sus piernas está su futuro, el de su familia y también el de sus amigos.

–La mentalidad de los chicos africanos con el fútbol me recuerda a la de los toreros y los boxeadores de la época franquista aquí, ¿te acuerdas? Era lo único que tenías para salir de la miseria. Te comías al toro, al contrincante o a lo que fuera. Esa es la mentalidad que tienen allí –­explica Eloy Garayalde–. Más todavía cuando llegan a Europa y han de ser los emisores de dinero para toda la familia. Una presión enorme para el chaval.

Fotografía: Kike Gómez



Eloy está jubilado. Trabajaba en Berritzegune, una serie de centros de apoyo y orientación al profesorado, como asesor en nuevas tecnologías y herramientas digitales que empezaban a llenar las aulas a principios de siglo. Hace alrededor de 20 años que decidió compaginar su labor docente con la ayuda más directa a hijos de familias migrantes que tenían dificultades en la escuela. Utilizaba el deporte como gancho para que no se descolgasen de los estudios. En los últimos años, Garayalde decidió dar un paso más y desplazarse a diferentes países de África occidental con el objetivo de echar una mano al desarrollo de academias de fútbol locales.

Estos lugares, donde los entrenadores tienen muy poca formación, la falta de medios es evidente y el material deficiente, son el único contacto que los chicos que quieren jugar al fútbol pueden tener con el exterior. Cuanto mejores sean estas academias, más posibilidades tendrán con los clubes europeos, que saben que el capital humano está en esos países, que allí existe un filón.

–En África la juventud está obsesionada con la pelota, con el fútbol. Se saltan las clases de la escuela por ir a entrenar. Creen que van a llegar a Europa y enseguida van a triunfar, van a ganar dinero… –relata Garayalde–. Hay chicos que están todo el día llamándome desde Conakry: «Llévame. Eloy, llévame…». Se creen que es llegar y ya está. Es una obsesión ­total.



Senior David celebra en la banda un gol de su equipo. Fotografía: Kike Gómez


Oportunidades quebradas

Marcio Benvindo, angoleño de 37 años, es alto, fuerte y elegante, lo ideal para un delantero centro goleador como lo fue él en su momento. Habla español con soltura, con esa gracia innata que aporta el acento portugués a un idioma extranjero. Hoy ya está retirado y sus dos hijos juegan en un parque detrás de su casa, ajenos a la historia que relata su padre; una historia forjada a través de la caza de una esfera de cuero ­llena de aire y promesas.

–Los partidos en Alvalade eran salvajes, muy agresivos –recuerda Marcio–. En África juegas al fútbol por tu familia, por tus amigos… Yo tenía en la cabeza llegar a Europa y triunfar. Era en lo único en lo que pensaba. Triunfar para poder ayudar. ¿Los títulos…? Estaba más centrado en ser el mejor jugador, no tanto en los títulos colectivos.

Fue el único de los amigos de su generación que salió para Europa. Un buen día aterrizó en Luanda un hombre que venía de Portugal para verle jugar en la calle Rúa Comandante. Lo que vio debió de estimularle a redactar informes favorables sobre Marcio porque, al poco tiempo, le ofrecieron viajar a Lisboa con apenas 18 años.

Su visado era Schengen y no tuvo dificultad para cruzar la frontera europea, pero una tía que tenía en Bilbao no entendía que un desconocido se llevase a su sobrino a otro país. Por eso, puso una condición: que estuviese con ella un tiempo para comprobar la seriedad de esos hombres que le querían para jugar al fútbol. Al final, su viaje a Portugal quedó en el olvido y se instaló en la ciudad vasca, desde donde empezó su periplo como futbolista, jugando en diferentes equipos como el ­Santutxu (filial del Athletic de ­Bilbao) y algunos otros más, de Tercera División.

Sus actuaciones, sus goles y su compromiso le valieron incluso el interés del seleccionador nacional de Angola, quien le llamó para la fase de clasificación del Mundial de Alemania en 2006.

–A pesar de todo, el éxito no fue total. Era un choque cultural grande, adaptarme a un país en el que juegas a temperaturas bajo cero. ¡A veces no sentía los dedos de los pies! Además, entre altas y bajas… Es complicado.

–¿Muchas lesiones?

–En un partido recibí un golpe muy fuerte en la mandíbula. Caí inconsciente y se me deformó la cara. Solo tengo algunos recuerdos de ese momento. Oía que me decían que me iban a operar en Cruces… Lo hicieron y me pusieron una placa de metal. Aun no me había recuperado cuando viajé a Peñarol, a Uruguay, por una oferta.

–¿Sin recuperarte?

–El sueño… Ser guerrero y suicida al mismo tiempo –sonríe Marcio con inocencia, como si todavía se preguntase si cometió un error–. Llegué a Uruguay un mes después de la operación, sin estar bien todavía. Pero era una oportunidad única, tenía que esforzarme. Y lo intenté. Sabía que no estaba ni al 80 % y el entrenador lo notaba. Me decía: «Morocho, sé que eres duro. ¡Juega duro!», pero yo me asusté. El médico me había avisado de que si recibía otro golpe en el mismo sitio, el problema podría ser mucho mayor. Esas palabras se quedaron en mi cabeza como una sombra. Y así, poco a poco, fui bajando la intensidad.

–¿Y el Mundial?

–Estaba dentro de una guerra de deseos y tenía que ser sincero conmigo mismo: o lo arriesgaba todo ahí o… Al final, mi abuela me dijo: «Sé que es tu sueño, pero puedes contribuir mucho más en la vida». Eso acabó con mis dudas y terminé por bajarme del carro.



Un niño mira el móvil mientras otros chicos juegan al fútbol en Benín. Fotografía: Kike Gómez


El muro de los papeles

La voz de Senior David se oye desde unos metros antes de llegar al campo de entrenamiento del San Ignacio, en Vitoria-Gasteiz. Al otro lado de la valla se ve, arrebujado con varias capas de abrigo, a un nigeriano fuerte, de casi 1,90 metros de altura dirigiendo a los cadetes del equipo vitoriano. Utiliza torpemente el castellano, pero saca la garra en inglés cuando ve algún error o falta de intensidad en los ejercicios planteados.

–Let´s go! Let´s go! Let´s go!

Los nueve chavales que entrenan hoy se aplican, pero se nota cierta carencia de actitud, quizá provocada por la ausencia de competición a raíz de las restricciones por la pandemia.

Aun así, Senior trata de exprimirlos, motivarlos… pero él mismo acusa el cansancio acumulado. Nada más terminar el entrenamiento a las nueve de la noche, regresará a casa, cenará y se acostará porque ha de levantarse a la una de la madrugada para regresar a su trabajo de carga y descarga en una empresa de mensajería.

Senior llegó a Europa en 2003, también a través de Portugal. Su equipo había sido invitado a un torneo en el país luso. Cuando sonó el silbato anunciando el final del último partido, Senior y un compañero iniciaban una nueva aventura. Habían decidido no regresar a Nigeria.

–No iba a tener otra oportunidad de viajar al extranjero y no quería perderla. En ese momento pasé a España y me convertí en un inmigrante sin papeles.

–¿Y qué dijeron tus padres?

–Mis padres siempre me apoyaron. Saben que la vida allí, en Nigeria, es muy dura, que el Gobierno es muy corrupto. Los políticos llevan una vida extravagante mientras que no dan dinero ni para comer ni para una buena educación. Ellos nunca me pidieron que volviera.
Desde el primer momento, el objetivo de Senior fue convertirse en jugador profesional. Confiaba en su talento, en su fuerza y eso se convirtió en su objetivo, en su obsesión, igual que la de tantos otros como él.

–En mi ciudad crecimos sin ver el fútbol en la televisión. Lo habitual era mirar las fotos de las revistas deportivas. Nos inspiraban. Eso nos hizo empezar a conocer el fútbol a través de nuestra imaginación. Por eso, cuando veíamos a chicos que se marchaban al extranjero y regresaban cambiados… Nos encantaba verlos, escuchar lo que nos contaban.

Senior creó su propia oportunidad y no quería dejarla pasar. Se apoyó en amigos que ya estaban en España y que le ofrecían un techo, comida y hasta una bici para poder desplazarse a los entrenamientos. Creían en él porque veían que tenía talento, a la vez que esperaban que en un ­futuro él pudiera devolverles el favor. En 2005 tuvo una oferta de un equipo de Tercera división, el Teruel. Llegó a firmar un contrato sin saber qué era lo que firmaba –no hablaba español–, pero a la hora de hacer la ficha federativa, le fue imposible sin la tarjeta de residencia, imprescindible para jugar en categorías profesionales, y que después le costó mucho tiempo conseguir.

–Fue muy duro y frustrante ver pasar mis mejores años sin poder jugar en una categoría en la que yo estaba convencido de que podía sobresalir. Pero claro, me decían: «La ley no está hecha para fastidiarte a ti. No sabe que existes. La ley es la ley» –explica Senior, con una sonrisa compasiva con el muchacho inocente que fue una vez.

Ya con los papeles en regla, vagó por varios clubes de la Comunidad Valenciana en categorías menores, aunque llegó a jugar en algún Segunda B. Sus mejores años habían pasado esperando. Por eso, antes de que su carrera terminase, con la seguridad de poder regresar a España si salía mal, decidió cambiar de país para jugar en la máxima categoría de una liga: la de Malta. Fue solo una temporada, en 2012, en la que su equipo finalizó en segunda posición.

–Una vez en la ducha después del último partido fue cuando me di cuenta de que no iba a llegar a lo que había soñado, pero me felicité. «Felicidades, llegaste lejos», me dije. Porque siempre, incluso cuando mi equipo perdía, siempre había alguien que se acercaba y me felicitaba: «Lo intentaste».

–Entones, ¿sin remordimientos?

–Sin remordimientos –Senior vuelve a sonreír.

Confiaba en su talento, en su fuerza y eso se convirtió en su objetivo, en su obsesión, igual que la de tantos otros como él.

–En mi ciudad crecimos sin ver el fútbol en la televisión. Lo habitual era mirar las fotos de las revistas deportivas. Nos inspiraban. Eso nos hizo empezar a conocer el fútbol a través de nuestra imaginación. Por eso, cuando veíamos a chicos que se marchaban al extranjero y regresaban cambiados… Nos encantaba verlos, escuchar lo que nos contaban.

Senior creó su propia oportunidad y no quería dejarla pasar. Se apoyó en amigos que ya estaban en España y que le ofrecían un techo, comida y hasta una bici para poder desplazarse a los entrenamientos. Creían en él porque veían que tenía talento, a la vez que esperaban que en un ­futuro él pudiera devolverles el favor. En 2005 tuvo una oferta de un equipo de Tercera división, el Teruel. Llegó a firmar un contrato sin saber qué era lo que firmaba –no hablaba español–, pero a la hora de hacer la ficha federativa, le fue imposible sin la tarjeta de residencia, imprescindible para jugar en categorías profesionales, y que después le costó mucho tiempo conseguir.

–Fue muy duro y frustrante ver pasar mis mejores años sin poder jugar en una categoría en la que yo estaba convencido de que podía sobresalir. Pero claro, me decían: «La ley no está hecha para fastidiarte a ti. No sabe que existes. La ley es la ley» –explica Senior, con una sonrisa compasiva con el muchacho inocente que fue una vez.

Ya con los papeles en regla, vagó por varios clubes de la Comunidad Valenciana en categorías menores, aunque llegó a jugar en algún Segunda B. Sus mejores años habían pasado esperando. Por eso, antes de que su carrera terminase, con la seguridad de poder regresar a España si salía mal, decidió cambiar de país para jugar en la máxima categoría de una liga: la de Malta. Fue solo una temporada, en 2012, en la que su equipo finalizó en segunda posición.

–Una vez en la ducha después del último partido fue cuando me di cuenta de que no iba a llegar a lo que había soñado, pero me felicité. «Felicidades, llegaste lejos», me dije. Porque siempre, incluso cuando mi equipo perdía, siempre había alguien que se acercaba y me felicitaba: «Lo intentaste».

–Entones, ¿sin remordimientos?

–Sin remordimientos –Senior vuelve a sonreír.



Musa Traoré, que llegó a ser internacional con su país. Fotografía: Kike Gómez


Entre dos mundos

El 26 siempre será un número especial para Musa Traoré porque fue el dorsal con el que debutó en la portería de la selección absoluta de su país: Guinea. Apenas tenía 23 años y ya se veía codeándose con jugadores que, en sus equipos, estaban luchando por entrar en la Champions League, mientras que él peleaba por hacerse un hueco en la portería de su equipo en la Segunda B de la liga española.

–Los primeros días que entrenamos pensé: «Qué malos son estos. ¡Son muy malos!». Es que los veía y parecían de Tercera. Pero ya, cuando llegaba el partido… ¡Buf! Vaya cambio.

Musa nació en Guinea, pero a los ocho años ya estaba instalado en el País Vasco. Él fue uno de los chicos que apadrinó Eloy Garayalde para echarles una mano con los estudios y el deporte. Ahora, después de 18 años en Álava, su acento y su carácter le convierten en un txapeldun más.

–No he nacido aquí, pero después de tanto tiempo, mi mentalidad ya es la de aquí. Todo el tiempo que he estado con Eloy me ha hecho pensar a largo plazo.

Y, a largo plazo, Musa veía cada vez más dificultades para seguir jugando al fútbol. Le daba igual en qué categoría, en qué equipo, solo quería ser profesional, vivir de lo que ganase con el fútbol. Pero, a los 25 años, después de haber debutado con la selección absoluta de su país, renunció a ese sueño.

–El tema del fútbol cuando eres joven es muy bonito. No tienes nada más en lo que pensar, sobre todo si cobras bien. Pero cuando empiezas a ver lo malo, los chanchullos que tienen, las cosas malas que hacen… Jugar en el barro, desplazamientos eternos cada fin de semana, los tres meses de verano agobiado por no tener equipo todavía… Te cansas. Te da un poco por saco y te cansas.

Por eso Musa, aconsejado por Garayalde, nunca descuidó sus estudios de grado medio de Mecanizado mientras jugaba en el Mirandés B o el Éibar B; o mientras llegaba a entrenar con los equipos de Segunda, con los que se sentía perdido por la calidad que desprendían los jugadores. En esos momentos estaba acariciando el sueño, pero decidió dejarlo.

–Los que vienen de fuera lo hacen con la mentalidad de que tienen que ser profesionales sí o sí para ganarse la vida. Vienen solos, sin papeles… El de aquí tiene sus estudios, un colchón a la espalda que le permite decir: «Bueno, vamos a probar suerte con el fútbol». Si sale bien, OK; si no, hay otra cosa. Esa es la gran diferencia.

Senior David da el pitido final con el que se termina el entrenamiento de ese lunes y se marcha el primero junto a su ayudante para poder descansar. Los muchachos, exhaustos, tardan un poco más en recoger sus mochilas y van saliendo poco a poco del recinto deportivo.

–¿Os veis como jugadores profesionales algún día? –pregunto a varios de ellos.

–Yo creo que todos queremos serlo… –responde uno. El pelo sudoroso y la mirada en el suelo–. Pero es muy difícil.

–¡Qué va! –responde otro, tajante, mirada directa, convencido.

–Sí que queremos… Pero nunca se sabe.

Al escuchar las respuestas de estos chicos, un tanto evasivas, tímidas e infantiles, trato de encajarlas en algo que me dijo Senior sobre la forma africana de ver el fútbol. En su significado. En lo que le llevó y le dio fuerza para quedarse solo en un mundo totalmente ajeno al suyo.

–Para los africanos, el fútbol es un pedazo de nuestro corazón. Yo cuando juego, no veo un deporte, veo pasión. Cuando jugamos, juega el corazón de la gente, de nuestra gente.

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